Alfredo Corchado: "El avance del narcotráfico es hijo de la impunidad y de una sociedad débil"

El periodista mexicano, cronista del crecimiento del negocio de la droga en su país, cree que un Estado ausente o cooptado y el desinterés social favorecen el crimen organizado
El periodista mexicano, cronista del crecimiento del negocio de la droga en su país, cree que un Estado ausente o cooptado y el desinterés social favorecen el crimen organizado
Gerardo Young
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1 de junio de 2014  

La imagen, de sólo pensarla, da miedo: "No esperen a encontrarse con decapitados en la 9 de Julio".

Quien lo dice es Alfredo Corchado, cronista de la frontera, ese espacio que encuentra a Estados Unidos y México, donde se ha convertido en un testigo fundamental del crecimiento del narcotráfico, flagelo que ya ha provocado más de 100.000 muertos en los últimos siete años.

Corchado nació en México, se crió en Estados Unidos y hoy es corresponsal en el Distrito Federal y en la frontera de un diario estadounidense, el Dallas Morning News. Estuvo de paso por Buenos Aires, invitado por el Foro de Periodismo Argentino (Fopea), para dirigir en la ciudad de Rosario una jornada de capacitación para periodistas sobre cómo cubrir las noticias vinculadas con el crimen organizado y al narcotráfico.

Observador agudo de su territorio, Corchado, que ha sido premiado por sus coberturas con el premio María Moors Cabot (2008), señala las condiciones que posibilitaron el avance narco: la ausencia de un Estado de derecho y una sociedad adormecida y débil. "Les recomiendo a los argentinos que hablen del tema y no lo ignoren, antes de que sea tarde", advierte. Sus palabras, todas, suenan como una verdadera señal de alerta para no convertirse en el reflejo futuro de un drama inconmesurable.

-¿Qué significa "la frontera"?

-La frontera es un tercer mundo. Están Estados Unidos y México, y también está la frontera. Yo nací en Durango (al noroeste de México), pero me crié en California, Estados Unidos. Ahora tengo mi residencia en el Distrito Federal (DF), pero me paso casi todo el tiempo en la frontera, donde investigué las rutas migratorias, el comercio y, naturalmente, el problema del narcotráfico.

La frontera, a pesar de todo, es donde me siento más en casa. Ahí, entre ambos mundos. En el otro mundo.

-¿Cuándo irrumpió el problema del narcotráfico en México?

-En realidad, el narco ha estado en México desde hace muchas décadas, desde hace varias generaciones. Pero estaba controlado. Y los mexicanos, yo me incluyo, quisimos tapar el sol con un dedo. Sabíamos que estaba ahí, pero no hicimos nada hasta que fue demasiado tarde.

-¿Lo peor del narcotráfico es el silencio que provoca?

-Yo pensaba eso, pero hay algo peor. Cuando se termina el poder hegemónico del PRI sobre México, en el año 2000, se acaban los acuerdos que existían. Me refiero a los acuerdos entre el PRI y los narcos. Entonces hubo que elegir entre hablar del problema o hacer silencio. Pero ahora veo que hay algo peor que ese silencio: la falta de interés. Y hoy dentro de México hay mucha falta de interés por el narcotráfico. En los diarios, por ejemplo, hay mucha autocensura, mucho mirar para otro lado. Claro que el periodismo en México nunca fue una profesión muy sólida.

-Debe ser muy difícil ser periodista en un clima de miedo?

-Ocurren cosas que impresionan mucho. Vengo de estar en Tamaulipas, uno de los Estados más difíciles (al nordeste de México). Acababan de matar a un ex alcalde que había sido editor y director de un periódico local. Y los periodistas tuvieron que pedir permiso al crimen organizado para poder expresar sus condolencias a la familia de este hombre.

-¿Cómo es la relación de los periodistas con los narcos? ¿Es cierto que en las redacciones de los diarios hay "periodistas" puestos por el narcotráfico?

-Sí, hay voceros. Hay periodistas que son tipo voceros. O sea, yo te llamo a ti y te pregunto si puedo publicar esto o aquello. Las redacciones están contaminadas por la desconfianza.

-¿Esto ocurre en el norte del país o también llega al DF?

-Hasta la fecha, el DF se mantiene aparte. Pero atención, porque se está empezando a penetrar, de a poco. Claro que por ahora es una realidad concreta en los estados del Norte y también en los que dan al Pacífico. Chihuahua, Baja California, Veracruz y Tamaulipas son hoy los peores.

