Anatomía de un colapso

Por Lawrence H. Summers y J. Bradford DeLong Para LA NACION
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27 de junio de 2002  

CAMBRIDGE, Massachusetts

Los valores del mercado accionario de la alta tecnología, ¿por qué cayeron tanto en el último año y medio? El colapso del Nasdaq (y de otras bolsas más pequeñas de tecnología informática dispersas por el mundo), ¿qué nos dice sobre el futuro de la nueva economía? A medida que nos alejamos de estos acontecimientos, podemos evaluarlos con mayor claridad.

Según la interpretación corriente, la caída del Nasdaq desenmascaró a la nueva economía como una artimaña de prestidigitador, hecha de humo y espejos. Encarnó esa exaltación irracional que suele estallar cuando culmina un ciclo expansivo y no trajo cambios permanentes más profundos en la economía. Sin embargo, hay otra explicación más probable: el Nasdaq cayó porque fue obvio que las posiciones de mercado dominantes de empresas basadas en la alta tecnología sólo eran lucrativas si iban acompañadas de firmes barreras al ingreso de nuevos competidores. Y que se estaba haciendo notablemente difícil crear esas barreras.

La efervescencia que impulsó tan alto el Nasdaq en 1999 y comienzos de 2000 se fundó en la creencia de que un salto hacia delante en las tecnologías de procesamiento y comunicación de datos había creado un sinnúmero de mercados, del tipo "el ganador se lleva todo", cuya característica sobresaliente eran los crecientes rendimientos de escala. Un bien informático (un programa de computación, un entretenimiento online o una fuente de información) se produce una sola vez; luego, se puede distribuir entre un número de clientes potencialmente ilimitado, a un costo adicional ínfimo o nulo. Cuanto más grande sea el mercado, tanto mayor será la ventaja en el costo.

Esto no es todo: los bienes informáticos producidos en mayor escala también son más valiosos para los consumidores. La versión con mayor participación en el mercado pasa a ser el modelo estándar. Es la más fácil de entender en cuanto a su manejo, la de más fácil mantenimiento y la que funciona mejor con otros productos (por supuesto, diseñados para trabajar con ella en forma óptima).

En la sección de la nueva economía dominada por las economías de escala de los productores y las economías de alcance de los consumidores, una firma que establece su primacía en cuanto a participación en el mercado adquiere una ventaja casi abrumadora. La primera empresa que afirma una posición dominante en el mercado cosechará ganancias cuantiosas mientras dure el sector industrial al que pertenece, a menos que sus competidoras tomen medidas extraordinarias por su naturaleza y costo (como lo hizo Microsoft contra Netscape, su rival en el mercado de los navegadores de Internet, al volcar una fortuna en la creación de su Internet Explorer para luego distribuirlo en forma gratuita).

Pero los rendimientos crecientes de escala y los mercados en que el ganador se lleva todo no son la única consecuencia, ni siquiera la principal, de la revolución informática. Es igualmente probable, cuando menos, que las innovaciones en las tecnologías de computación y comunicaciones favorezcan la competencia al eliminar los roces que en el pasado otorgaban a casi todos los productores una pizca de poder monopólico. Antes, sólo podíamos comparar precios peregrinando de tienda en tienda. Ahora, la World Wide Web nos posibilita búsquedas instantáneas capaces de revelar los precios y calidades de cualquier productor. Las firmas deben adaptarse al instante o sucumbirán en el proceso.

Mercados en disputa

Así pues, la nueva economía hace más disputables, y no menos, a la mayoría de los mercados. Una ventaja competitiva basada en el renombre de ayer, la lealtad a la marca o una publicidad trillada desaparecerá. Los márgenes de ganancia decaerán, como ya está sucediendo. La competencia será más rápida, fuerte y penetrante, y se acercará más a la perfección.

Los consumidores ganarán y los accionistas perderán. Los productos aplicables en forma competitiva se venderán con márgenes muy bajos. El futuro de la tecnología es brillante; el de los márgenes de ganancia de las empresas es sombrío, excepto para aquellas pocas que son verdaderamente capaces de utilizar las economías de escala para crear ventajas colosales en los costos. Cabe preguntarse si en verdad es posible obtener economías de escala significativas escribiendo una sola serie de programas que cubran los heterogéneos requerimientos de compra de millones de empresas que pretenden modernizar sus operaciones recurriendo a Internet. ¿Se pueden obtener economías de escala significativas distribuyendo por Internet información sobre productos de almacén? El colapso del Nasdaq sobrevino cuando los inversores marginales se percataron de que eso era muy poco probable.

Pero la caída del Nasdaq no nos dice casi nada sobre el futuro de las tecnologías implícitas o su verdadero valor. La mejor analogía es, tal vez, un viejo enigma planteado tres siglos atrás por los economistas clásicos: ¿por qué difieren tanto el precio del agua y el de los diamantes? El agua es absolutamente indispensable para sobrevivir y, por ende, inmensamente valiosa para todo consumidor. No obstante, es barata. En cambio, los diamantes han sido y siguen siendo caros. La diferencia de precios no significa que los diamantes sean útiles y valiosos, y el agua, no, sino que, hasta ahora, ha resultado más fácil mantener el poder de mercado y los márgenes altos en el negocio de los diamantes que en el del agua.

La analogía con Internet, la nueva economía y el colapso del Nasdaq es directa. Ni siquiera Internet Explorer, que hoy ocupa en el mercado de los navegadores la posición dominante que cualquiera desearía tener, da ganancias (o no las da todavía), ni las dará a menos que se invente alguna función especial que Internet Explorer pueda cumplir, y sus competidoras, no. Nuestras tecnologías modernas de computación y comunicaciones simplemente abaratan y facilitan demasiado la distribución de un producto rival. Por tanto, la caída del Nasdaq nos dice que es más probable que la nueva economía presione hacia abajo los márgenes de ganancia, y no que genere cuasi réditos cuantiosos y duraderos. © Project Syndicate y LA NACION

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

Lawrence H. Summers, ex secretario del Tesoro de los Estados Unidos, es rector de la Universidad de Harvard. J. Bradford DeLong, ex secretario adjunto, es profesor de economía de la Universidad de California, en Berkeley.

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