Asia, otra vez en problemas

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29 de octubre de 2000  

BANGKOK (The Economist).- El perro de Pavlov aprendía mucho más rápido. Una vez más, los banqueros centrales y ministros de Finanzas de Asia oriental se encuentran con que están en caída las divisas y la confianza de los inversores. Y una vez más el instinto ha llevado a algunos de ellos a tocar botones familiares -una combinación de declaraciones sin convicción e intervenciones mal aconsejadas en los mercados- para cambiar el rumbo.

Hace tres años reacciones similares resultaron en desastres. Varios bancos centrales despilfarraron las reservas en divisas en intentos fallidos por defender sus monedas. Esta vez su primera reacción ha producido shocks similares, aunque más leves. ¿Cuánto más han de sufrir hasta que aprendan la lección?

En Filipinas es donde peor andan las cosas. Si bien su economía crecerá 3 o 4% este año, el déficit fiscal descontrolado y los indicios de una desaceleración por delante han estado socavando la confianza en el peso desde hace meses. La caída de la moneda se aceleró en el último mes debido a la incertidumbre política, provocada por la denuncia de un gobernador de que había dado al presidente parte de las ganancias de más de US$ 9 millones de negocios de apuestas ilegales.

Los economistas del Deutsche Bank piensan que el déficit fiscal llegará este año al doble de lo que se proponía el gobierno. No logró cumplir las condiciones para obtener un último tramo de un crédito por US$ 300 millones del FMI. Y la moneda ha llegado al punto más bajo de su historia, a 50 pesos por dólar.

La respuesta del banco central ha sido decidida, pero fútil. Exigió a los bancos elevar sus reservas de liquidez en cuatro puntos porcentuales. Subió las tasas de interés por el mismo porcentaje, lo que llevó la tasa de transferencias overnight a 17,25 por ciento.

Y continuó interviniendo directamente en el mercado de divisas, gastando US$ 900 millones de sus reservas en las primeras dos semanas de octubre. No sólo fue un despilfarro espectacular, sino que dejó al país con un faltante de US$ 1500 millones para alcanzar el nivel de reservas de US$ 16.000 millones exigido por el FMI, lo que torpedea toda esperanza de recibir más ayuda.

Los problemas de Taiwan son un poco menos severos. Su divisa cayó un 2,8% desde mediados de septiembre, comparado con la caída del peso filipino del 8,1 por ciento. Pero su gobierno también ha puesto nerviosos a los inversores con la compra de activos públicos buscando sostener el precio de las acciones.

Uno de los motivos para el deslizamiento hacia abajo del dólar de Taiwan fue el éxodo del capital extranjero del mercado de Taipei, dominado por el sector de la electrónica. Los inversores también temen que la economía se desacelere el año próximo, lo que llevaría a un incremento de los créditos incobrables, con el riesgo de que se detone una crisis bancaria difícil de solucionar con un gobierno dividido.

El país que comenzó todo el asunto hace tres años, Tailandia, sigue tratando de decidir qué hacer. El baht ha caído un 4% en las últimas seis semanas. Algunos inversores están abandonando el baht. Pero las dificultades políticas parecen tener aún mayor peso en la caída de su divisa que sus preocupaciones económicas.

Su banco central tiene opciones limitadas. Si sube las tasas de interés, la cosa se pondría peor para sus bancos ya temblequeantes. El intento de imponer controles financieros más estrictos podría no funcionar o volverse en contra.

Y aunque Tailandia quizá tenga un sobrante de reservas, la intervención en los mercados de divisas será inútil mientras el gobierno continúe dando mensajes contradictorios. El 24 de octubre, Arrin Nimmanahaeminda, el ministro de Finanzas, dijo que la debilidad de la moneda era una cosa mala, pero el primer ministro y otros colegas del gabinete dijeron lo contrario. No es probable que se supere esta confusión hasta las elecciones, dentro de dos meses.

Aun así es bastante posible que el banco central tailandés intente algún tipo de intervención para sostener el baht. Incluso hubo rumores a mediados de semana de que ya lo había hecho. Sin embargo, dado lo difícil que es que las intervenciones modifiquen los sentimientos de los inversores si el mercado no ve decidido al gobierno, lo mejor sería intervenir, en todo caso, después de las elecciones.

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