Accidente del tercer tipo

Fernando Diez Para LA NACION
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25 de junio de 2010  

El mayor accidente ambiental de los Estados Unidos ha sido causado por las nuevas tecnologías de exploración petrolífera subacuáticas, capaces, por primera vez, de perforar en el océano a profundidades descomunales. Su enorme costo puede ser afrontado por el alza del valor del crudo y por la creciente desesperación de la sociedad industrial para obtenerlo a cualquier precio.

La rotura de la boca del pozo de British Petroleum en el Golfo de México, a 1500 metros de profundidad, libera una cantidad imprecisa de petróleo crudo y gas a alta presión, entre 16000 y 25000 barriles diarios (más de 4 millones de litros que las más recientes evaluaciones han elevado a más 6 millones) varias veces lo admitido en un principio por BP. Y esto no es por sólo dos o tres días, porque nadie sabe exactamente cómo reparar el desperfecto. Varios intentos fallaron y un funcionario de BP declaró que eso nunca ha sido intentado antes respecto de "Top Kill", nombre con que se bautizó el más ambicioso intento (también fallido) de detener la pérdida.

El tiempo de la "duración" del accidente ya se mide en meses, mientras el petróleo sigue brotando libremente del fondo del mar, dispersándose en la superficie, dañando la fauna marina y contaminando las costas y playas. Destruye la industria pesquera, cuya temporada estaba por comenzar, así como también la del turismo de verano. Afecta no a miles, sino a millones de personas en un área geográfica del tamaño de países enteros.

BP ya perdió 70.000 millones de dólares en valor accionario, pero la cifra del daño ambiental es todavía imposible de cuantificar. Como no termina de acontecer, sino que acontece diariamente, el accidente se trasmite en vivo en los noticieros de CNN en EE.UU., y ante la pregunta de los periodistas sobre cuánto podría durar si no se lograba contener la fuga, los expertos contestaron que el agotamiento del yacimiento podría demandar varios años. Al escribirse esta nota, todavía nadie estaba en condiciones de asegurar que eso no sucedería. Es que precisamente el tamaño del yacimiento es lo que justificó tan costosa y profunda exploración. Hay allí una relación lógica entre las escalas del beneficio potencial, el riesgo ambiental y el accidente. Como dijo el presidente Obama: "[?] Tenemos que reconocer los riesgos inherentes de perforar 4 millas por debajo de la superficie de la Tierra, riesgos que sólo van a aumentar a medida que la extracción de petróleo se haga más difícil", anticipando su iniciativa para reducir la dependencia del petróleo de los EE.UU.

La ponderación del riesgo ambiental debe comenzar por distinguir el tipo potencial de accidente al que nos exponemos. El buque Exxon Valdez, que en 1989 derramó alrededor de 40 millones de litros de petróleo en Alaska, tenía una cantidad limitada de petróleo. El pozo de BP tiene la capacidad de seguir emitiendo una renovada y permanente cantidad de petróleo durante un tiempo ilimitado.

En este sentido, los acontecimientos de los últimos años revelan que el hombre ha creado las condiciones para dar lugar a la posibilidad de una nueva categoría de accidente que podemos llamar del "tercer tipo". El primer tipo de accidente sería el producido por causas naturales o, más precisamente, por la exposición del hombre a esas causas, clásicamente, la inundación o el terremoto, que afectan a una población. Fenómenos naturales poco frecuentes que sorprenden la imprevisión humana destruyen, a veces, ciudades enteras. Los accidentes del segundo tipo serían los producidos por el colapso de las invenciones humanas, un desastre producido por el propio defecto de las construcciones humanas o el modo en que son operadas, tal el caso del descarrilamiento de trenes, el choque de buques o la caída de un avión. Pero en estos casos, el accidente se consume a sí mismo. Se desencadena súbitamente y termina con el propio fin de la estructura fallida, el buque que se hunde, el edificio o la presa que se desploman. En los accidentes del tercer tipo, en cambio, el accidente no se consume a sí mismo, sino que continúa ocurriendo, produciendo activamente daño durante un tiempo ilimitado. Los accidentes del tercer tipo son accidentes artificiales, pues son producidos por un imprevisto fracaso de los dispositivos creados por el hombre, que desatan un proceso autoalimentado.

Estos accidentes eran desconocidos en los siglos anteriores, cuando la capacidad del hombre de alterar los equilibrios naturales era pequeña. Tal vez el primer accidente del tercer tipo haya sido la explosión de la central nuclear de Chernobyl, cuyo colapso liberó una radiación incontrolada que ha hecho inhabitables las ciudades vecinas. Chernobyl tiene la capacidad de seguir emitiendo radicación durante siglos, hecho momentáneamente conjurado por el sellado con hormigón de la central. Sin la heroica acción de más de mil bomberos (hoy todos muertos debido a su exposición a la radiación), la mitad oriental de Europa sería hoy probablemente inhabitable.

En el accidente del tercer tipo, el daño que el accidente sigue produciendo en el tiempo no es consecuencia de un efecto residual, sino de un efecto activo y expansivo continuamente renovado. Un accidente que tiene la capacidad de afectar el medio ambiente en una escala geográfica y en un lapso que puede ser fatal para la supervivencia de especies enteras o para el propio ser humano.

El filósofo francés Paul Virilio nos anticipó las emergentes formas del accidente artificial en tres escenarios: el accidente nuclear, el accidente biológico y el accidente informático.

El accidente del pozo del Golfo de México nos revela que el accidente geológico ahora también es posible; que la acción humana y su creciente capacidad técnica es capaz de desencadenar fuerzas cada vez mayores y desate accidentes de escalas antes desconocidas.

Las insaciables necesidades energéticas de la sociedad contemporánea están empujando los límites de la audacia técnica a fronteras desconocidas, lógica que nos conduce a accidentes cada vez mayores. La exploración petrolífera está demostrando que la mayor capacidad tecnológica no se detiene ante un riesgo que todavía no sabe medir. Los técnicos que luchan contra el pozo profundo del Golfo de México se parecen al Mickey Mouse de la película Fantasía de Walt Disney, desbordado por las escobas encantadas, a punto de ahogarse en el agua que les ha ordenado traer.

Somos empujados, por la ambición o la necesidad, al precipicio de nuestra propia destrucción. Pero como nos advirtió Goethe en la moraleja del aprendiz de hechicero: "No has de poner en marcha mecanismos que no sepas cómo detener". © LA NACION

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