Ayer, Argentina; hoy, Grecia; mañana, ¿Grecia o Argentina?

Mariano Grondona
Mariano Grondona LA NACION
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3 de julio de 2011  

El miércoles último, mientras el Parlamento de Atenas enfrentaba la crisis griega, un enorme globo flotó sobre él con esta leyenda: Yesterday Argentina, today Greece, tomorrow? ("Ayer Argentina, hoy Grecia, ¿mañana??). La crisis argentina de 2001-2002 pasaba a convertirse, así, en un símbolo mundial. Un símbolo en principio negativo , porque nosotros caímos por entonces en el temido default que hoy amenaza no sólo a Grecia sino también a países europeos a los que ahora llaman pigs ("cerdos"), ya que las iniciales de Portugal , Irlanda , Grecia y España ( Spain ) corresponden a esta sigla descalificadora. Pero también un símbolo en cierto modo positivo porque en 2002 la Argentina empezó a salir de sus dramáticas circunstancias a partir de una fuerte devaluación. El problema es que esta extrema medida les está prohibida a los pigs porque el rígido imperio del euro , la moneda común europea, les bloquea una "solución argentina".

Todo nos invita, por lo visto, a comparar el reciente pasado de la Argentina con el presente de Grecia y de los pigs , con la idea de explorar el futuro que a éstos y a nosotros nos espera. El 24 de octubre de 1999, la fórmula presidencial de la Alianza que encabezaba Fernando de la Rúa derrotó a la fórmula peronista cuyo titular era Eduardo Duhalde. Frente al alto endeudamiento externo que aquejaba a la Argentina, Duhalde propuso la devaluación de nuestra moneda que, como se recuerda, se cotizaba por entonces uno a uno con el dólar en función de la famosa ley de convertibilidad. Duhalde sostenía la necesidad de devaluar el peso, pero De la Rúa ganó las elecciones porque prometió sostener la convertibilidad, reflejando de este modo la opinión mayoritaria de los argentinos. Al asumir el poder a fines de 1999, por eso, De la Rúa mantuvo el mismo corset monetario que hoy aprieta a Grecia y a los pigs .

Mantener el corset monetario hubiera exigido al gobierno de la Alianza una severa disciplina fiscal. Ninguno de los ministros de Economía del nuevo gobierno, que fueron sucesivamente José Luis Machinea, Ricardo López Murphy y Domingo Cavallo, consiguieron consumar esta hazaña. El público, alarmado por el peligro que lo acechaba, empezó a retirar los cuantiosos depósitos que tenía en los bancos. El Gobierno apeló entonces a la ayuda del Fondo Monetario Internacional y a una fuerte suba de impuestos. Ni la ayuda reticente del Fondo ni los nuevos impuestos alcanzaron a calmar a los depositantes. Se cernía la tormenta financiera. Hacia marzo de 2001, la fuga de los depósitos bancarios comenzó a acentuarse, mientras la economía entraba en recesión. En octubre de 2001, la desocupación afectaba a 4,8 millones de personas. Había llegado la hora de la verdad en un país impotente para atender a su agobiante deuda externa.

El pozo y la salida

El presidente De la Rúa renunció , al fin, el 20 de diciembre de 2001, en medio de graves disturbios populares que habían subido de tono desde la multiplicación de los cacerolazos hasta los asaltos a los supermercados, con incidentes que causaron 38 muertos y que se fueron acentuando hasta volverse incontenibles desde el momento en que el ministro Cavallo, en una decisión desesperada, prohibió a los argentinos retirar más de 250 pesos por semana de los bancos, encerrándolos en el famoso corralito.

Todo esto ocurrió en ese fatal mes de diciembre de 2001, que culminaría en la renuncia del presidente. A partir de ella, la Casa Rosada vio pasar a un ocupante tras otro hasta que el 23 de diciembre un nuevo y efímero presidente, Adolfo Rodríguez Saá, declaró el default anunciando que la Argentina ya no podría cumplir con sus obligaciones externas. Lo que llamó la atención de los observadores no fue esta decisión quizás inevitable sino que el Congreso la aplaudió de pie, como si hubiéramos ganado un Campeonato Mundial. El primero de enero de 2002 Duhalde asumió la Presidencia y el 6 de enero devaluó fuertemente nuestra moneda, que después de intensas oscilaciones pasó a estabilizarse en los cuatro pesos por dólar.