-¿Cuándo y cómo empieza a sentirse el narcotráfico en la vida cotidiana de los mexicanos?

-Desde la entrada de Los Zetas. Ellos entraron al juego poco después del 2000, más o menos. Todo empieza a notarse allí, a partir de la salida del PRI y la entrada de Los Zetas. El PRI lo protegía y era cooptado al mismo tiempo. Lo que ocurre es que era difícil distinguir quién era el gobierno y quién era el narco. A medida que el PRI se fue haciendo más débil, se sintió más el poder narco. Con la derrota del PRI en manos de la PAN [Alianza por el cambio], en 2000, todo se hizo visible.

-Volvamos a Los Zetas.

-Con Los Zetas todo se hace descarado. Eran un grupo paramilitar, fuerzas de elite del gobierno. Algunos miembros habían sido entrenados en Estados Unidos justamente para combatir al narco. Pero en México los capos narcos los sentaron en una mesa, les preguntaron cuánto ganaban y les ofrecieron cuatro veces más dinero. Entonces 35 de los paramilitares hicieron el bolsito y se fueron a trabajar con los narcos. Y cambiaron la dinámica de los narcos. ¿Por qué? Porque Los Zetas no tenían contactos con Colombia, con Perú, con Bolivia, con la marihuana. No tenían historia dentro del narcotráfico; no sabían muy bien cómo hacerlo. Entonces se diversificaron. Y se dedicaron también al secuestro, a la extorsión, a controlar rutas migratorias, oficinas de policía, oficinas de gobierno, la prensa? Impusieron la política del control y lo hicieron a través del miedo. Fue cuando empezamos a ver cuerpos decapitados, las cabezas cortadas, imágenes impensadas tiempo antes. Los cuerpos decapitados que cada tanto vemos son mensajes para la comunidad: nosotros somos la fuerza, quiere decir. Y ahí es donde se ven las grandes sombras de México.

-Y cuando toman conciencia, ya es tarde.

-Ya es tarde. Nos dimos cuenta tarde. Por supuesto, esto ocurrió porque hablamos de una sociedad muy débil, que se comporta como hijos a la sombra de un papá gobierno, lo que era el PRI, que gobernó a México por más de setenta años. La sociedad lo permitió porque sintió que no tenía responsabilidad en lo que ocurría. El avance del narcotráfico es hijo de la impunidad y de una sociedad débil.

-¿El narco hubiera crecido tanto en una sociedad más reactiva?

-No. Si hubiera habido una sociedad mucho más reactiva, interesada, mucho más exigente, el narco no hubiera crecido. Pero tampoco si hubiera existido un Estado de Derecho. Porque aquí el gran enemigo es la impunidad. Eso lo tienen que entender ustedes, en la Argentina. En México, más del 95 por ciento de los homicidios no son resueltos. Si tú eres joven, el negocio narco es un negocio muy rentable. Entras y matas. En realidad, es más probable que te maten a que vayas preso.

-En 2006, un nuevo gobierno de México, el de Felipe Calderón, impuso una política de confrontación directa contra el narcotráfico. Y el resultado fue muy sangriento. ¿Cuál es su evaluación?

-Al principio hubo un respaldo a Felipe Calderón. Por fin el gobierno reaccionaba. Pero vista esa política a la distancia, queda claro que la estrategia fue muy mala. Calderón llega a la presidencia en diciembre de 2006. Muchos pensaban que iba a tardar meses o años en preparar un plan. Pero a los 30 días de asumir ya había declarado la guerra directa contra el narcotráfico. No fue algo muy bien pensado. Y la corrupción les jugo en contra. Yo creo que a ellos mismos los sorprendió el nivel de corrupción en todos los niveles. Las policías, los gobernadores, gente clave del gobierno, el poder judicial, todo estaba ya demasiado corrompido. Y además había y hay internas dentro de los corrompidos. Por ejemplo, en Juárez la policía local estaba muy metida con el Cartel de Juárez, y la policía nacional estaba involucrada con otros grupos narcos. Por eso muchos dicen, con acierto, que más que una guerra contra el narcotráfico fue una guerra interna, que se volvió mucho más grande. Y hubo muchos inocentes que cayeron. Más de 100.000 personas han muerto o desaparecido desde 2006.

-A fines de 2012, tal vez como respuesta a eso, México decide volver al PRI con la presidencia de Enrique Peña Nieto. ¿Se recuperan los viejos acuerdos?

