A todos, con cariño

Por Rafael Squirru Para LA NACION
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30 de agosto de 2001  

Lo que hizo brotar estas líneas es un simpático homenaje que me tributaron colegas periodistas más jóvenes, que consistió en el obsequio de una manzana de cerámica con un diploma que decía: "Al maestro, con cariño". Son las palabras "con cariño" las que suscitaron el satori (iluminación) que quiero compartir con ustedes.

A nadie escapa la gravedad del clima de desconcierto por el que atraviesa nuestro país. Los más responsables quieren superar esta crisis enfocando, con crudeza, soluciones económicas. Que sin duda parecen ser las más urgentes. Solo que, al hacerlo, olvidan aquello de "con cariño". Esto es, en el fondo, lo que más hiere a los humildes, que responden más a las consignas afectivas que a las puramente nacionalistas.

Ya lo dijo Buffon: "El estilo es el hombre". En mi opinión una de las dificultades más graves es la de modificar el estilo con que se hacen las cosas. Nunca es grato someterse a una operación, pero todos queremos que nos den un poco de anestesia.

Aquí lo que está faltando es anestesia, en otras palabras: "cariño".

Mundo de las noticias

Sabemos que los periodistas no pueden inventar las noticias, sean buenas o malas. Sin llegar necesariamente a la terminante sentencia del jesuita Gracián: "Las malas noticias, no darlas; mucho menos, recibirlas", convengamos en que hay una tendencia frecuente, un énfasis, hasta parecería una cierta inclinación (que puede ser inconsciente) a concentrarse en las malas noticias, o en aquello que implique escándalo, más que en las tantas actitudes heroicas que se presencian a diario, desde el trabajo sacrificado de médicos y científicos hasta el de oficinistas y obreros, para no hablar del de todos: la durísima tarea de pensar, en términos de solidaridad.

Lo que digo del mundo de las noticias que conozco mejor por vivirlo de cerca, lo digo de los demás mundos.

Lo dicho incluye el humor que a menudo, a partir de ingenios admirables, nos induce a sonreír frente a los mayores despropósitos.

No los condeno, pero me atrevo a preguntar si, aunque quizá más difícil, no podríamos emular al gran cómico de nuestro tiempo, Carlitos Chaplin: aprender un poco más de uno mismo.

Se dirá que hablo de vaguedades, pero no lo creo, en tanto el lector se haga cargo de estas "cariñosas" recomendaciones, que no pretenden ser admonitorias.

Nuestra clase política es hoy una de las más criticadas, y también la Justicia.

Nunca fue liviana esa tarea, pero no olviden los dirigentes que, más allá de sus discrepancias, existe un mandato que a todos les atañe y se relaciona con el bien común, que es lo que nunca pueden perder de vista.

Aquí suena como una clarinada el consejo de Martín Fierro: "Los hermanos sean unidos/ porque esa es la ley primera/ tengan unión verdadera/ en cualquier tiempo que sea,/ porque si entre ellos pelean/ los devoran los de ajuera".

Y también es bueno recordar: "Respeten a los ancianos/ el burlarlos no es hazaña", y finalmente: "Procuren de no perder/ ni el tiempo ni la vergüenza".

Siempre es bueno tener el Martín Fierro a mano.

Los sentimientos

Si eso decimos de nuestra biblia criolla, qué no diremos de los Evangelios. El gran mandato universal: "Amaos los unos a los otros".

Podría parecer que en momentos tan agitados estas verdades suenan algo fuera de contexto, pero no es así, por el contrario, resultan aún más elocuentes.

Si hoy más que nunca precisamos técnicos y economistas, seres humanos que se mantengan fieles a las duras disciplinas de las artes y de las ciencias, con mayor razón aún precisamos intercambiar afecto, ya que somos pueblos afectivos, difíciles de movilizar sin estímulos emocionales.

Que los creyentes practiquen sus respectivos credos, que sin duda les darán paz y alegría. Pero más allá de las diferencias, sepamos unirnos con la profundidad de un sentimiento que a todos nos abarca y que a todos nos reclama: "con cariño".

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