Bajar encajes aumentará el crédito y creará bancos más solventes

Por Guillermo Mondino Para LA NACION
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26 de marzo de 2000  

"El sistema bancario más seguro es aquel que no presta." Si bien nuestro Banco Central está lejos del extremo que ilustra esta máxima, en la actual coyuntura las restricciones que operan sobre los bancos parecen estar excedidas con respecto al óptimo.

El sistema de seguros contra crisis financieras que la Argentina ha montado en los últimos años debe ser analizado bajo una óptica de beneficio-costo. Para los memoriosos de la crisis de 1995, y de ésos hay varios en el BCRA, los beneficios de tener asegurado el sistema "contra todo riesgo" superan los costos. Otros, entre ellos el Ieral de la Fundación Mediterránea en su trabajo presentado en las jornadas de 1999 de la Asociación de Bancos Argentinos, justifican medidas de seguridad significativas, pero creen que los niveles de cobertura actuales, y sus costos, no reconocen las actuales condiciones del mercado.

En particular, en los últimos días se ha instalado un debate sobre la razonabilidad de mantener elevados encajes en las circunstancias actuales. Las políticas de encajes se utilizan con dos propósitos fundamentales. Por un lado, asegurarse una adecuada liquidez de los bancos, en caso de retiros extraordinarios. Por el otro, para regular la provisión de crédito al sistema económico.

La restricción de liquidez se funda en suponer que los bancos mantendrían niveles excesivamente bajos de liquidez. Adicionalmente, se presume que dichos bancos, aun siendo solventes, podrían enfrentar crisis de liquidez en las que no tuvieran el tiempo o la capacidad de realizar activos y conseguir el financiamiento necesario para hacer frente a dichos retiros.

Crear mercados

Los supuestos son razonables, aunque se disputa la gravedad del problema en la Argentina del 2000. Hoy, el BCRA mantiene una política de elevados encajes (que en promedio están algo debajo del 20%) mientras que países donde los mercados funcionan con mayor efectividad tienen requerimientos de liquidez casi inexistentes, como los Estados Unidos. De modo similar, una cosa es requerir elevados encajes en condiciones en que la banca no tiene acceso a otros instrumentos de provisión de liquidez, y otra, cuando la cobertura por diversos instrumentos supera el 40% de los depósitos. Es más, y esto no debe ser olvidado por las autoridades, cuando se presentan defectos en el funcionamiento de los mercados se debe intervenir resolviéndolos y no regulando lateralmente.

Efectivamente, el BCRA debe trabajar creando mercados para que en condiciones complejas los bancos puedan recurrir a ventas de activos entre ellos. En esa dimensión se ha avanzado mucho en los últimos años, y por lo tanto es menos comprensible que se insista en mantener elevado el nivel de encajes.

Como instrumento para la regulación del crédito, los encajes operan de diversas formas. Por un lado lo restringen. Está claro que ahora parte de los depósitos no se puede prestar. Adicionalmente, aun cuando básicamente remunerados, los encajes tienen un elevado costo de oportunidad. Obtener 5 o 6% por un depósito en un banco triple AAA internacional (cuando generar el depósito localmente pudo costar hasta un 50% más) es sustancialmente menos atractivo que prestar ese dinero al 10, 11 o 12%. Por lo tanto, cuanto mayores son los encajes más sufren las ganancias de los bancos.

No sorprendentemente, las ganancias bancarias en la Argentina han sido muy bajas en los últimos años, y particularmente bajas en 1999.

Efectivamente, la rentabilidad de los bancos fue cercana al 2% en 1999, la mitad que en 1998, ¡y un tercio de la de 1997! Es muy razonable imaginar que cuanto menor es la rentabilidad bancaria, más alta es la aversión al riesgo en la estrategia de cartera de un banco. Así, si el préstamo terminara siendo sólo parcialmente recuperado, ahora las ganancias desaparecerían más rápidamente y se consumiría el capital de la institución, lo que adicionalmente está penalizado por otros mecanismos regulatorios. De este modo, los encajes restringen a los bancos limitando su capacidad prestable y afectando su rentabilidad.

Sobrecostos

Los encajes también encarecen el crédito. En un esquema de convertibilidad y libertad para el movimiento de capitales, las tasas de interés pagadas por los depósitos tienen un piso fijado por las tasas internacionales. Por eso los encajes entonces tienen un traslado limitado al depositante. Por el contrario, en la cartera activa de los bancos, el poder para trasladar es casi absoluto. Gran cantidad de deudores se enfrenta a un limitado acceso al mercado internacional y por lo tanto "sufre" el sobrecosto-encaje.

Esto tiene al menos dos implicancias importantes. Por un lado castiga en forma diferencial a quienes tienen menor salida al crédito externo, es decir, las Pyme y los consumidores. Por el otro, al aumentar artificialmente la tasa de interés activa, crece el riesgo de crédito potenciando la autolimitación de los bancos que quieren preservar la calidad de su cartera.

Cuando tomamos en consideración estos elementos encontramos que muchas veces los encajes elevados, si bien reducen riesgos de liquidez, pueden aumentar los riesgos de cartera, y por lo tanto de solvencia. La pregunta entonces es, ¿los depositantes "corren" los bancos por una percepción de iliquidez o de insolvencia? Si la respuesta es esta última, entonces los encajes elevados no ayudan.

Con una cobertura de más de 40% de los depósitos, con bancos fuertemente capitalizados, con los mayores bancos del país en manos de entidades internacionales, con mejoras importantes en la supervisión bancaria y en la estructura del mercado secundario de liquidez y con garantía de los depósitos. Con todas estas mejoras relativas a 1995, ¿no estamos pagando un muy elevado costo por ganancias en seguridad bancaria dudosas?

La respuesta me parece que es afirmativa. El BCRA debe comenzar un proceso de disminución de encajes (o permitiendo que las compras de Bontes sean parcialmente contabilizadas como encajes). En el trabajo mencionado proponíamos un mecanismo de regulación de encajes como instrumento anticíclico. Este es el mejor momento para implementarlo.

Algunos se oponen a una reducción de los encajes arguyendo que los bancos no prestan porque no hay tomadores de crédito. Obviamente a las tasas actuales la demanda de deudores potencialmente atractivos se limita. Si baja la tasa de interés, y una liberación de encajes lo hará, habrá más buenos deudores que se acerquen al sistema. En las últimas semanas hemos sido testigos de una oferta de créditos hipotecarios de largo plazo a tasas de casi el 10%. Esto trajo una gran cantidad de interesados a los bancos. A tasas del 9%, la demanda sería más grande y de mejor calidad. Seguramente en esas condiciones los bancos encontrarán clientes atractivos a los que prestarles. Esto ayudará a reactivar y, curiosamente, contará con la aprobación de los mercados de capitales.

Las autoridades del BCRA, que tanto han hecho por consolidar un sistema bancario seguro, parecerían temerosas de reconocer lo mucho que han hecho. Dicen que el que se quemó con leche ve una vaca y llora.

El autor es director de Investigaciones del Ieral de la Fundación Mediterránea.

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