Anécdotas de una futura ciudad feliz

Náufragos británicos fueron, en 1742, los primeros veraneantes en las playas de la actual Mar del Plata
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27 de enero de 2002  

Mar del Plata -y no Pinamar ni Cariló- fue desde veranos remotos la playa elegida por los más encumbrados personajes de la alta sociedad argentina. Y hasta resultó pionera para la protesta, si se tiene en cuenta que la llamada perla del Atlántico registró la primera huelga de bañeros ya en los días iniciales de enero de 1904. Ese registro, como el de otras curiosidades veraniegas cercanas al Cabo Corrientes, merecen un rastreo por hemerotecas bien abastecidas. Husmear las páginas impresas del cuarto año del siglo pasado supone ambientarse con el país sólido de entonces y de paso imaginar lo que fue la transición presidencial del gobierno del general Roca al de Manolo Quintana. Eso comentaban en el balneario los allegados a ambos personajes en aquel verano de hace un siglo. Como no se hablaba del agujero de ozono, no existían cremas de graduada protección solar y todavía no estaba de moda untarse con aceite de coco, los bañistas sólo exponían los pocos retazos de epidermis no cubiertos por los ridículos trajes de baño de los albores del siglo XX.

Desde entonces hasta la primavera de 1946, esa costa bonaerense mantuvo su decoro elitista a punto de derrumbarse desde que irrumpió el tumultuoso cambio. Los argentinos cruzaban los umbrales de cambios sociales y del costumbrismo advertido en La rebelión de las masas de José Ortega y Gasset, divulgada desde siete años antes que el fenómeno desbordara en estas tierras tan visitadas por el filósofo español.

En el cruce de diatribas que produjo la novedad política de mediados de los cuarenta, los nuevos dirigentes definieron a sus enemigos como a un aluvión zoológico. Y así los aludidos comprendieron que una forma de hacer política entraba en su Apocalipsis. No es del todo caprichoso entonces entender algunos signos naturales y a mano. Pero lo cierto es que 16 días antes del primer aniversario del 17 de octubre, 835 orcas sin filiación política, claro, se suicidaron en las playas de Mar del Plata. La fotografía mortuoria pasó a ser la imagen más preciada de los diarios del día siguiente y -poco después- la principal ilustración del número 172 de la Revista Geográfica Americana, mensuario codiciado en tiempos sin TV ni chismes de farándula alguna.

Que a los cambios traumáticos siempre se los connotó con fenómenos telúricos o profundas catarsis atmosféricas se aprecia en la mismísima transición Roca-Quintana, plagada de rumores que amagaban contra las sólidas formas de poder. El veraneo de 1905, sin embargo, transcurrió apacible sobre las arenas marplatenses. A nadie se le hubiera ocurrido entonces presentir una tragedia y sin embargo el 8 de noviembre se incendió esa maravilla artesanal que era la rambla de madera, pasarela de las coquetas. La desgracia en tiempos de abundancia no permitió duelo alguno por el fuego devorador y el paseo sobre el deck a la manera del que lucía Atlantic City. Se rehízo velozmente en medio de un país sin corrales, salvo los de Liniers, que eran arcas tan atesoradas como las del Banco Central.

Fundadores y náufragos

Se sabe gracias a la carta que suscribió a su "mui poderoso señor" el 20 de abril de 1582 en que dio muestras de su encantamiento por esa muy "galana costa" de la escapada otoñal de Juan de Garay hacia la hoy Mar del Plata en inspección indagadora . Pero la visita más sorprendente se lee en las investigaciones de Milcíades Alejo Vignati que dio con las memorias de Isaac Morris, uno de los sobrevivientes del naufragio de la Wager, nave almacén de la flota del almirante George Anson, al que una tormenta destruyó contra una isla chilena del Pacífico sur el 14 de marzo de 1741. Los marinos devenidos en isleños después de meses de padecimientos se amotinaron, reconstruyeron una embarcación con los restos de la Wager -que bautizaron Speedwell- y después de varios fracasos y reparaciones se hicieron a la mar con 60 rebeldes a bordo. Encararon para el estrecho de Magallanes en un intento por ganar las costas de Brasil y luego navegar hasta Inglaterra. Pero después de tocar las más australes costas patagónicas, el viaje fue un infierno. Estaban hacinados, enfermos, hambreados, hediondos e invadidos de parásitos. En ese estado, Morris y los compañeros sobrevivientes -en pocos días ya habían muerto 17 tripulantes apestados o de hambre- avistaron una playa: "El 10 de enero de 1742 después de haber estado catorce días sin ver tierra y casi desprovistos de víveres, tuvimos la bendición de su agradable perspectiva distante como a unas siete leguas de distancia. Nos dirigimos en seguida hacia ella y echamos anclas en ocho brazas de agua". Al día siguiente pudieron acercarse y avistaron caballadas y perros cimarrones. Anclaron a tres brazas y los todavía fuertes -catorce en total- se largaron a nado aunque uno se ahogó. Les arrojaron tres cascos por si conseguían agua dulce y un atado de mosquetes con munición. Llenaron tres cascos en un ojo de agua que hallaron cerca de la playa (donde hoy está la plaza Colón), mataron un caballo y varios cimarrones.

