Aún no es tiempo de kirchnerismo

Por Orlando Barone
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25 de mayo de 2003  

No inventemos ahora el kirchnerismo : ayudemos a crear un presidente.

Una catarata mediática se empeña en instalar otro nuevo "ismo" . Como si no bastaran los ya pretéritos y con menos sustancia que un rubro. Hay un abuso, una vocación, que entroniza cualquier cosa que aparezca y tenga su jefe o su líder. Platón produjo el platonismo, pero dadas su influencia y perduración parece haberlo justificado. No arriesguemos a un presidente en ese reduccionismo que tanto abunda en las crónicas del género político. Sobran palabras y giros de molde: tales como búnker, cintura política, peso pesado, perfil bajo, el aparato, consensuar, clientelismo, botines de punta, animal político, principales espadas, halcones y palomas, etc. Sobran porque sobra el lenguaje.

Para consagrar un ismo hace falta permiso de la historia o alguna consecuencia que exceda la circunstancia y la anécdota. Es cierto que el propietario del apellido involucrado no es el instigador del fenómeno: la autoría es plural y se le debe a analistas, pensadores, opinadores, periodistas, charlistas, animadores, vecinos, pasajeros y taxistas. Nos gustan los ismos: vienen y se van como las golondrinas. Total, el archivo de la humanidad no los registra y nos exceptúa del remordimiento.

La recurrencia por nombrar al nuevo presidente ha adquirido en unos pocos días una desmesura psicologista: decenas de interpretadores más o menos notables se afanan por interpretar lo que presunta o supuestamente piensa, está pensando o pensará el Presidente. Hay crónicas temerarias. Se arriesgan a interpretar lo que el Presidente estuvo pensando a solas, o lo que podría estar pensando acerca de algo que no ha sucedido. El Presidente debe de estar asombrado de verse así anticipado y metamorfoseado en tantísimas versiones y porciones impensadas y desconocidas por él mismo. Y si tuviera psicoanalista de cabecera, también éste estaría estupefacto de las interpretaciones en las que involucran a su paciente y que le pasaron inadvertidas durante el tratamiento. La propia mujer del Presidente, que probablemente lo conozca tan insuficientemente como nos pasa a las personas, no debe de salir de su asombro al ver cómo se están reproduciendo los especialistas en pensamientos de su marido que ella ignora.

La Patagonia, con su leyenda de frío y soledad, alimenta interpretaciones desabrigadas de lógica. Si el Presidente no habla con la prensa, salen a decir que, acostumbrado a una densidad de población de un habitante por kilómetro cuadrado, tiene predilección por el recogimiento. Si no usa sobretodo es porque está acostumbrado a convivir con el hielo. Si es austero es porque en la Patagonia todo es restringido y severo. Muchos predicen que en la Quinta de Olivos, tan bestialmente animada durante las distintas residencias, él pondrá focas y pingüinos en la pileta.

En una de las tantas encuestas, en las cuales con desenfado y albedrío opinamos sobre todo, se revela que la mayoría de la sociedad evalúa como bueno o muy bueno el gabinete que él ha elegido. Es curioso que la gente pueda evaluar un gabinete de ministros. Y presuma saber que cada uno de ellos, en sus diversas y complejas áreas, es idóneo. No se entiende por qué tantos estudios de evaluación especializados en nombramientos académicos o profesionales exigen, para dar su opinión, tanto tiempo de análisis. La sociedad dice que sí o que no sin tanto lío. Le basta expresar un deseo.

Asume un presidente vulnerable en un país vulnerado y todavía vulnerable. Hay al acecho y al asecho intereses de la minoría entrenados en fagocitarse los intereses de la mayoría. Seamos cuerdos y poco comestibles. No segreguemos el olor del miedo que tienta a los predadores. Vienen cebados y todavía golosos de una reciente cacería sin veda ni límite.

No inventemos nada raro. Merezcámonos un presidente merecido.

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