Jorge Sigal. "La oposición debe estar unida y postergar apetencias de liderazgo"

Jorge Sigal Periodista y editor, trabajó en numerosos medios periodísticos del país y dirigió la editorial Capital Intelectual.
Jorge Sigal Periodista y editor, trabajó en numerosos medios periodísticos del país y dirigió la editorial Capital Intelectual.
El periodista y escritor alerta sobre la tentación autoritaria que se esconde tras el miedo provocado por la pandemia y destaca que, en el peronismo, el poder lo ejerce Cristina Kirchner
Adriana Balaguer
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18 de julio de 2020  • 00:00

Lo pasado siempre se hace presente. La historia puede ayudar a resolver nuestros problemas actuales. O todo lo contrario. En este sentido, el periodista Jorge Sigal decidió actualizar su libro El día que maté a mi padre. Confesiones de un excomunista (Sudamericana), una obra autobiográfica publicada por primera vez en 2006 que, con prólogo de Jorge Fernández Díaz, acaba de reeditarse ahora. Allí relata su experiencia como militante y dirigente del Partido Comunista, el alejamiento de esa estructura partidaria y el deambular como hombre de izquierda por la política argentina hasta convertirse en secretario de Medios Públicos durante la gestión del expresidente Mauricio Macri. En esta ocasión, Sigal suma un capítulo en el que relata el devenir de los excamaradas durante los gobiernos kirchneristas.

Su primera juventud y su crecimiento como espectador atento a las idas y vueltas del peronismo convirtieron a Sigal en un "especialista en fanatismos". Subraya que el fanatismo "es una condición del ser humano, está adherido a nosotros", y por eso aconseja trabajar para contenerlo.

La fascinación del progresismo argentino con las distintas formas que adquirió el peronismo a lo largo de los años hasta desembocar en el kirchnerismo es otro de los temas que lo desvela. Así como el liderazgo de Cristina Kirchner y su influencia sobre el presidente Alberto Fernández, a quien no percibe como un líder. "Lo sigo viendo con actitud de jefe de Gabinete. Sigue siendo un ejecutor de políticas; en principio, no propias", dice.

Por estos días, Sigal también está atento al devenir de la oposición de Juntos por el Cambio y a su autocrítica demorada por la pandemia. Respecto de la situación mundial, sueña con una Europa revitalizada con Alemania al frente, y advierte sobre los riesgos de la tentación autoritaria, que se acrecienta con el miedo. "De lo único que tenemos que tener miedo es del propio miedo", comenta, citando a Franklin D. Roosevelt, el presidente estadounidense que sacó a su país de la Gran Depresión provocada por la crisis de 1929.

El día que maté a mi padre es un libro sobre el fanatismo ideológico. Desde 2006, cuando lo escribió, ¿con cuántos otros dogmatismos tuvo que confrontar?

Diferenciemos entre la Argentina y mi persona. Tuve una experiencia particular, que fue esa pertenencia tan fuerte desde chico a la estructura del comunismo argentino. En el libro la vinculo al hecho de haber perdido a mi padre a los 14 años, lo que me hizo andar buscando padres por todos lados. Lo he analizado mucho y está claro que el Partido Comunista sustituyó a mi padre de alguna manera. Esa fue mi primera experiencia de fanatismo y me terminó asfixiando. Era una organización muy cerrada, muy endogámica; sabía que apartarme iba a ser una decisión definitiva. Cuando la democracia me permitió desprenderme de la culpa de irme de un lugar en el que tenía seres queridos que habían muerto, que habían desaparecido, me aparté. En el análisis posterior, en ese trabajo por entenderme, es que me convierto en una especie de "especialista en fanatismos".

¿Un hombre capaz de entender por qué la Argentina endiosa ideologías, fuerzas políticas, jugadores de fútbol?

