Acuerdo para mejorar la TV

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22 de octubre de 2000  

La influencia social y cultural de los medios audiovisuales de comunicación se ha acrecentado extraordinariamente en las últimas dos décadas. La televisión y la radiofonía, más las redes electrónicas privadas, están presentes en la vida de cualquier persona o de cualquier familia media durante porciones de tiempo cada vez más extendidas.

En su editorial del domingo último, titulado "Educación para todos", La Nación invitó a tomar conciencia de la intensidad de ese fenómeno e hizo notar que los medios electrónicos tienden cada vez más a erigirse en una suerte de sistema educativo paralelo, que a menudo choca, por sus contenidos, con lo que aspira a suscitar y transmitir el sistema educativo formal.

De ahí la buena acogida que ha tenido, en principio, en múltiples sectores de la sociedad, el acuerdo celebrado días atrás por el Gobierno con las asociaciones representativas de las empresas de telerradiodifusión y de los productores independientes del sector, orientado a establecer criterios reguladores de orden moral y de protección a la minoridad para los programas que llegan a los hogares.

La finalidad de este encuentro entre agentes del Estado y productores y gerentes de la TV y la radio privadas ha sido moderar el uso del lenguaje y las escenas de sexo y violencia en función de franjas horarias y con arreglo a conceptos que toman en cuenta consideraciones éticas, culturales y de amparo al buen gusto, con el énfasis puesto -por supuesto- en la defensa de los intereses del menor. La coincidencia a que se arribó tiene especial significación, entre otros motivos, porque es la primera vez que se convoca a productores independientes de televisión a una mesa de consenso para forjar acuerdos sobre los contenidos de los programas.

Participaron de la elaboración de esta suerte de guía de contenidos para la televisión el Comité Federal de Radiodifusión (Comfer), la Asociación de Telerradiodifusoras Argentinas (ATA) y la Cámara Argentina de Productores Independientes de la Televisión. El acuerdo consiste, básicamente, en la fijación de tres franjas horarias. La primera se extenderá de las 8 a las 20 e incluirá sólo programas para todo público. De ese horario estará excluido el uso de la violencia como recurso reiterado, como fin en sí mismo o asociada a la sexualidad y al maltrato de menores. En lo tocante al lenguaje, se estableció que en esa franja horaria deberá evitarse el uso y abuso de epítetos rústicos o vulgares, donde la grosería ocupe un lugar preponderante. En las escenas de sexo se dejarán de lado el exhibicionismo y la búsqueda de impactos efectistas. También se excluirá toda referencia al suicidio, ya se trate del simple intento o del hecho consumado.

La segunda franja horaria se extenderá de las 20 a las 22 y responderá al concepto de exhibición para todo público "con presencia de los padres". En este tramo se evitarán las combinaciones entre violencia, sexo y droga y las expresiones que contengan valoraciones discriminatorias. El tercer horario, de 22 a 24, incluirá programas sólo aptos para mayores de 16 años. Más que los pormenores del acuerdo, siempre controvertibles en lo que concierne a contenidos y pautas, lo que debe rescatarse es la voluntad de los sectores responsables de la televisión privada de autocontrolar sus programas para desterrar excesos que puedan resultar lesivos para la evolución formativa de niños y adolescentes o denigratorios de la dignidad de la persona humana.

Muchas veces hemos dicho que es necesario garantizar la plena libertad de expresión en el campo de la comunicación social, pues la censura impuesta por el Estado contradice principios esenciales de nuestro sistema constitucional. Pero eso no significa desconocer la necesidad de que la sociedad se defienda de cuanto tienda a desintegrar sus reservas morales o a difundir valores disolventes en la mente y en la conciencia de los menores. Siempre hemos señalado que el mejor camino para que la comunidad sea protegida ante esas amenazas es estimular en los propios empresarios del sector de la televisión el ejercicio profundo y maduro de la responsabilidad social que les es inherente.

A eso apunta el acuerdo celebrado y, en ese sentido, corresponde recibirlo como un hecho auspicioso. Con la salvedad, por supuesto, de que no sólo debe propenderse a su cumplimiento literal sino también -y fundamentalmente- a la salvaguardia de los valores generales de orden ético y espiritual que le prestaron sustento e inspiración.

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