Apagá el ruido, subí la música

Héctor M. Guyot
Héctor M. Guyot LA NACION
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1 de abril de 2017  

Cada vez aturde más el ruido en que vivimos. Tenemos muchos frentes abiertos y la actualidad rabiosa no perdona. Te llega sin pausa a través del teléfono, la radio, la tele y otros dispositivos, que disparan opiniones acerca de todo lo que ocurre con tal insistencia que ya no distinguimos entre el comentario inteligente y la obviedad más pavorosa. Para peor, vivimos en un país que no da tregua, y uno, tratando de entenderlo, escucha a los inteligentes y a los obvios con la misma cara de pasmo, sin filtro, como si fueran parte necesaria de la trama de un reality -el argentino- que te reclama las 24 horas y no te ofrece una vía de salida. Así, la saturación de los discursos acaba convirtiéndose en un ruido insidioso que se te mete dentro y no te abandona ni siquiera cuando tumbás el cansancio sobre la almohada.

Hace unos días, cuando salía de trabajar, me encontré en el hall del edificio con uno de los pensadores más lúcidos del país. Era tarde, y me contó que venía a participar en uno de los programas del canal de TV del diario.

-Te voy a escuchar cuando llegue a casa -le dije al despedirme, y no era una formalidad.

-¡Por favor! -respondió-. A esta hora, mejor leé a Chejov o escuchá La pasión según San Mateo.

Me reí, porque eso es lo que hago cuando busco quitarme de encima la multitud de voces que nos asedian: escucho sólo una. No cualquiera: una que pueda darme el silencio necesario para recuperar la mía. Cada cual tendrá su modo de regresar a su centro. Los míos, y no pretendo ser original, son la música y los libros. Vuelvo a ellos como una manera de contrarrestar la aceleración y el ruido constante del mundo, del que por supuesto formo parte. Vuelvo a ellos como un acto de resistencia, para que no me tape el polvo de lo efímero. Vuelvo a ellos porque es un enorme placer.

Hay veces en que pongo la tecnología a mi favor. Conté aquí mi experiencia con Spotify. Tengo allí distintos canales por donde transito mi pasión omnívora de escucharlo todo: jazz, folk, country, tango, rock. Sin embargo, cuando quiero escuchar, como decía Machado, entre las voces, una; cuando necesito irme lejos de las marchas y los piquetes y los Baradeles; cuando preciso regresar al silencio primordial, olvidándome también de lo que pienso yo sobre esto y aquello, e incluso de que algunas veces pienso, acudo a la cantera inagotable de la música clásica, en un viaje a través del tiempo donde aparecen, en cualquier recodo, bellezas insospechadas.

Desde hace unas semanas, por ejemplo, cada vez que puedo apago el celular y me escapo a la música de cámara de Gabriel Fauré. Para mí, en estos días, es una puerta de ingreso a otra dimensión. Noto mientras escucho que las melodías diáfanas de sus obras de juventud van trocándose en frases más complejas a medida que pasan los años, hasta llegar a la música más densa, aunque siempre conmovedora, de sus últimas creaciones. Leo que Fauré compuso hasta pasados los 75, en conflicto con una sordera creciente y con dudas acerca del valor de lo que escribía. Cuando miro el reloj, descubro que son las 3 de la mañana y me digo que esta fuga improductiva no me reportará otro beneficio que dos grandes ojeras por falta de sueño. Sin embargo, sé que le debo a Fauré, y al acto gratuito de escucharlo, una cuota nada desdeñable de mi estabilidad. Entrar en su música y conocer su historia, de la que no dependen ni el futuro del euro ni la estabilidad del país, se vuelve un secreto tesoro. Un modo sencillo y barato de reconciliarme con el mundo.

Si la música apaga los ruidos, los libros son el antídoto contra la aceleración. Los libros no tienen prisa. Están siempre allí, esperando. Todo lo que hace falta es que bajemos dos o tres cambios e ingresemos de a poco en otro modo de entender el tiempo. Por ejemplo, el tiempo muchas veces moroso de Chejov en sus relatos, aquel que se vivía en la Rusia de la segunda mitad del siglo XIX. Debo reconocer que aquí el pensador y amigo acertó: tengo en mi mesa de noche una maravillosa antología del gran cuentista ruso con prólogo y selección de Richard Ford, eximio narrador norteamericano, a la que vuelvo un rato por las noches antes de apagar la luz, siempre que el trajín del día no me pese demasiado en los párpados.

En este país, a la realidad hay que seguirla, no hay más remedio. Si no, a la primera distracción te pasa por arriba. Pero cada cual debe buscar el modo de alcanzar su unplugged. Para algunos servirá emprender largas caminatas. Para otros, coleccionar sellos postales o hacer genealogía. Lo que sea para apagar el ruido. Al menos por un rato, antes de que acabe por volvernos locos.

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