¿Adiós al realismo mágico argentino?

Néstor Kirchner

En los últimos días, los argentinos asistimosa la extinción del último de los liderazgos carismáticos del viejo caudillismo;comienza ahora una etapa cuyo éxito dependerá del camino que escoja el futuro presidente
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18 de mayo de 2003  

En poco más de una semana se han producido en la escena política algunos hechos que conviene analizar, no tanto por sus ribetes escandalosos o por sus connotaciones espectaculares sino por lo que significan como confirmación de que algo está cambiando en los estratos profundos de la sociedad argentina.

Por lo pronto, ha hecho crisis -en medio de dolorosos estertores- el último de los liderazgos carismásticos a la vieja usanza que quedaban en el país: el de Carlos Menem. Al borrarse de una contienda electoral en la que había empeñado sus mejores esfuerzos, el caudillo riojano se ha despedido de la política -aunque él diga lo contrario- con una gran mueca escénica, digna de un grotesco de Eduardo De Filippo o de Armando Discépolo. La historia, sin embargo, no va a ser impiadosa con él: rescatará seguramente los indudables aciertos de su primera presidencia y enjuiciará con dureza -qué duda cabe- lo mucho que hizo por desquiciar la vida pública nacional en los últimos nueve años.

Surgirán en la Argentina, con seguridad, nuevos liderazgos. Pero todo indica que ya no habrá espacio, nunca más, para estos caudillismos nacionales sustentados sobre una misteriosa mezcla de magia y fanfarronería personal. No es aventurado afirmar que con Menem se extingue el último gran curandero de la política argentina. Las imágenes de la "pueblada" que intentaron prepararle a las puertas de un hotel de Buenos Aires o frente a la Casa de Gobierno de su provincia natal parecieron extraídas de alguna película de Mario Monicelli o Dino Risi, aquellos maestros de la tragicomedia popular que nos deparó el cine italiano. ¿Quién no se acuerda de "La marcha sobre Roma", donde Vittorio Gassman y Ugo Tognazzi protagonizaban en clave de parodia algunos entretelones grotescos de la primera gran pueblada épica de Benito Mussolini? Si al retiro de Menem del ballottage se suma el bajo rendimiento que obtuvo en los comicios del 27 de abril Adolfo Rodríguez Saá -otro caudillo político de parecido cuño- se confirma la idea de que el intento de reeditar los liderazgos inspirados en el modelo de Perón ha dejado de ser redituable en la Argentina del siglo XXI.

Queda Duhalde, es cierto. Pero Duhalde es otra cosa. Nunca quiso ser un agitador de masas sino un infatigable bordador de minúsculas combinaciones e intrigas, vaciadas en el molde de las tácticas políticas de nivel municipal, trasladadas con sorprendente éxito al plano nacional. De los dos caudillos que se enfrentaron dramáticamente en la última refriega interna del justicialismo, el que siempre adoptó poses ampulosas de grandeza y aires épicos fue Menem. El hecho de que Duhalde, con su ciencia pequeña y municipalista, lo haya ido llevando paso a paso a la derrota encierra una curiosa lección de vida. Por supuesto, tampoco la historia va a ser impiadosa con Duhalde, que tomó en sus manos un país que se estaba incendiando y, en cierto modo, lo pacificó y lo hizo gobernable. Por supuesto, la posteridad no va a avalar en bloque, seguramente, los oscuros y sigilosos pasos que fue dando hasta convertirse en el amo virtual del primero y segundo cordón del conurbano -esos invencibles y estratégicos bolsones de la política argentina- y, finalmente, en gran protagonista y elector de la vida pública nacional.

Pero Menem y Duhalde han empezado ya a ser parte del pasado. El presente se llama Néstor Kirchner, el hombre que supo aprovechar los espacios vacíos que fueron dejando libres Carlos Reutemann -con sus interminables dudas hamletianas- y el oscilante José Manuel de la Sota.

Ante Kirchner, que el domingo próximo asumirá la presidencia de la Nación, se abren varios escenarios posibles. Puede optar por desplegar sus íntimas convicciones ideológicas y por tratar de hacerse fuerte en sus raíces de viejo revolucionario setentista. Eso lo llevaría, tal vez, a pelearse con muchas corporaciones -o con todas al mismo tiempo-, como en cierto modo le ocurrió en su momento a Raúl Alfonsín. También puede caer en una suerte de prudente inmovilismo para no pelearse con nadie, lo cual puede acercarlo al crítico escenario que enfrentó De la Rúa. Hay una tercera posibilidad, que es mirarse en el espejo de Lula y tratar de conciliar la cautela con la acción. Pero Lula llegó al poder con un respaldo político estructurado que Kirchner todavía va a tener que empezar a construir cuando llegue a la Casa Rosada.

¿Qué escenario elegirá el hombre que dentro de una semana empezará a dialogar con los árboles de la quinta de Olivos? Tiene una ventaja; ya sabe lo que no tiene que hacer: ni resucitar sus fantasmas setentistas ni encerrarse en un autismo paralizante. Va a tener que salir a conversar y a buscar apoyos. Los votos que estuvo a punto de obtener se evaporaron mucho antes de que llegara la hora de las urnas: eran votos contrarios a Menem y, por lo tanto, el riojano se los llevó con él a Anillaco. Es el destino paradójico de los viejos caudillos: le pertenecen por igual los votos de adhesión y los votos de repudio.

Desde luego, le queda a Kirchner, fundamentalmente, la esperanza. La esperanza de él y la del conjunto de los argentinos. Tendrá que hablar con todos y mostrar, a la vez, firmeza y flexibilidad, confianza en sí mismo y espíritu pluralista, capacidad para labrar acuerdos en ciertos casos y fortaleza para decidir por sí solo en determinados momentos. Y tendrá que aprender a distinguir cuáles son esos casos y cuáles son esos momentos.

Kirchner necesitará alcanzar, en suma, esa rara virtud que algunos llaman prudencia y otros equilibrio. Y que el Maquiavelo bueno -no el de la deformación que perdura en el distorsionado imaginario social- consideraba imprescindible para gobernar.

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