Carne (también de foca) y cascos de agua fueron llevados a bordo por cinco tripulantes. Desde la arena ardiente los ocho ingleses restantes pronto vieron alejarse a la Speedwell que había arrojado al agua algunas provisiones, munición y una carta que explicaba el alejamiento por vientos contrarios y la promesa de volver para acercarse con vientos propicios. "A la mañana siguiente sopló viento al NNE con tiempo bueno; entonces esperamos que se acercaran a tierra, pero con gran sorpresa vimos al bergantín con la insignia izada al tope y alejándose a toda vela de nosotros". Nunca volvieron.

Los obligados primeros veraneantes de Mar del Plata constituyeron un grupo gruñón y mal hablado que además del bastante culto Morris lo integraban Guy Broad Water, Samuel Cooper, Benjamín Smith, John Duck -de raza negra-, Joseph Clinchi, John Andrews y John Allen. Ninguno sabía encender fuego sin yesca (de la que carecían), de manera que el menú del primero y dorado mes veraniego fueron filetes de foca crudos.

A costa de sacrificio

A mediados de febrero intentaron caminar por la costa para entregarse prisioneros al gobernador de Buenos Aires, pero la sequía los amilanó cuando habían hecho casi un centenar de kilómetros. La dieta mejoró cuando cazaron armadillos. Reemplazaron el pan con algas y sin dar otros datos -especialmente sobre el deseable fuego-, Morris dio cuenta de la construcción de una cueva-choza y de cenas calientes. Capturaron crías de chanchos salvajes y las domesticaron. Vivieron siempre en la playa rodeados de una fiel jauría de cimarrones y cerdos, de manera que esa primera casa costera que tuvo Mar del Plata fue simultáneamente hogar y corral. Pasaron el invierno y en primavera preparaban el tercer intento de alcanzar Buenos Aires. Pero al volver de una cacería, Morris y Duck encontraron la cueva-choza saqueada. Más lejos estaban dos compañeros degollados y otros dos habían desaparecido. Los cuatro restantes decidieron abandonar esa playa y cumplir con el tercer intento de llegar a Buenos Aires, seguidos de 16 perros y 2 chanchos. Su recorrida se cortó en Samborombón por los cangrejales, pero la marcha atravesó todas las playas hoy conocidas como Pinamar, Villa Gesell y las del Partido de la Costa.

Fracasados, decidieron volver. Habitaron la vieja choza en el verano del 1743 hasta que una indiada de la tribu de Cangapol o Cacique Bravo los tomó prisioneros y los hizo sus esclavos. Pero primero mataron un caballo, hicieron fuego y les convidaron el asado (primer registro parrillero de la que llamarían La Feliz). Los llevaron en diecinueve días de marcha hasta unas serranías donde estuvieron en oferta y pasaron de cuatro manos propietarias (a cambio de un par de espuelas o de una cacerola de bronce) y hasta se los jugaron a los dados (versión tehuelche). Aun fueron internados en la Patagonia pero finalmente vendidos por 90 pesos en las puertas de Buenos Aires al gobernador Domingo Ortiz de Rozas en el año 1744. Negado a convertirse al catolicismo, Morris fue confinado más de un año en el navío Asia -en Montevideo-, desde donde se fugó echándose desnudo al agua, pero tomado en la costa. Fue llevado prisionero a España tras dejar Montevideo en octubre de 1745. Recién el 28 de abril de 1746 embarcó hacia Londres donde nunca pudo olvidar aquel veraneo obligado de 1742.

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