Algo está cambiando en la prensa mexicana

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21 de marzo de 2000  

MEXICO D. F. (The Economist)

POR largo tiempo, los medios mexicanos presentaron una semejanza más que casual con los de la Rusia soviética, si bien los métodos de control eran más sutiles. La televisión sólo cubría las buenas noticias; los diarios rebosaban de peroratas a ocho columnas sobre comentarios intrascendentes formulados por funcionarios de segundo nivel; la radio estaba saturada de jingles oficiales. No es de extrañar que en las últimas siete décadas el Partido Revolucionario Institucional (PRI) rara vez haya tenido dificultad en ganar las elecciones o, cuando la tuvo, haya recurrido al fraude.

Hoy día, México pretende ser una democracia auténtica, y la oposición tiene una posibilidad verdadera, aunque pequeña, de ganar las elecciones presidenciales del 2 de julio. Su cobertura por los medios será observada con un rigor hasta ahora desconocido. A primera vista, también se advierte un cambio notable en los medios: son más pluralistas, libres e independientes que nunca. Con todo, aún quedan vestigios de las viejas costumbres.

El secreto del control mediático del PRI es haber preferido la apropiación a la represión. Un tipo de control del que cuesta mucho más zafarse. Los diarios disfrutaban de un bondadoso tratamiento impositivo, papel subsidiado y raudales de publicidad oficial bien pagada. El conglomerado mediático privado Televisa obtuvo un lucrativo cuasi monopolio de la televisión a cambio de su lealtad política. Los periodistas, mal pagados por sus empleadores, dependían de las generosas coimas dispensadas por los ministerios o secretarías que cubrían.

La autocensura era la norma. Cuando fallaba, el régimen recurría a métodos más sucios: retirar la publicidad, lanzar bandadas de auditores en inspecciones inesperadas, suscitar disputas internas en los diarios para forzar el alejamiento de directores poco convenientes. En contadas ocasiones, el gobierno instigó el acoso y hasta el asesinato de periodistas.

Lectores y televidentes

Desde mediados de los años 80, la burocracia oficial viene aflojando el puño. Los medios cobraron audacia. El Financiero , un diario capitalino especializado en economía; El Norte , de Monterrey, y más tarde su hermano metropolitano Reforma lograron atraer suficiente publicidad privada para conquistar su independencia editorial.

No obstante, el mercado periodístico mexicano todavía lleva la impronta de su historia: hay tantos diarios pequeños, que ninguno influye mucho que digamos en la masa electoral. El más grande, El Universal , declara una circulación de apenas 153.000 ejemplares en un país con 100 millones de habitantes. Muchos dependen de artículos pagados por el gobierno.

La televisión sigue estando mucho menos diversificada. La ex empresa estatal TV Azteca, privatizada en 1993, tiene un poco más del 25 por ciento de la audiencia, pero Televisa mantiene su dominio. Entre las dos, controlan la mayoría de los canales locales impidiendo la aparición de cualquier competidor serio. (Las leyes antitrust norteamericanas lo prohibirían.)

Sergio Aguayo, un politicólogo que se dedica a observar la cobertura mediática, comenta así la actitud de las televisoras en las elecciones presidenciales de 1994: "Su predisposición en favor del PRI fue escandalosa". Eso está cambiando. La autoridad electoral independiente analizó la cobertura radial y televisiva de enero y febrero y la encontró mucho más imparcial que en el pasado, aunque todavía daba más espacio y un trato más favorable al candidato del PRI que a sus adversarios. Días atrás, Televisa anunció que daría espacio gratuito a todos los candidatos presidenciales.

Avance hacia la libertad

La libertad de prensa continúa restringida por leyes arcaicas: TV Azteca fue multada por haber pedido la renuncia de varios funcionarios tras el asesinato, en 1999, de una de sus figuras. Los dueños de medios y los directores de diarios aún reciben llamadas telefónicas de funcionarios, pero cada vez les hacen menos caso. En opinión de Raymundo Riva Palacio, director de Milenio Diario (un periódico lanzado al comenzar el año), el gobierno ejerce el escaso control que le queda más "por inercia" que por presión directa.

Por otra parte, la legislación mexicana contra las calumnias e injurias es muy débil. Fomenta la libertad de los medios, y así debe ser, pero en México la libertad degenera demasiado a menudo en irresponsabilidad. Y éste no es el único defecto del periodismo mexicano. Los diarios, en especial, aún padecen de "declaracionitis": para ellos, cualquier comentario de alguien importante es noticia, aunque no haya dicho nada nuevo. Por ejemplo, El Financiero informa frecuentemente en su titular principal que la banca mexicana se ha debilitado, el peso es fuerte o es improbable que estalle una crisis económica. Hay también una obsesión por los datos oficiales: al leer o escuchar la noticia del arresto de un criminal, probablemente nos enteremos del número de patente del patrullero, los nombres y números de chapa de los policías y la hora exacta del arresto.

Sin embargo, la verificación de datos es una práctica relativamente nueva. Por décadas, la prensa se ha limitado a repetirlos. Hace poco, al informar sobre un asalto a un banco, cinco periódicos dieron otros tantos montos de dinero robado. Los códigos de ética sólo han sido adoptados recientemente y reina la incertidumbre respecto a su aplicación. Los medios mexicanos han avanzado mucho por el camino hacia la libertad. La senda hacia la calidad quizá resulte mucho más larga.

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