Austeridad en Roma

Por Sebastián Alvarez Murena Para LA NACION
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3 de diciembre de 2001  

ROMA.- Como la gélida Tramontana que en estos días sopla sobre la ciudad, un viento de morigeración parece azotar a los romanos ultimamente. ¿Morigeración? Digamos, más bien, austeridad.

La cuestión es que, en estos últimos tiempos, Roma parece haber olvidado su relativamente nueva tendencia al lujo y la opulencia y haber vuelto a sacar del ropero el austero sayo que fue su atavío durante muchos siglos. Este hecho podría despistar a los mal informados, pero la verdad es que Roma nunca fue una ciudad ostentosa, como en más de un sentido pueden serlo París o Londres, sino más bien una sólida ciudad de provincia, poblada por artesanos y trabajadores que ocasionalmente se tomaban un vaso de vino con el príncipe de turno en la hostería del barrio.

Esta situación se mantuvo intacta hasta la unidad de Italia, que trajo a la flamante capital a numerosos funcionarios piamonteses, que instilaron los primeros inocentes exotismos en la vida de los romanos, como por ejemplo el vermut (los romanos tomaban casi exclusivamente vino).

La asimilación recíproca entre neoitalianos fue relativamente rápida, y la convivencia duró, simple e inalterada, más o menos hasta la Segunda Guerra Mundial.

Luego llegaron los años de la posguerra, y con ella cantidad de gente de otras provincias en busca de empleo. Vinieron después los años sesenta y lo que en Italia se conoce como el boom económico, que consistió, ante todo, en que las motonetas Vespa y Lambretta con que se movían los italianos dejaron paso a los Fiat 500. Luego vinieron las casas de propiedad, las perentorias " seconde case " para vacaciones al borde del mar o en las montañas, y así, poco a poco, el pueblo romano, de pobre y casi rural que era, se convirtió en una comunidad de pequeños criptocapitalistas all´italiana (la precisión es obligatoria, no se vaya a confundir al pequeño "capitalista" italiano, dueño de casas pero también profundamente asistido por el Estado, al menos hasta hace poco tiempo, con su homónimo de modelo norteamericano, independiente del aparato estatal).

La cuestión es que, lentamente, lo superfluo se fue convirtiendo en necesario, lo necesario en esencial, y finalmente los romanos entraron por el aro y cayeron en la "necesidad" del lujo, no con la sofisticación de otros pueblos, sino con la simplicidad, tal vez más simpática, del parvenu.

Víctima de esta batalla perdida, fue toda una encantadora categoría de romanos, gente simple, talentosa y modesta, que fue desapareciendo de la escena para dar lugar a una generación de neocapitalistas arrogantes.

Esplendor de los ochenta

Volviendo al tema del lujo, las doradas noches de la dolce vita , con actores norteamericanos que surcaban las calles de la ciudad en coches descapotables, hicieron mella en la fantasía de toda una generación de romanos, cuyos hijos, apenas pudieron, volvieron suyos los sueños de sus padres.

Para esta democratización del lujo (si no fuera una realidad, el concepto parecería una contradicción en sí mismo) hubo que esperar los años ochenta, que trajeron consigo prosperidad económica y, por ende, automóviles deportivos, televisores con pantalla de cuarenta pulgadas, joyas, abrigos de piel (la ecología tardó bastante tiempo en hacer su entrada) y viajes al Caribe en pleno invierno. Y no olvidemos una gran invención de los primeros años noventa, los spaghetti recubiertos con una finísima película de oro puro, cuyo único posible defecto era una ligera dispepsia después de comerlos, pero nada grave ante un lujo sólo comparable con las perlas que -según se cuenta- Cleopatra disolvía en su vino antes de tomarlo.

Este lujo, destinado a los que entonces se llamaban yuppies , se difundió como púrpura que destiñe entre la población, y era impresionante ver, a la salida de algunos colegios, a los adolescentes vestidos de pies a cabeza con costosísimas ropas y montados en motocicletas último modelo.

Los restaurantes estaban siempre llenos y las tratorías doraban sus fachadas para responder a esta necesidad de opulencia barroca.

Todo esto duró hasta hace muy poco tiempo, y parecía que no iba a terminar nunca. En el transcurso del último año, la economía mundial se hundía pero, milagrosamente, el Banco Central Europeo anunciaba que no, que el problema no tocaba a los países de la Unión, donde todo andaba bien y donde la economía seguía creciendo.

No es de sorprender que la mentira no durase demasiado. Los atentados del 11 de septiembre fueron el catalizador (¿la coartada?) apropiado para que Europa admitiera la realidad: las cosas no están funcionando, aquí tampoco, como deberían.

Y es por esto que, últimamente, sobre Roma parece estar soplando un viento de austeridad.

No es tan tangible como podría pensarse; naturalmente, la gente sigue comprando y gastando, pero lo significativo es que, en los últimos meses, se oye a jóvenes y a otros no tanto, también a profesionales, comentar que salen menos a comer, el gran pasatiempo de los romanos. O a personas que, por primera vez en muchos años, deciden no cambiar su automóvil por el último modelo, otro de los grandes pasatiempos locales.

También asombra oír que la gente, realmente, no se va de viaje, y no por miedo a los atentados. Estos síntomas sutiles indican que algo está cambiando. Pero en el fondo, los romanos no se preocupan demasiado; saben que son momentos históricos pasajeros. No olvidan que su ciudad es eterna.

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