Asoma un nuevo paradigma político

Eduardo Fidanza
Eduardo Fidanza PARA LA NACION
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13 de junio de 2015  

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, formado en Alemania, sostiene que el siglo XXI marcó la crisis de lo que llama "paradigma inmunológico" para regir los vínculos en el mundo globalizado. Esta concepción establece un cisma entre el adentro y el afuera, lo propio y lo extraño, el amigo y el enemigo. Interpreta lo que no es propio como una amenaza equivalente a un virus del que hay que defenderse. De ese resguardo depende la salud. Por eso, dice el filósofo, el vocabulario inmunológico es de naturaleza militar y tiene su expresión característica en la Guerra Fría. En ese contexto, la defensa deviene en negatividad: la otredad amenazante debe ser reducida o eliminada para asegurar la supervivencia. Expulsar, repeler, defender, eliminar son los infinitivos del paradigma inmunológico. La violencia, física o simbólica, es su sombra.

Por el contrario, afirma Han, el presente se rige por la positividad y el parecido. Su problema no es protegerse de lo extraño, sino establecer la diferencia entre lo idéntico. La producción en serie y el rendimiento son la clave de esta nueva cultura, y el consumo es su sello. Frases como "Yes, we can" o "Impossible is nothing" expresan el carácter de la positividad. Proyectos, iniciativas y motivaciones consensuadas reemplazan a los mandatos vinculantes de la negatividad. No rigen ya la disciplina y el deber, sino el poder de hacer. Esta nueva actitud supone también la abolición de la extrañeza. "La extrañeza se reduce a una fórmula de consumo -escribe Han-. Lo extraño se sustituye por lo exótico y el turista lo recorre. El turista o el consumidor ya no es más un sujeto inmunológico."

Por cierto, el filósofo no escribe textos de autoayuda, ejerce la crítica social. Para él, la nueva cultura supone también violencia y alienación. Por debajo del acuerdo para rendir y hacer, corre el debilitamiento de los vínculos y la desesperación. Si la lucha contra lo extraño produce enemigos, locos y criminales, la exigencia del rendimiento genera depresivos y fracasados. Las enfermedades de la globalización, dirá Han, no son infecciones provocadas por virus, sino verdaderos infartos neuronales, como sucede en la depresión, el trastorno fronterizo o el síndrome de desgaste ocupacional.

Con prudencia, acaso se pueda establecer una analogía entre estos conceptos y la política argentina. El kirchnerismo duro es un ejemplo cabal del paradigma inmunológico. La razón que lo determina, se ha dicho hasta el cansancio, consiste en establecer fronteras y polarizar. Impulsa una lucha por la hegemonía, que tiene los rasgos de la guerra: en ella no cabe el acuerdo, sino sólo la victoria, porque el otro es un enemigo que amenaza la supervivencia. Sin embargo, crecen los indicios de que el paradigma inmunológico está en retroceso. Tal vez la reciente Cumbre de las Américas sea un ejemplo demostrativo, con el histórico reencuentro entre Cuba y los Estados Unidos, del que Cristina no se percató. La acción del Papa, que ejerce cierto pupilaje sobre el kirchnerismo tardío, es otro síntoma de los nuevos tiempos que corren.

Pero tal vez la campaña presidencial y los liderazgos que se insinúan sean la mejor muestra del nuevo paradigma político que asoma en la Argentina. Macri y Scioli son dos dirigentes postinmunológicos, con todo lo bueno y lo malo que eso implica. Su desafío reside en cómo diferenciarse a los ojos del votante, porque su perfil y su estilo son parecidos. Prefieren el diálogo, a la confrontación; el consenso, a la pelea. Se muestran positivos, proactivos, afirman que con esfuerzo y buena voluntad sacarán al país adelante. No se les conocen enemigos personales, sino contrincantes ocasionales. Tampoco exhiben ideales vinculantes, apenas recitan el "we can". Y ambos saben que no podrán enfrentar los problemas como si fueran enfermedades terminales. Están impedidos de "operar sin anestesia" -otra expresión del vocabulario inmunológico- porque el paciente percibe que tiene dificultades de salud, pero no que está grave.

Quizás el cambio de paradigma se deba a nuevos factores. En primer lugar, la ausencia de una crisis profunda. Los presidentes fuertes de la democracia recuperada -Alfonsín, Menem, los Kirchner- fueron inmunológicos porque enfrentaron situaciones amenazantes: una dictadura reciente, una hiperinflación, un colapso socioeconómico y político insondable. Los responsables de esas desgracias constituyeron los gérmenes por erradicar. Ahora no parece haber tragedias a la vista, ni enemigos que comprometan la supervivencia.

El segundo factor es paradójico: el Gobierno deja una sociedad peleada en la cima, pero unificada en la base. ¿Es el consenso del pueblo en defensa de sus intereses, como declamaba la razón populista? No, es antes la igualación por el consumo, la transformación del ciudadano en comprador. Es la despolitización sutil y encubierta del populismo. Por lo que se constata, esa sociedad ya no necesita a Cristina, pero sí a su legado: protección social, empleo, cuotas, tenue identidad nacionalista y escasa preocupación por las instituciones y la ley. Queda para los nuevos líderes el dilema de fijar metas novedosas o mantener, y rentabilizar, esa módica prestación que heredarán del kirchnerismo.

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