Almodóvar: el deseo y el milagro posible

Por Néstor Tirri Para LA NACION
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28 de noviembre de 2002  

Alguna vez Pedro Almodóvar incursionó, de paso y en broma, por las zonas de lo fantástico y "extransensorial": basta recordar la parodia de Carrie en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? , con la niña que movía objetos a distancia. Ahora, en cambio, se ha internado, y no en broma, en el bosque de lo maravilloso, género que en España reconoce antecedentes remotos y venerables (Gonzalo de Berceo, por ejemplo, en la literatura medieval). Lo que ocurre sorpresivamente en su último estreno, Hable con ella , es algo distinto de lo mágico de Steven Spielberg (o, más cercano a nosotros, de Eliseo Subiela) y también de la fantaciencia. Aquí acontece algo que trasciende las leyes de lo cotidiano y a lo que más se asemeja es al milagro.

Hay un personaje vivo que le habla a otro, semivivo, que permanece en estado vegetativo, y lo que interviene aquí para la improbable relación entre estos seres es la fe. Y también la palabra, la impredecible palabra dirigida a otro, que, en principio, no inviste una función conscientemente terapéutica sino que apunta a una extraña comunicación extrasensorial. Pero hay otro hecho, que el espectador no llega a ver, que nadie vio, por lo demás, pero que se descarta que sí, que ha ocurrido, incontestablemente. Todas las energías juntas, esas que pululan en torno a una cama de hospital, desembocarán en una instancia que tanto personajes cuanto espectadores sólo atinan a categorizar como "milagro".

Pero he aquí que algo muy parecido a este relato de ficción un día adquiere visos de realidad. Y entonces, ¿cómo procesar la convertibilidad de la fábula en historia o en noticia periodística? Cuando en la vida corriente ocurren hechos de esta naturaleza, hay que aceptar que existe una zona fronteriza muy lábil, apenas tangible, entre lo milagroso y lo cotidiano. Hace unos meses, en la ciudad de Brescia (Lombardía, Italia del Norte), ocurrió algo que impactó a las comarcas aledañas. Ahora, cuando los medios le han dado difusión, sacude a otras latitudes.

Un cuento de hadas

El 5 de abril nació un niño al que llamaron Marco, en el hospital de Desenzano (Brescia), después de escasas veintisiete semanas de gestación. La madre, una mujer de cuarenta años cuya identidad hasta ahora se mantiene en reserva, a cierta altura del embarazo se sintó mal: tuvo una hemorragia cerebral y cayó en estado de coma profundo. El embarazo continuó hasta que los médicos del hospital decidieron salvar al bebé en gestación y lo lograron. Luego sometieron al recién nacido prematuro a un tratamiento de reanimación (pesaba sólo 790 gramos) y finalmente lo trasladaron a una clínica de Mantua.

Allí se desarrolló la primerísima y endeble existencia de Marco, que ha cumplido siete meses y ya pesa casi cinco kilos. La madre continúa en coma, pero en un estadio considerablemente menos profundo y la recuperación sigue adelante. Como dato complementario y como para que esta historia termine de ser tan conmovedora como un cuento de hadas, hay que agregar que el padre "natural" no reconoció al niño y que, ante el desamparo de una criatura nacida en circunstancias tan especiales, el Tribunal de Menores de Brescia decidió que Marco fuera confiado legalmente a Elisabetta, de diecinueve años, hija de un primer matrimonio de la madre en coma, una joven obrera textil que, de este modo, pasa a ser madre y hermana mayor de Marco, un niño surgido de las entrañas de una mujer que permanece en el limbo, como la Alicia de Hable con ella .

Si vivieran Vittorio De Sica y Cesare Zavattini, ya estarían acometiendo un Milagro en Milán, segunda parte , pero para qué si Almodóvar ya lo filmó y, además, un año antes de que ocurriera. Lo de Brescia, hay que reconocerlo, no coincide exactamente con la trama de ficción de Hable con ella , pero el ingenioso Pedro de La Mancha (que de hidalgo nunca pretendió tener mucho) bien podría hacerle juicio a la vida por haberle plagiado (¡y tan pronto!) su fábula.

Y este prodigio de Brescia no es único: se sabe que en la Argentina, en épocas recientes, se produjo un caso parecido.

Lo interesante de todo esto es que la noción de milagro se vuelve relativa, porque parecería que existe una zona de borrosa frontera en la que los acontecimientos se escapan de la racionalidad cotidiana merced al fervor, la energía y la fe (y también el deseo) de quienes participan para que esos hechos se tornen posibles.

Hay una pieza teatral de los años 50, The Rainmaker ("El hacedor de lluvia"), de N. Richard Nash, que fue llevada al cine en 1956 en una versión que aquí se conoció como El farsante , con Burt Lancaster encarnando a un mixtificador: frente a una comunidad de campesinos asediados por la sequía, este "farsante" prometía hacer llover y movía los más recónditos entusiasmos y deseos de la gente. Y al final llovía. Algunos intelectuales realistas de la época, como Arthur Miller, admiraban la resolución de la trama.

Sin entrar a discutir si lo que se producía allí era milagroso, lo que se perfilaba como hallazgo era la exaltación del efectivo, real fervor de la gente, esa fuerza capaz de modificar lo aparentemente inmutable. Frente a la enfermedad, a la muerte o a la inmovilidad de los cuerpos y de los fenómenos sociales, la palabra y el deseo atinan a vencer, a veces, las leyes de gravedad de las condenas cotidianas. Acaso en función de esas premisas u otras parecidas, la empresa cinematográfica de Pedro Almodóvar se llama, precisamente, El Deseo, S.A.

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