Suscriptor digital

Al rescate del Mercosur

Por Eduardo L. Bonelli
(0)
26 de marzo de 2000  

Al dejar resuelto el más complejo de los entredichos pendientes en materia de intercambio e integración regional, el acuerdo anunciado el jueves por los gobiernos del Brasil y la Argentina para establecer las nuevas normas que regularán la industria y el comercio automotor en el Mercosur viene a diluir fuertes tensiones que ponían en jaque la gestión de De la Rúa, amenazando con transformar negociaciones comerciales en un profundo conflicto político-doméstico, con derivaciones internacionales.

Las demandas empresariales que generó el crecimiento de las importaciones de origen brasileño en ciertos sectores manufactureros y en diversas producciones agropecuarias y agroindustriales fueron subiendo de tono en los últimos meses, a veces con razón y a veces por lo que al otro lado de la frontera se consideró una verdadera histeria. Reclamaciones justificadas y temores explicables, agitados por lobbies de empresarios y arengas de dirigentes políticos, indujeron inquietantes propuestas que apuntaban -a sabiendas o ignorándolo- a la neutralización, si no a la destrucción, del proyecto integrador del Mercosur.

Si hubieran prosperado las cláusulas de aranceles móviles entre los cuatro países asociados para compensar hipotéticas variaciones futuras en los tipos de cambio, la proliferación de cuotas de importación, los condicionamientos de origen a las compras estatales y la proliferación de restricciones específicas para una gran variedad de productos, como sugirieron diversas iniciativas -algunas, incluso, surgidas en el seno del elenco gubernamental-, el efecto habría sido un golpe de ko a la idea de la alianza regional.

Con buen criterio, el Gobierno y la Cancillería defendieron frente a los embates tremendistas lo que debe ser -y es- una verdadera política de Estado, que a través de las diferentes administraciones ha sostenido que la integración con las naciones vecinas es un objetivo estratégico de máxima trascendencia.

Esto significa tanto como mantener el rumbo hacia las grandes metas de largo plazo, a pesar de las zozobras coyunturales que, por supuesto, existen y no deben ser ignoradas ni desatendidas.

Pero es importante contar con un diagnóstico confiable de las dificultades sectoriales, para no arremeter a ciegas, con criterio facilista y apelando a medidas aisladas y distorsionantes, contra enemigos fantasmales o, en el mejor de los casos, mal evaluados.

Ni tanto ni tan poco

Sería ingenuo, a esta altura de los hechos, decir que la devaluación del real brasileño, catorce meses atrás, resultó inocua para la economía argentina, y quedarse en una actitud pasiva como si nada hubiera pasado. Pero una prédica proteccionista persistente, sobreactuada y no despojada, en muchos casos, de intenciones políticas, exageró la magnitud de los efectos reales.

Después de una descomunal gritería, hoy resulta que no ha habido sino excepcionalmente alguna migración fabril hacia el Brasil, que las largas listas de industrias sumadas al éxodo no existen, que no es tan fácil mudar toda una organización productiva al otro lado del linde y que hay una cantidad de motivos que inhiben cualquier proyecto racional en tal sentido. Y en el caso de las empresas medianas o pequeñas, se hace verdaderamente prohibitivo.

Esto no quiere decir que las empresas argentinas no estén sufriendo -aquí y allá- los efectos de una mejora en la capacidad competitiva de la producción brasileña, a partir de la devaluación y de que toda la estructura exportadora de nuestros socios consiguió adaptarse a la nueva situación.

En realidad, el daño más grande y generalizado para las empresas argentinas que se vieron afectadas debe de haber sido la contracción de la demanda en el mercado brasileño. De una demanda que primero se vio irrealmente estimulada, sin duda, por la sobrevaluación del real hasta mediados de enero del 99.

Los sordos ruidos que hizo el caso de la inexistente fuga de empresas al Brasil contribuyeron al clima de pesimismo en que se desenvolvió la economía durante el primer trimestre, que estaba ya bajo el pesado influjo de las preocupaciones que determinó el sensible aumento de las cargas impositivas.

Los problemas del comercio bilateral, pues, no son generales -hay exportaciones argentinas muy activas en el mercado vecino-, las ventajas que obtuvo la producción brasileña con la devaluación del real se redujeron notablemente en términos reales (cálculos que publicó La Nación indican que en este momento se limitan a un 9%), nuestro país tiene ahora elaborado un programa de asistencia a la actividad exportadora y, finalmente, comienzan a dar frutos las negociaciones comerciales, como en la larga y compleja cuestión de los automotores.

Ceder algo, ganar algo

En toda negociación -es un axioma- cada parte debe regatear en busca de beneficios, pero sabiendo que tendrá que dar algo a cambio. Eso es, precisamente, lo que se hizo con el acuerdo automotor. Pero en este caso, además de hacer concesiones recíprocas, las partes hicieron algunas concesiones a la necesidad de alcanzar por fin el tan demorado acuerdo, a expensas de principios de eficiencia ortodoxos, lo que algunos llamarán una actitud realista.

El hecho es que la industria automotriz y de autopartes seguirá gozando de un régimen especial ajeno al criterio aplicado a la producción manufacturera en conjunto, y del más alto nivel de protección arancelaria; lo que gravitará, inevitablemente, sobre la competitividad global de la economía de ambos países.

El cierre de esta trabajosa negociación abre ahora expectativas sobre la solución posible de otros conflictos que afectan a una diversificada y conocida nómina de bienes industriales y agroindustriales, como calzados, azúcar, lácteos, textiles, carnes porcinas y de aves, aceros, etcétera. La subsistencia de problemas no resueltos echa sombras sobre la posibilidad de acceder en un plazo cierto a un cabal mercado común.

Pero las negociaciones más imperiosas son las que deben llevar a acuerdos sustanciales de carácter macroeconómico, particularmente en materia monetaria, cambiaria y fiscal -incluyendo el tratamiento tributario de las actividades productivas y la distribución de subsidios-, pero sin omitir cuestiones para nada menores, como las políticas reguladoras, los regímenes laborales, la coordinación de la infraestructura o las reglas sanitarias.

En algún momento, no sin dolor, las economías de los cuatro países asociados terminarán de absorber los efectos de la devaluación del real. Sin embargo, si los gobiernos no comprometen conductas fiscales y monetarias coherentes, cualquier tipo de cambio será inestable, cualquier acuerdo comercial se tornará frágil y la confianza en los progresos de un mercado regional dinámico y en expansión terminará entonces por quebrarse, frustrando una vez más las esperanzas de la gente en el proceso de integración y malogrando las expectativas de la comunidad internacional, que ve complacida y alienta la formación de grandes espacios económicos y comerciales, como una sólida palanca para el desarrollo.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?