Auxiliado más tarde por un nuevo ministro de Economía, Roberto Lavagna, que asumió el 27 de abril de 2002, Duhalde logró que la Argentina saliera poco a poco de su pozo fiscal. Lavagna era un ministro a la vez heterodoxo y responsable. A la inversa de los economistas clásicos, no castigó el consumo popular como se lo había hecho hasta ese momento. Mientras lograba rematar una dura renegociación de la deuda externa, ordenó gradualmente las demás variables de la economía. Hasta aquí la sucinta historia de la Argentina entre octubre de 2001 y abril de 2002. Para completar el cuadro, falta comparar nuestro inmediato pasado con el presente griego y, sobre todo, con el futuro que espera tanto a Grecia como a la Argentina.

Ellos y nosotros

Grecia se encuentra ahora como se encontraba la Argentina antes del default y la devaluación. Después de la aprobación del Parlamento de Atenas del nuevo plan de ajuste, también podría decirse que Grecia se encuentra en la situación en la que se habría encontrado nuestro país si hubiera lanzado un profundo plan de ajuste para evitar tanto el default de Rodríguez Saá como la devaluación de Duhalde. Nosotros no pudimos hacerlo. ¿Podrán ellos? Tienen algo que no tuvimos nosotros: el sostén alemán. La situación actual del "euro" hace recordar lo que pasó hacia 1870 cuando Prusia logró la unión de Alemania atrayendo a los diversos ducados y principados independientes que por entonces la formaban en torno de una nueva aduana y una nueva moneda común, el zollverein . Si Prusia logró la unión alemana alrededor del zollverein hace más de un siglo, ¿no estará intentando la Alemania de hoy la unión europea, esta vez alrededor del euro? Pero al lado de esta influencia tan pujante, lo que falta saber es si el pueblo griego y el resto de los pigs están dispuestos a acompañar la tremenda disciplina germana desde una cultura que no es sajona sino latina.

¿Y qué pasó, mientras tanto, con nosotros? Que los Kirchner, a cargo del país desde 2003, cometieron diversos desvíos. En lo político, Néstor Kirchner aprovechó el hambre de autoridad que padecían los argentinos después de la anarquía de De la Rúa no sólo para ocupar autoritariamente el consiguiente vacío de poder sino también para apropiarse de la solución que había encontrado Lavagna como si fuera de él, incurriendo además en el mismo vicio que agravó la crisis griega: la falta de credibilidad que generaron las mentiras oficiales sobre las cifras de la economía, en nuestro caso a cargo del Indec.

Con De la Rúa y Cavallo, habíamos hecho las cosas mal. Con Duhalde y Lavagna, hicimos las cosas bien. Con los Kirchner hemos vuelto a hacer las cosas mal, abusando de los recursos del Estado en un desborde populista que pudo desbarrancar de nuevo a la Argentina. ¿Pero por qué no nos hemos desbarrancado? Porque en nuestro auxilio acudió algo con lo que no contaron De la Rúa y Cavallo: el poderoso viento de cola de nuestros precios internacionales. Ahora reina otra fórmula económica sobre nuestro país, a la que podríamos definir como populismo más soja. El populismo nos impide progresar aceleradamente mediante un aluvión de inversiones como hoy lo hacen, con el mismo "viento a favor", Brasil, Uruguay y Chile. Pero esta carencia, que dibuja un oscuro porvenir en el mediano plazo, no nos afecta por ahora en el corto plazo. La demagogia y la mentira, sin la soja, llevaron a Grecia al borde del abismo. Con la soja, a nosotros nos han dado un respiro. Este respiro, ¿será suficiente para asegurar la reelección de Cristina?

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