Autorretrato epistolar de un genio intransigente

Por John Rockwell The New York Times
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24 de junio de 2002  

NUEVA YORK.- JAMAS se escribió tanto acerca de un director de orquesta, pero Arturo Toscanini (1867-1957) lo merecía. Gran parte de la bibliografía proviene de una camarilla de admiradores y admiradoras abrumados por la fuerza de su arte y su personalidad. Harvey Sachs es uno de ellos y ya ha escrito dos libros sobre el maestro. Sería fácil, pues, desechar este epistolario, en su mayor parte íntimo, como material sobrante. No lo es. Escrupulosamente compilado, editado, traducido y anotado por Sachs, The Letters of Arturo Toscanini ("Las cartas de Arturo Toscanini"; 468 páginas), en una cuidada edición de Alfred A. Knopf, es un aporte importante para comprender a Toscanini y la vida musical en diversas épocas de fines del siglo XIX y el XX, en especial las licencias, rayanas en la improvisación, que se tomaban en la ópera italiana, los fascinantes festivales europeos y las temporadas de conciertos en Estados Unidos. Es una lectura maravillosa y, por momentos, abiertamente salaz.

Toscanini fue importante por muy diversas razones. En los anales de la dirección orquestal, nadie ha igualado el entusiasmo extravagante que suscitó en la Scala de Milán en la primera y tercera décadas del siglo XX; en el Metropolitan Opera en los años 10; en la Filarmónica de Nueva York, en los 30; en Londres, Bayreuth, Viena y Salzburgo y, por último, frente a la Sinfónica de la NBC, en el Nueva York de los 40 y 50. Sus giras, transmisiones radiales y discos provocaron una admiración sin igual, e indujeron a muchos de nosotros a ser melómanos de por vida. En su juventud Toscanini defendió a sus contemporáneos (Puccini, Richard Strauss, Debussy) y más adelante se convirtió en un intérprete venerado de los operistas y sinfonistas clásicos.

Desprecio por el fascismo

Su éxito debíase, en parte, a su rigor extremado, pero también a su convicción, ingenuamente arrogante, de que hablaba con la verdadera voz del compositor. Su estilo claro, parco, directo, apasionado, se adecuaba a la era moderna, por no decir modernista. Limpió los oídos taponados por el desfalleciente misticismo romántico-teutónico, si bien engendró una hueste de pálidos imitadores que ahora han provocado una reacción en contra. Ya hay, por lo menos, una crítica devastadora: la de Joseph Horowitz, que en su libro Comprendiendo a Toscanini lo pinta como una herramienta de la envilecida comercialización capitalista de pretensiones culturales dirigidas a las masas.

Pero había más. Su vehemente patriotismo italiano, replegado en un desprecio y horror absolutos hacia el fascismo y el nazismo, y su defensa de los judíos perseguidos hicieron de él un héroe en Occidente. Bastaba ver su apostura para sentirse reconfortado. Famoso por su mal genio, golpeado por pasiones y odios desmesurados, vivió dudando de sus aptitudes. En toda su larga vida, ejerció una atracción irresistible sobre las mujeres.

El valor del epistolario radica, en parte, en sus sorpresas. Toscanini era muy reservado, declinaba entrevistas, nunca cooperó con quienes escribían libros sobre él, rechazó todos los premios y honores. "Las cartas de Toscanini son relativamente pocas y, a menudo, nada dicen", escribió Sachs en su biografía del maestro, publicada en 1978. ¡Qué poco sabía! Primero emergieron dos paquetes de cartas de amor, celosamente guardados. Uno reunía casi mil cartas a una mujer casada de Milán, Ana Mainardi, treinta años menor que él. Sachs emprendió una búsqueda en serio y fueron apareciendo otras, incluidas muchas de la familia Toscanini.

La colección resultante abarca desde 1885 hasta 1956. Hay lagunas y, naturalmente, el material es más denso en la época de Mainardi (años 30) y en las postrimerías de su vida. Son cartas escritas por él: Toscanini destruyó casi todas las que tenía en su poder. Sin duda, con el tiempo, aparecerán cada vez más. Las destinadas a algunas sopranos que fueron sus amantes, como Rosina Storchio o Geraldine Farrar, serían particularmente importantes. Casi desearíamos que fuese una edición en Internet: así podría actualizarse constantemente.

Sin censura

La preponderancia de las cartas amatorias, muchas de ellas apasionadamente explícitas, por no decir pornográficas, planteó un problema a Sachs. Dada su amistad con la familia Toscanini, cabría temer que hubiera aplicado una censura rigurosa (por cierto, muchas han sido omitidas o podadas). Sachs expresa el gran dolor que le provoca violar la intimidad que siempre deseó Toscanini. Sin embargo, la lectura de las cartas y fragmentos incluidos revela ampliamente esa intimidad. Agregar más podría haber parecido reiterativo.

Sachs se despacha contra los periodistas que centrarán indebidamente su atención en las cartas de amor. Nos parece un poco injusto. Las cartas son sorprendentes (dada la imagen pública sacerdotal de Toscanini) e instructivas: permiten entrever la vida de un italiano apuesto, carismático y progresista, que traicionaba a su mujer en forma rutinaria. Toscanini cita a sus ídolos, Verdi y Wagner, como modelos sexuales y hasta comparte ciertas predilecciones verdianas. Es fácil relacionar su vitalidad musical en la senectud con su vitalidad sexual y sus fantasías ardientes. No obstante, tanto a Sachs como al lector les quedan dudas respecto al decoro de tales revelaciones. En la misma página (la 225) en que una nota al pie revela una de las pasiones más extrañas del maestro, éste expresa, en una carta de 1936, su horror ante la proyectada edición de cartas de Verdi que revelan algunos de sus secretos sexuales: "Juzguen al hombre y al artista [...] pero, por piedad, deténganse en el umbral del dormitorio". Sachs traspuso ese umbral.

Con todo, fuera del dormitorio, hay muchísimo material atrapante, desde opiniones personales de Toscanini sobre colegas hasta su propia mezcla de confianza y desconfianza en sí mismo, pasando por su perfeccionismo cruel o su ira y depresión ante la inminencia, y el estallido, de la Segunda Guerra Mundial. Pese a todos los reparos de Sachs a incluir las cartas de amor, es justamente en sus confesiones a Mainardi donde revela los aspectos más íntimos de su arte. Esas cartas son la mejor defensa de su inclusión, por Sachs, en este epistolario maravilloso, y de la indisolubilidad del arte y la vida.

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

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