Amistades de mutuo respeto

Hugo Beccacece
Hugo Beccacece PARA LA NACION
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20 de junio de 2020  • 00:00

El 24 de agosto de 1984, Truman Capote escribió, a modo de regalo de cumpleaños para su amiga Joanne Carson, las últimas páginas de su vida literaria. Contaba en ellas cómo había conocido e iniciado una amistad con su autora norteamericana preferida, Willa Cather.

Todos los parientes de Truman eran sureños y, durante la guerra de Secesión, varios de sus antepasados habían luchado en el ejército de la Confederación y muerto en combate. Esa historia familiar le resultaba fascinante al pequeño Capote. Cuando cumplió diez años, decidió escribir un libro sobre aquellos fantasmas. El proyecto empezó a tomar forma ocho años más tarde, cuando ya vivía y trabajaba en Nueva York. Para investigar sobre el tema, eligió la New York City Library, que era un lugar muy agradable en invierno porque había buena calefacción y los lectores eran claramente miembros de la clase alta cultivada o de la élite del mundo intelectual. Había una mujer madura que le llamaba la atención por sus hermosos ojos celestes y su personal manera de vestirse, siempre con un traje sastre de tweed, un collar de turquesas, medias gruesas y zapatos de taco bajo. Jamás se sacaba un abrigo de marta cibelina. Había en ella una gran dignidad.

Una tarde de invierno, muy fría, nevaba, Truman salió de la biblioteca y vio que la señora de ojos celestes trataba sin éxito de conseguir un taxi. Como no aparecía ninguno, el muchacho se ofreció a acompañar a la dama a su casa, que estaba en la vecindad. Ella aceptó. En el camino, le propuso al joven que tomaran un té en un restaurante.

Truman, en vez de té, pidió un martini. Ella se rio. Él le dijo que quería ser escritor y ella preguntó a qué autores admiraba; él respondió: "Flaubert. Turguenev. Proust. Charles Dickens. E. M. Forster. Conan Doyle. Maupassant?". ¿No había escritores norteamericanos que admirara? Truman enumeró a Henry James, Mark Twain, Melville y agregó que "adooooraba" a Willa Cather. Con cierto embarazo, ella confesó que era la mismísima Willa Cather. Aquella declaración provocó un silencio inmediato en la mesa. Ella lo invitó a comer a su casa el sábado siguiente. Nunca se supo qué se dijeron los dos escritores.

La muerte de Truman, al día siguiente de haber comenzado ese relato, impidió que lo terminara.

Mucho antes de aquel episodio, en agosto de 1930, Willa Cather se encontraba en el restaurante del Grand Hotel de Aix-les-Bains. Había una sola persona que le llamaba la atención: una anciana señora (más de ochenta años), de aspecto enfermizo. De ella emanaba autoridad, distinción, refinamiento.

Era inevitable que Willa y la dama se pusieran a charlar en una circunstancia banal de la vida cotidiana de hotel. Las conversaciones entre ellas se multiplicaron, sin siquiera saber la una el nombre de la otra. Juntas, iban a la Ópera de Aix a escuchar conciertos dirigidos por Albert Wolff. A la señora francesa, imprevisiblemente, le gustaban los compositores de vanguardia: Ravel, Stravinsky, Falla; además, era wagneriana.

En una ocasión, después de la comida, Willa y su nueva amiga se pusieron a conversar sobre la política soviética. Esta dijo que, por fortuna, ninguno de los grandes escritores rusos, Tolstoi, Gogol, Turguenev, había llegado a ver la Revolución: "Para Turguenev todo esto habría sido terrible. Lo conocí muy bien".

Le tocaba a Willa quedar con la boca abierta. La señora francesa continuó su crescendo : "De chica, lo veía a menudo. Era un gran amigo de mi tío, en cuya casa crecí porque mi madre murió en el parto. Para mí fue más un padre que un tío. Era un hombre de letras, Gustave Flaubert , quizá haya oído hablar de él".

Willa comprendió que tenía ante sus ojos a la "Caro" de Cartas a mi sobrina Caroline . Las dos cayeron en un profundo silencio, como cuenta la escritora norteamericana en "Un encuentro casual", del libro Not Under Forty . Cather, simplemente, tomó una de las hermosas manos de "Caro" y la besó, en homenaje a ese ilustre pasado, a los nombres que le hacían temblar la voz cuando los pronunciaba.

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