El fanatismo, como dice Amos Oz, es una condición del ser humano. Está adherido a nosotros. Es una predisposición a idolatrar figuras, ideologías o dioses. Oz dice que, sabiendo esto, nos toca ir contra la tentación del fanatismo. No es un problema del argentino, sino una tendencia del ser humano. A partir de mi separación del PC me convertí en una víctima de las olas fanáticas que se fueron dando sobre todo a partir de 2005 y 2006. Porque la diáspora comunista, ese gran conglomerado que se integra con el progresismo argentino, volvió a abrazar una causa con esta connotación de fanatismo: el kirchnerismo. No solo es adherir a Cristina Kirchner, a Néstor Kirchner o a lo que fuere, sino que también se trata de la necesidad de reemplazar la cosmovisión que da una ideología por otra. Ahí se hace una proyección de lo que es el mundo "progre" con el kirchnerismo. Es una cosa bastante curiosa, porque solo es atribuible a ese fenómeno que se dio en la Argentina de utilizar los derechos humanos como bandera; esto tocó algo de la culpa de una parte de la militancia, de los sobrevivientes. En el caso de los comunistas, se le agrega la culpa por la posición bastante controversial que tuvo el PC durante la dictadura. Creo que esas cosas fermentaron y se les sumó la participación de Fidel Castro al bendecir al kirchnerismo como expresión de izquierda y decir "a la izquierda de ellos está la pared". Todo esto, combinado con la muerte de Néstor. La necrofilia es una pasión de los revolucionarios.

Usted formó parte del gobierno de Mauricio Macri. ¿Cómo fue ese paso? ¿Despertó fanatismos puertas adentro?

Fanáticos hay en todos lados. Siempre hay un grupo muy activo que se fanatiza. La incomprensión de algunas cosas hace que busquemos la creencia. El gobierno de Cambiemos era una composición bastante curiosa desde el punto de vista político. Se unieron partidos tradicionales, como la UCR, con la Coalición Cívica y una nueva formación como el PRO. Eso le dio una espesura y una amplitud bastante importantes. Si no funcionabas mediante un acuerdo entre distintos, no podías sostener el gobierno. A diferencia de otras tradiciones políticas, el gobierno de Cambiemos no estaba bajo la dirección de un líder de estilo caudillista, como ocurrió con las experiencias peronistas o hasta con el propio Raúl Alfonsín.

¿Esto fue lo que le atrajo de ese proyecto?

Lo que más me atrajo fue que estaba en un momento de mi profesión que me lo permitía. La oferta que me hicieron fue constituir medios públicos pluralistas, desterrar el sectarismo y el fanatismo de la propaganda. Lo que no se pudo hacer fue por incapacidad o por las condiciones que tiene la Argentina, que son muy complicadas. No tuve condicionamientos; de hecho los medios públicos no estuvieron al servicio del gobierno. Por otra parte, lo tomé como una continuación de mi vida profesional como periodista. Si me fui, fue porque me tiró a la banquina un tema de enfermedad; tuve cáncer en diciembre de 2017 y me dediqué a curarme. La función pública es muy apasionante, pero muy desgastante.

Dice que Macri era un líder muy particular. ¿Cómo lo ve a Alberto Fernández?

Me cuesta verlo como líder. Lo sigo viendo con actitud de jefe de Gabinete. Sigue siendo un ejecutor de políticas, y en principio, no propias. No lo digo despectivamente. Él ha asumido como delegado de la fuerza predominante del Frente de Todos, que está hegemonizada por Cristina Kirchner. Creo que tiene sueños, que si le preguntás, quizá diría "yo quiero ser como Ricardo Lagos". Pero no puede serlo mientras pertenezca a una fuerza que tiene una ideología hegemonizante. Perón decía "el peronismo es un sentimiento". No hay una mejor definición de una fuerza basada en cuestiones emotivas. No es un partido que plantea "usted adhiere acá y entonces discutimos", es un sentimiento con un líder fuerte que dice lo que hay que hacer. Un partido que se adapta como un guante a las condiciones mundiales y de la Argentina. Puede representarse mediante una política de corte liberal, como fue el caso del menemismo, y puede representarse en la más rancia tradición del populismo. Acá líder hay una sola y ha demostrado ser una líder poderosa, que ejerce el poder estando o no estando, apareciendo en los medios o no. La líder del peronismo se llama Cristina, no Alberto ni Sergio Massa. Estos son actores de reparto, no protagónicos.

En este escenario de crisis y de pandemia, ¿qué papel debería tener la oposición?

La oposición tuvo ya un logro, que es no haberse fracturado luego de la derrota electoral. Es un trance difícil para cualquier partido que lo haya pasado, sobre todo si se trata de una coalición sin demasiado trayecto en común. Sin embargo, pudo sobreponerse a la derrota y transitar el primer tramo sin grandes cimbronazos. Quedó pendiente el análisis de lo qué pasó. Eso sí lo interrumpió la pandemia. Si no pudiste cambiar el estado de cosas, es porque tu gobierno tuvo falencias. Frente a la pandemia, creo que la responsabilidad de la oposición es hacer frente a una coalición de gobierno con fuerte tendencias autoritarias, en medio de una crisis que va camino a ser la más profunda que haya atravesado nuestro país. La oposición debe mantenerse unida y postergar las apetencias de liderazgo para más adelante. Hoy tiene que mantener la representación que le dio el 41% de la sociedad argentina en las elecciones pasadas.

