Acerca de los presidentes peronistas

Pablo Sirvén
Pablo Sirvén LA NACION
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6 de mayo de 2003  

El peronismo es como el río Salado: cuando se sale de cauce lo inunda todo. Pese a sus excesos y obsesiones hegemónicas, el primer justicialismo gobernante, entre 1946 y 1955, no sólo no consiguió borrar a la oposición, sino que hizo de ésta su peor enemiga. Más hábil, la variante menemista, entre 1989 y 1999, avanzó en ese objetivo fijo de ocupar todos los espacios al crear a su propia "oposición cautiva" (Domingo Cavallo, Gustavo Beliz, Carlos "Chacho" Alvarez, Eduardo Duhalde, José Octavio Bordón, entre otros) y neutralizar a los demás partidos políticos sin que éstos supieran constituirse en alternativas serias de gobernabilidad. Pero nada de lo anterior es comparable con lo que sucederá el próximo domingo 18: quienes quieran votar en positivo (esto es que no se abstendrán ni votarán en blanco ni impugnarán su sufragio) se verán obligados a hacerlo, sí o sí, por un candidato peronista.

Si bien el acto eleccionario que viene ha sido reducido gravemente a dirimir una disputa interna partidaria, suprimiendo las opciones genuinas que proponen las democracias verdaderas, al menos posibilitará al electorado independiente influir con su voto en el futuro del principal partido político de la Argentina, que, como el mencionado río santafecino, se desborda cada vez más y confunde sus propios límites con los de la Nación.

El sentido de cada voto, entonces, será crucial, porque entre lo exuberante y lo gris el peronismo en estado puro suele no dudar: apuesta siempre a lo primero. Es una cuestión de instinto, parte esencial, tal vez, de su rara tradición movimientista, fogosa y latina, que tanto apasiona a sus adherentes como disgusta y llena de incertidumbres a sus detractores. Pero ahora esa historia puede comenzar a cambiar con el contrapeso del voto extrapartidario.

En sus cincuenta y ocho años de existencia, el justicialismo ha ubicado en la Presidencia de la Nación, por distintas vías, a diez de sus más destacados dirigentes durante poco más de veinticuatro intermitentes años, pero con una característica que hasta ahora ha sido regla y que habrá que ver si la segunda vuelta del 18 ratifica o revierte: el peronismo, tarde o temprano, termina por expeler hacia fuera o empujar hacia el costado a sus representantes más fríos, mientras eleva a la cúspide para su glorificación definitiva a los más viscerales.

La estadística favorece a los más intrépidos y audaces, que ejercieron el poder por largos períodos en forma caudillesca y casi afrodisíaca y controvertida, mientras que aquellos más burocráticos y previsibles sólo pudieron hacerlo de manera traumática y por lapsos breves. Esta tendencia podría revertirse si así lo considera útil la ciudadanía no peronista a la hora de votar. Será una situación inédita, de imprevisible desenlace.

Repasemos rápidamente el "mapa" de presidentes peronistas conocidos hasta acá, una historia ya escrita e inmodificable que puede condicionar o no la hoja aún en blanco del futuro.

Está claro que, hasta el momento, nadie les gana en esta carrera justicialista por prevalecer a toda costa al fundador del partido, Juan Perón, el único argentino hasta ahora que ocupó en tres ocasiones la Presidencia de la Nación, y Carlos Menem, "su mejor discípulo" (como se calificó a sí mismo en el último acto, en el estadio de River Plate), que aspira a empatarle ese récord. Ambos fueron amos y señores del país en una suma conjunta de años que excede los veinte.

Los otros

Esto supone que los otros ocho justicialistas que se sentaron en el sillón de Rivadavia debieron apretujarse entre todos en poco más de cuatro años, en medio de las crisis institucionales de 1973-74 y fines de 2001.

Mientras que los pasos de Perón y Menem por el poder tuvieron visos de monarquías absolutas que buscaban ser vitalicias, sus correligionarios que alcanzaron sus mismas posiciones más accidentadamente no la pasaron tan bien y tuvieron no pocos sinsabores. Veamos:

  • Héctor Cámpora: en 1973, se eyectó (propulsado por el ala derecha del Partido Justicialista) de la Presidencia en apenas cincuenta días para dar paso a su jefe, que había sido proscripto por el general Alejandro Lanusse.
  • Raúl Lastiri. El opaco yerno de José López Rega sucedió a Cámpora sólo por tres meses como presidente provisional y ni siquiera supo colocarle correctamente la banda presidencial a Perón el 12 de octubre de 1973.
  • María Estela Martínez de Perón. Suplantó a su marido tras la muerte de éste, el 1° de julio de 1974. No llegó a estar en el poder veintiún meses: las Fuerzas Armadas la desalojaron el 24 de marzo de 1976 en medio de una violencia política inusitada y un agudo proceso hiperinflacionario.
  • Italo Luder. Suplió flemáticamente durante tres meses de 1975 en el ejercicio del Poder Ejecutivo a la viuda de Perón, que se tomó un descanso en Ascochinga, pero no supo tejer las alianzas internas necesarias para reemplazarla definitivamente. Peor aún: candidato presidencial del PJ en 1983, le deparó su primera derrota electoral de la historia frente a Raúl Alfonsín.
  • Ramón Puerta. No quiso conducir la transición tras la hecatombe de Fernando de la Rúa y duró menos de cuatro días, en vísperas de la Navidad de 2001.
  • Adolfo Rodríguez Saá. Es la excepción a la regla. Siendo un dirigente justicialista de tipo exuberante y habiendo ocupado el poder en su provincia durante dieciocho años consecutivos (1983-2001) con las más amplias facultades, su paso por la Presidencia no superó la semana, default mediante, y en los últimos comicios entró en un deslucido quinto lugar.
  • Eduardo Camaño. Estuvo menos de tres días a la cabeza del Poder Ejecutivo, sólo para llamar a una nueva asamblea legislativa en medio del convulsionado Año Nuevo de 2002.
  • Eduardo Duhalde. Aunque tiene en un puño al poderoso aparato del peronismo bonaerense, no pudo con Menem en 1995 cuando éste le bajó su candidatura para poder ser reelegido y le jugó tan en contra en 1999 que favoreció su derrota a manos de Fernando de la Rúa. La asamblea legislativa lo ungió presidente el 2 de enero de 2002. Tras devaluar y pesificar, consiguió con Roberto Lavagna tranquilizar un tanto las aguas económicas, acortó su mandato (que debía terminar el 10 de diciembre próximo), impidió la realización de elecciones internas en el PJ y eligió a Néstor Kirchner como su candidato.
  • Caminos que se bifurcan

    Perón, primero, y Menem, después, supieron deshacerse con suma facilidad de sus competidores internos. Domingo Mercante, gobernador de la provincia de Buenos Aires, iba a suceder a Perón en 1952, pero la reforma constitucional de 1949 habilitó a éste para la reelección y aquél quedó en el camino. Idéntico procedimiento empleó Menem con Duhalde más de cuarenta años después. La venganza se cocina lenta: trabajosamente el "presidente interino", como lo llama Menem despectivamente, ha diseñado ahora una encerrona electoral de la que al ex presidente le será muy difícil escapar sin magullones.

    Pero no todas son decisiones de los caudillos: cuando los afiliados peronistas debieron elegir en 1988 quién sería su candidato presidencial para el año siguiente, descartaron sin dudar al más frío y legalista Antonio Cafiero, pese a que éste dominaba el aparato partidario, y se inclinaron, sin dudar, por el más caliente e imprevisible: Menem. Frente a la temeridad y fortaleza exhibida por el riojano, otros dirigentes, a su vez, optaron por excluirse de competir con él en el seno del PJ: así, en 1995 José Octavio Bordón le disputó la presidencia desde el Frepaso junto a Chacho Alvarez (aunque luego de perder volvió al redil peronista) y Carlos Reutemann mantiene una actitud prescindente a pesar de que sus chances para estas elecciones parecían inmejorables. No es el caso de Kirchner, que se siente envalentonado por su propia fuerza y, particularmente, por la que le suma su padrino político bonaerense. El PJ atraviesa desde hace tiempo una conflictiva etapa bifronte, con dos jefes antagónicos (Menem y Duhalde), que está próxima a ser dirimida.

    De la resolución, para un lado o para el otro, del duelo que ahora se plantea exclusivamente entre Menem y Kirchner/Duhalde (dos formas bien distintas de encarnar al peronismo), se verá qué camino elige el partido mayoritario para recorrer en los próximos años: si desea probar un tercer tiempo de hegemonismo menemista o se resuelve por explorar la más acotada alternativa neoduhaldista.

    Cualquiera que sea la salida, la disyuntiva en juego no permite vislumbrar un futuro plácido y sin complicaciones. Los votantes peronistas y, especialmente, los no peronistas tendrán que reflexionar serenamente sobre cuál de las dos opciones ofrecidas es la menos mala.

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