Balboa, tras la última frontera del mundo

Carolina Arenes
Carolina Arenes LA NACION
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11 de junio de 2015  

Jerez de los caballeros, Badajoz.- En la pila bautismal de la iglesia San Bartolomé, en Jerez de los Caballeros, Badajoz, Vasco Núñez de Balboa recibió el sacramento que lo hermanó al cristianismo. Está aquí la piedra original, cóncava y profunda, en la que fue bendecido. La encontraron durante los trabajos de restauración, entre 1969 y 1972, y fue colocada en este lugar hace dos años, cuando se celebraron los cinco siglos de la gran hazaña de Balboa: haber sido el primer europeo en divisar las aguas del océano Pacífico desde las costas orientales.

Trato de imaginar cómo habrán sido este pueblo y esta iglesia -el azul de los azulejos sobre el ladrillo rojizo de las fachadas, la imponente torre mudéjar- en la época en que Balboa dejó atrás las murallas, las almenas, la Torre Sangrienta que selló el final de este enclave templario, para empezar el camino que, en 1500, a los 25 años, lo llevaría a los barcos, al Caribe, a las costas del Dairén, hoy Panamá, a la desmesura de la Conquista.

Su itinerario no fue tan distinto al de los cerca de 15.000 hombres de esta región, Extremadura, que se sumaron a las expediciones españolas en América. Cortés, Pizarro, Orellana, Valdivia -nombres grandes de esa historia- también eran extremeños. No es que haya aquí nuevas claves sobre sus esfuerzos, su ambición, incluso tal vez sus ideales en medio de aquellas bacanales de crueldad y de gloria. Pero estar en este lugar, entrar en su iglesia, en la casa de la calle La Oliva donde nació, hoy convertida en museo, pone en perspectiva la naturaleza excesiva de la hazaña. Ese salto ciego -el suyo y el de tantos otros- desde el pequeño pueblo amurallado, desde este universo seco en las colinas enjutas y aisladas de Extremadura, al espejismo de quimeras del otro lado del mundo.

Hay algo del Ursúa novelado por William Ospina en este Balboa que, como aquél, no se fue de España para huir de la pobreza, que conocía el arte de la espada, pero también el de la lectura y la escritura, y que una vez en América usó todas esas artes, más su carácter y su astucia, también su violencia, para imponerse a los nativos y a las traiciones que la codicia había desatado entre los conquistadores. Fue criador de cerdos, polizonte, adelantado, alcalde, fundador de ciudades, improvisado constructor de naves, aventurero y expedicionario en selvas hostiles e inaccesibles, y alcanzó la gloria con su proeza más recordada: haberle enseñado a Europa las aguas del mítico Mar del Sur.

Como el Pedro de Ursúa que el escritor colombiano retrató en su trilogía sobre la Conquista - Ursúa, El país de la canela, La serpiente sin ojos-, Balboa fue brutal con los indios, pero en ocasiones también los defendió (algo que hasta Bartolomé de las Casas le reconoció). No corrió tras la canela ni persiguió la leyenda de El Dorado, pero sí los relatos que hablaban de un mar quieto detrás de las montañas, donde desembocaban ríos de oro y las playas estaban cubiertas de perlas. Como Ursúa, tuvo amores con una mujer indígena -Anayansi, la hija de un cacique- y también como él no cayó víctima de las flechas nativas, sino de la traición de los suyos. Así como Ursúa sufrió el poder despótico de Lope de Aguirre, el de la ira de Dios que filmó Herzog, con el hombre que lo mandó matar, el gobernador Pedro Arias Dávila (Pedrarias), Balboa sintió en carne propia "la furia del averno".

No había santos en estas tierras en esos tiempos, y si los había no eran conquistadores, pero acaso en Balboa -y también en Ursúa, nos dice Ospina- puede rastrearse algo más que la codicia desnuda y brutal. La Conquista, parece resignarse el escritor colombiano, tal vez era una fatalidad inevitable de la historia, pero podría haber sido menos brutal, menos predadora, de haber prevalecido otros hombres. Si Pizarro fue violento e implacable con Atahualpa , Hernando de Soto, uno de sus generales, llegó a entablar amistad con el rey de los incas humillado. Balboa, que fue cruel en la guerra, también era capaz de respetar acuerdos con los indios.

Abel Posse, que también zanjó con una trilogía de ficción histórica la conflictiva relación con España y la Conquista - Daimón, Los perros del paraíso, El largo atardecer del caminante-, vio, en la descomunal figura de Aguirre, en su impronta anárquica y salvaje, el antecedente remoto de los dictadores latinoamericanos. "La idea de autoridad y poder en este continente nos viene de ese modelo de conquistador enloquecido", escribió.

Si era inevitable, ¿al menos habría sido menos salvaje y menos cruel la Conquista del Nuevo Mundo -y todo lo que vino después- de haber habido más Balboas y menos Aguirres?

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