¿Cómo imagina el día después de la pandemia en el mundo?

Es difícil hacer pronósticos en momentos excepcionales como los que estamos viviendo. Veo una Europa que tiene muchas posibilidades de retomar sus liderazgos y su reconstrucción, porque tiene una líder importante como Angela Merkel. Porque hay un concepto de mantener Europa, sobre todo a partir de la fortaleza de Alemania.

¿En qué sentido es clave Merkel?

La trascendencia de su papel y del liderazgo de Alemania, más la alianza con Macron y con otros líderes que comparten una fuerte convicción democrática, va a hacer que Europa juegue un papel muy importante en la reconstrucción del mundo. No creo que esto arrase con la globalización. Sí van a venir periodos de enormes crisis y nosotros las vamos a padecer, porque estamos en la zona del mundo con mayor desigualdad social. China va a seguir sosteniendo esta puja fundamental con Estados Unidos. Pero de esta pandemia no sale un país ganador. En todo caso, se van a reacomodar las piezas.

¿Van a sufrir todos los gobernantes, hayan hecho bien o mal las cosas?

La política paga por lo que a cada político le toca afrontar. Lo de Merkel marca una tendencia, la consolidación de un proyecto.

¿A qué lo atribuye?

Cuando comenzó la pandemia, ella dijo: "Los alemanes sabemos muy bien lo que significa el autoritarismo y la pérdida de las libertades. Hay que combatir la pandemia tratando de restringir lo menos posible las libertades democráticas". Merkel hizo un gobierno de consulta con los jefes de las regiones, de hablar dos o tres veces por día. Demostró que la democracia no es una herramienta que se usa solo cuando las cosas están bien.

¿Y en la Argentina?

No es así. Basta ver lo que costó abrir el Congreso y cómo está funcionando. Acá estamos con un régimen autocrático. El Presidente hace lo que quiere, la Justicia está empezando a ver cómo levanta la feria en la Corte Suprema y las cámaras federales. ¿Se le hubiera ocurrido esto a Merkel? Así como a nadie se le ocurriría cerrar un hospital en plena pandemia, tampoco tendría que habilitarse el virtual cierre del Poder Judicial y del Legislativo si los considerás esenciales. Sin ellos, no hay república.

Por estas paradojas de la historia, y mirando la experiencia española con el Covid-19, por una cuestión generacional la mayoría de los que han muerto son los que vivieron la guerra. ¿No es un círculo fatal?

La generación de los que vivieron la guerra y la posguerra, esa tragedia del siglo pasado, logró reconstruir su continente, pero las generaciones van olvidando. Sería muy ingenuo pensar que la experiencia sedimenta, se consolida y nunca más se repiten las cosas nefastas de la historia. Eso es simplismo. Podemos volver a tropezar con la misma piedra. Por eso es muy importante advertirlo. Hay que volver a solidificar todo lo que había logrado el Estado de bienestar en Europa: cuidar la salud pública, la educación, defender los pilares básicos que hacen al desarrollo íntegro de una sociedad.

Hay un nuevo sueño que es democratizar la vacuna contra el coronavirus, para que llegue a todos y no solo a los que puedan pagarla.

Sería muy bueno que ese fuera uno de los saldos que nos deje esta tragedia que vive la humanidad. No estoy seguro de que vaya a ser igual en todos lados. Ojalá se aprenda de esto y a partir de ahora la Argentina no vuelva a descuidar sus hospitales públicos, a maltratar la educación. Conviene ser conscientes de que si nosotros no peleamos por eso, como también por la defensa del sistema republicano, no hay una ley natural que determine que superaremos los momentos de crisis a través del mejor camino. También corremos riesgos. Uno de ellos es que esto, en vez de fortalecer las instituciones de la democracia, desemboque en un brote autoritario de consecuencias letales. El miedo es una mala brújula. "De lo único que tenemos que tener miedo es del propio miedo", decía Franklin Roosevelt. En el miedo abrevan los autoritarismos, los líderes mesiánicos, los que simplifican la historia, y así ese sentimiento se constituye en la base del fascismo.

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