-Es interesante lo que está pasando. El PRI llega con el deseo de cambiar la narrativa. Quieren que se hable de otra cosa. Lo que quieren es decir que México es mucho más que el narcotráfico. Que también hay negocios, cultura, turismo. Y muchos lo entienden porque México es también eso, es también otra cosa. Pero yo creo que hasta que no controlen la seguridad, hasta que no haya justicia, México no va a poder marchar en serio.

-¿Quieren manejar el relato?

-Sí, claro. No es que no se ocupen del tema, porque algunas cosas se hacen. Pero ya no es muy noticioso. Ya no es la noticia dominante en los diarios ni en los canales. Desde el gobierno se intenta que el narcotráfico deje de tener interés.

-¿Y da resultado? ¿El mexicano común está perdiendo interés?

-Sí, sobre todo en las grandes ciudades. En el DF, en Guadalajara o en Monterrey es donde fácilmente pierden interés porque no tienen al narco tan cerca o tan visible. Pero no hay que perder la esperanza. A mí me ha sorprendido en las últimas dos semanas una movilización en Tamaulipas. Gente que ha salido a la calle, vestida de blanco, diciendo basta, a pesar del miedo. La gran esperanza está ahí, en la sociedad civil. Y en las leyes, que se cumplan las leyes.

-¿El narcotráfico es producto de la ausencia de Estado de Derecho?

-Exactamente. De Estado de Derecho, de falta de instituciones y de interés. Le doy dos casos, bien distintos, de la reacción posible ante una amenaza. Yo recibí ya cuatro amenazas de muerte. La última fue en 2007. Me llega a través de una fuente, a la que le dicen que los narcos van a matar a un corresponsal norteamericano en 24 horas. "Serías tú", me dice la fuente. Pero yo soy corresponsal de un diario de Estados Unidos. Entonces inmediatamente encuentro la solidaridad de mis colegas, se organiza un círculo de protección, los editores de diarios de Estados Unidos planean notas, la Embajada de Estados Unidos emite un comunicado. Esas cosas te dan a entender que a alguien le importa, que no estás solo. Pero si le pasa lo mismo a un periodista de un diario mexicano, si lo amenazan a él, entonces nadie dice nada, nadie reacciona. Por eso los periodistas que desde México escriben sobre estos temas son muy valientes. Y también son solitarios.

-Describís un clima de desintegración social e institucional. La ausencia más notoria es la del Poder Judicial. ¿Qué pueden hacer los jueces y los fiscales?

-La corrupción en la Justicia es demasiada. La tentación, el dinero. Y si no ceden a eso, están las amenazas. Es una situación muy difícil. Ahí es donde México está atacando el problema a pasos muy lentos. Estados Unidos está tratando de ayudar a crear una sociedad civil más fuerte y a crear un sistema judicial más fuerte. También Colombia está ayudando en eso. Ésa es la lección que debe aprender la Argentina. No deben dejar que se llegue demasiado lejos.

-En la Argentina, en los últimos años fueron detectados sicarios, capos narcos, mulas, grandes cargamentos de cocaína? ¿Qué está pasando en nuestra región?

-No soy un especialista sobre lo que ocurre aquí, pero el narco ya es algo mundial. Cuando Estados Unidos entró en Colombia para enfrentar a los narcos, en la década del 90, cambiaron todas las rutas. Ya no es sólo la ruta de Colombia hacia Estados Unidos, sino que hay rutas hacia México y hacia América del Sur.

-Hoy hay una especie de furor por las telenovelas sobre narcos. Aquí también llegan los narcocorridos, las canciones populares mexicanas donde se elogia muchas veces al capo narco. ¿Cómo se explica esa fascinación?

-Eso está provocado por la fuerza del narco. Hace poco estuvimos reunidos un grupo de periodistas mexicanos, muchos amenazados de muerte. Tequila va, tequila viene, empezamos a hablar y a sentirnos culpables de seguir vivos. Porque la cultura narco es tan fuerte, que si alguien decide que vas a morir, debes morir. El narco es el que decide. Y ese nivel de poder es lo que se ve en las canciones y en la música. Hay un dicho en México que dice "prefiero vivir cinco años como rey, que cincuenta años como buey". Y refleja mucho a esa cultura.

-La solución entonces es dejar de vivir como bueyes?

-Pero claro, todo se explica también porque faltan trabajo y oportunidades. Fíjate que el avance narco coincide con la crisis mundial, cuando Estados Unidos cierra más sus fronteras y muchos mexicanos se sienten atrapados en México. Por eso el narco avanza en la cultura de los "ni-ni", la cultura de los jóvenes que ni trabajan ni estudian. Ahí están los reclutados.

