YPF, una resurrección con sabor a epopeya

Carlos M. Reymundo Roberts
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21 de abril de 2012  

YPF ya es nuestra, ya volvió a ser de todos los argentinos: ¿qué más le puedo pedir a la vida?

Cuanto más protestan afuera, más contento estoy. Las rabietas de Estados Unidos y la Comunidad Europea, de España e Italia, de México y Chile, del FMI y de medio planeta nos dicen que estamos en el buen camino. Es obvio que todos se equivocan y que los acertados somos nosotros. Si alguna duda me quedaba, me la sacó Chávez. Si Chávez nos aplaude y el mundo nos condena es que vamos bien. Muy bien.

Recuperar YPF es el premio mayor de nuestro gobierno. Ya nos habíamos hecho de buenas cajas, como las AFJP y el Banco Central. Pero YPF... En este momento de gloria, de éxtasis, de rabiosa argentinidad, quisiera rendir tributo a los que hicieron que esto fuera posible. Son muchos. Espero no olvidarme de ninguno.

En primer lugar, quiero reconocer a los que pensaron la operación. Sólo a un genio se le puede ocurrir expropiar una empresa de 10.000 millones de dólares sin poner un peso. Hasta ahora no hemos pagado nada, y no estoy nada seguro de si alguna vez lo haremos. ¿La ley de expropiaciones dice que hay que pagar el bien que se expropia? Cambiamos la ley y listo: ¡cómo no se le ocurrió antes a nadie! Somos unos vivos bárbaros.

Otra genialidad fue decir que estatizamos la empresa, pero sin que jurídicamente sea del Estado. Será una sociedad anónima: no va a poder ser controlada por ningún organismo, no hará falta llamar a licitación para contratar bienes y servicios, y podremos manejarla como se nos ocurra. Está claro: YPF se ha argentinizado.

Vaya para Néstor el segundo tributo. Fue un visionario que aplaudió la privatización de Menem y promovió la llegada de sus socios y amigos Eskenazi porque intuyó que por ese camino se iba hacia el vaciamiento de la empresa, lo cual facilitaría su expropiación. Ahora estamos orgullosos con la resurrección de YPF, pero no hay resurrección si no hay muerte. Néstor ayudó a matarla. A eso se refería Cristina cuando, emocionada, nos reveló que El siempre había soñado con la nacionalización. YPF todavía era argentina y Néstor, un adelantado, ya estaba soñando con el momento en que volvería a serlo.

También debemos reconocer los méritos de De Vido, un tipo al que todos los bondis lo dejan bien. Promovió los subsidios y la quita de subsidios; puso los trenes en manos de Schiavi y lo echó con aplausos por la tragedia de Once, y después de abrazarse a la YPF de los Eskenazi y a la importación de la energía que no producimos, ahora es el interventor de la YPF sin los Eskenazi y con la consigna de producir más e importar menos. Un monstruo. Busqué y busqué en Google y no encontré un solo tipo tan versátil. Me lo imagino en las invasiones inglesas, tirando aceite desde los balcones y corriendo escaleras abajo para que el aceite le caiga en la cabeza.

Otro de los premios grandes debe ir para Kicillof, uno de los cerebros de la operación y segundo en la intervención sin saber un comino de petróleo, de energía, de empresa? Tampoco a él nada le queda grande (salvo las patillas, algo demodé para mi gusto). Kichi, como lo llamamos en la intimidad, se sienta frente a los senadores y les da dos horas de clase y contesta preguntas, básicamente sobre un tema que no conoce. ¿No les conmueve el alma esa osadía? ¿No los conmueve el look de descamisado siglo XXI con tarjeta Platinum de American Express? Ya lo veo sentado a la mesa con los grandes petroleros del mundo, luciendo ese perfil de revolucionario tardío y explicándoles cómo funciona el negocio. Todas las noches me voy a dormir con la tranquilidad de saber que al frente de YPF y de la economía del país está un audaz de la estirpe de Kichi.

De paso, también disfruto con lo que se viene: una YPF repleta de mis jóvenes amigos de La Cámpora, petroleros de apuro pero llenos de buenas intenciones. Les daría esta consigna: con Kichi en Aerolíneas Argentinas conseguimos perder dos millones de dólares por día. Ahora, en YPF, piensen en grande. La resurrección no puede ser austera.

Otro premio, más chiquito, se lo lleva Timerman. A él, que luchó para alejarnos de los grandes centros de poder, para llevarse mal con todos, la expropiación le ha facilitado el trabajo. Qué maravilla: un canciller que ve el mundo como un campo de batalla.

En cambio, entre los perjudicados está Boudou, que justo cuando empezaba a aclarar su papel en el caso Ciccone, a la Presidenta se le ocurre salir con lo de YPF. Para peor, la estrella de Kichi lo estrelló a él. Es más joven, no tiene un pasado liberal que lo condene y no va por una fabriquita de plata sino por una de oro negro.

Sólo me faltan dos reconocimientos. Uno es para los que apoyaron en las encuestas la nacionalización de YPF. Esos argentinos se merecen una YPF bien argentina. Y el último, claro, es para Cristina. Yo le creí y la aplaudí cuando se fue en elogios a la marcha de la empresa y a los Eskenazi, hace poco más de un año, y le creo y la aplaudo ahora que dice todo lo contrario. La vida de un país no es una película. Son fotos. Aquella foto estaba bien para ese momento y esas circunstancias. Esta instantánea, con todo el Gobierno y La Cámpora aplaudiendo de pie, es la que corresponde a esta hora. ¿Y si alguien nos señala el contraste? Bueno, siempre queda el recurso del relato. Es decir, photoshopear la realidad.

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