-En la Argentina también crecen los "ni-ni". La diferencia es que México está en la frontera con Estados Unidos.

-Esa frontera es el gran monstruo. Si Estados Unidos demandara galletas en vez de cocaína, sería distinto. Pero cuando eres parte de un Estado tan débil, siempre habrá una manera de violar la ley. Y si se prohibieran las galletas, pasaría lo mismo con las galletas: habría contrabando, bandas.

-¿Qué opinión tiene sobre los intentos de despenalizar el consumo de drogas? ¿Y de experiencias como la que intenta Uruguay, convirtiendo al Estado en el proveedor de la marihuana?

-Yo creo que pueden ayudar, aunque todavía no podemos saberlo. En los estados de Estados Unidos donde se despenalizó el consumo, aparentemente, aumentó la demanda. De todos modos, el problema no es la droga, sino cualquier cosa que pueda generar dinero.

-¿El problema no es la droga?

-En Estados Unidos hay mucha droga. Y en Canadá hay mucha droga. Pero ni en Estados Unidos ni en Canadá existen las organizaciones delictivas que hay en México. Porque el problema no es la droga, porque el problema es la impunidad. Organizaciones como Los Zetas organizan secuestros, roban, matan, controlan rutas. Hoy, la mitad de las ganancias de Los Zetas vienen de negocios ajenos al de la droga. Por eso, el gran enemigo es la impunidad. En México nadie paga. Y eso es lo mismo que decir que todos pagamos, pagamos la mordida. En mi zona, en la frontera, de un lado te sacas el cinturón, te aflojas todo, tiras papeles al suelo. Y del otro no, del otro lado hay códigos, hay reglas claras. Es un deterioro cultural, general. Yo sigo teniendo esperanza. Pero no vamos a cambiar la cultura de un país de un día para el otro. La Argentina tiene que entender que no deben dejar que se llegue al nivel de México. No esperen a ver decapitados en la 9 de Julio.

Mano a mano

Alfredo Corchado estuvo en la Argentina apenas 48 horas. No alcanzó a dormir de corrido, viajó a Rosario para contar su experiencia a los colegas y se tomó la entrevista con la nacion como parte de su misión. Lo suyo es más que un trabajo: es un objetivo de vida. Y tiene una historia que nace hace medio siglo, cuando tenía 5 años, andaba descalzo en calles empedradas de Durazno y su familia se vio destrozada por la muerte de su hermanita, de dos años, ahogada accidentalmente. Entonces, cuenta Alfredo, su mamá juntó las pocas cosas que tenían y los llevó a todos al otro lado de la frontera, a California, bajo un juramento: "México está maldito, no quiero México para ustedes". Alfredo se crió en inglés y mexicano de entrecasa, finalmente se hizo periodista y trabajó en distintos periódicos hasta que dio con el Dallas Morning News, el único que le ofrecía lo que buscaba: ser corresponsal en la frontera. Alfredo volvió a México y se puso a investigar el narcotráfico. Un día entero le llevó explicarle a su madre lo que estaba haciendo. "Fue un día cabrón, a puro llanto. Pero creo que terminó comprendiendo", dice ahora. Volvió para demostrarse a sí mismo que su país no estaba maldito. Y en eso anda.

Un futuro posible, por Corchado

-¿Qué rol deben cumplir el periodismo y la sociedad ante el avance del narcotráfico?

En México no pudimos ver lo que estaba creciendo; le quisimos dar la espalda al problema y ahora nos marcó a todos. Por ejemplo, los periodistas nunca pudimos ayudar a proporcionar a la sociedad civil las herramientas con las cuales hacer algo. Y algo más: el periodismo, creo yo, se rindió antes que la sociedad civil. De todos modos, es muy complicado levantar el dedo contra aquellos que no hacen nada o contra los periodistas que tal vez no hicieron lo necesario. Porque si no hay protección del gobierno y no hay justicia, es extremadamente difícil para el periodismo y para cualquiera contar cómo se produce el avance de los narcos. Es verdad que no se puede juzgar a los que no hacen nada frente a este problema. Pero la sociedad civil tiene que ser parte, igual que el periodismo. Hay que hablar del tema; hablar mucho, no esconderlo. Porque es importante evitar que se pierda el interés para estar alerta. Asimismo, y sobre todo, se tiene que cumplir la ley. La ley es la salida. Los periodistas tenemos que insistir en eso. La sociedad tiene que insistir en eso.

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