Brasil, inundado por el fastidio

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
Las calles de 200 ciudades brasileñas se llenaron de protestas contra la gestión de la presidenta Rousseff y contra su mentor, el ahora desprestigiado ex presidente Lula
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19 de agosto de 2015  • 01:10

El domingo pasado, las calles de más de doscientas ciudades de Brasil se volvieron a llenar de multitudinarias -y pacíficas- protestas contra la gestión de la presidenta Dilma Rousseff; contra su mentor, el ahora desprestigiado ex presidente Lula, y contra el partido político al que ambos pertenecen: el PT. Millones de personas (vestidas con los colores nacionales, por oposición al "rojo" del PT) expresaron así su enorme e inocultable fastidio. Como en marzo y abril pasado, pero esta vez con algunas novedades.

En efecto, las gigantescas manifestaciones recientes fueron, como siempre, convocadas por las redes sociales, pero tuvieron una primera novedad: el respaldo explícito del partido opositor más importante. El del PSDB, de centro izquierda, cuyo líder Aécio Neves las apoyó y cuestionó el resultado de las últimas elecciones presidenciales, en las que fuera ajustadamente derrotado por el oficialismo, acusando para ello a Dilma Rousseff de haber utilizado instrumentos ilícitos en su campaña, como la mentira y los recursos financieros obtenidos mediante corrupción. A lo que suma la acusación de que, tan pronto asumiera, Dilma violó todas sus principales promesas de campaña. A ello se agregaron las sorpresivamente duras declaraciones del propio Fernando Henrique Cardoso, en las que -por primera vez- el respetado ex presidente insta explícitamente a Dilma Rousseff a renunciar o a pedir disculpas, lo que supone algo así como suicidarse políticamente.

Ante el aluvión de malas noticias en el frente económico, el disgusto popular brasileño puede ciertamente profundizarse muy rápidamente aumentando el clima de alta fragilidad político-social que el gran país vecino vive. Ocurre que Brasil, después de dos décadas de sólido crecimiento, está desde 2011 en clara decadencia.

Las gigantescas manifestaciones recientes fueron, como siempre, convocadas por las redes sociales, pero tuvieron una primera novedad: el respaldo explícito del partido opositor más importante.

Tan es así, que hasta existe el riesgo de que de pronto pierda su excelente calificación de "grado de inversión", lo que podría encarecer el acceso al crédito cuando Brasil más lo necesita. Hoy Brasil tiene el mayor déficit nominal de su historia: el 6,7% de su PBI; una de las tasas de interés más altas del mundo en términos reales, del 14,25%; está en recesión, lo que supone que su PBI se contraerá este año en un 2%, a lo que hay que sumar que esa recesión económica continuará el año próximo; y que la inflación brasileña del año se estima en un inquietante 9,5 por ciento.

La gente percibe diariamente este deterioro desde que, en lo que va del año, el real ha perdido casi el 30% de su valor. La inversión se ha retraído y la carga tributaria es del 36% del PBI. Con la Argentina, Brasil está así entre las naciones con presiones impositivas más altas del mundo. A lo que se suma que el peso de las deudas comienza a apretar a los consumidores, que además perciben, con visible desagrado, el deterioro de la calidad de los servicios públicos, incluyendo los que tienen que ver con la salud y la educación.

Con la Argentina, Brasil está así entre las naciones con presiones impositivas más altas del mundo. A lo que se suma que el peso de las deudas comienza a apretar a los consumidores.

Por todo esto, el creciente mal humor social. Y los pedidos de juicio político a Dilma Rousseff, cuya imagen personal está por el suelo, aprobada o aplaudida por apenas un 8% de los encuestados.

En medio de ese clima tan adverso, las manifestaciones populares parecen haber, de paso, consagrado un nuevo héroe nacional. Me refiero al juez federal de Curitiba Sergio Moro. El hombre que primero embistió, con éxito, contra la corrupción en su propio estado, Paraná, y que ahora ha destapado la nube densa de corrupción que parecería cubrir a la empresa estatal Petrobras. Se trata de un funcionario de 42 años, con estudios de post-grado en Harvard y especializado en los llamados "delitos financieros".

Hasta allí hay, ciertamente, razones de peso para el aplauso. Pero en los medios brasileños han comenzado a aparecer algunas críticas específicas a su labor. Primero, porque Moro aparentemente estaría retrasando la imputación de la cúspide política, que podría ser la gran responsable del drama de Petrobras. Porque, si la hace, perdería jurisdicción sobre la causa en la que interviene, que pasaría entonces a ventilarse por ante el Tribunal Supremo Federal del Brasil. Segundo, porque hay quienes sugieren que Moro procuraría ser designado miembro precisamente de ese alto tribunal, para cubrir allí la vacante producida por el recordado Joaquim Barbosa. Tercero, porque Moro podría estar de alguna manera desnaturalizando la naturaleza de la prisión preventiva, instituto que (a estar a sus propias explicaciones) utiliza para presionar arbitrariamente a los detenidos, empujándolos a la delación o al reconocimiento de las acusaciones que contra ellos se formulan, so pena de continuar en su detención preventiva.

Pero ocurre que el instrumento de la prisión preventiva no está para eso, sino para otras dos razones: (i) asegurar que los detenidos no impedirán el desarrollo eficiente de la causa o que (ii) no eludirán la acción de la Justicia. La prisión preventiva, recordemos, no es una pena, es tan sólo una medida de naturaleza cautelar. Lo que es distinto. Así lo ha dispuesto, cabe recordar, la propia Corte Interamericana de Derechos Humanos, en el conocido caso "Barreto".

Es cierto, la aplicación arbitraria de la prisión preventiva es un problema al que puede calificarse de "crónico" en nuestra región y así lo ha reconocido recientemente la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en un informe especial sobre este tema, de fines de 2013. Más del 40% de la población carcelaria de nuestra región está, cabe destacar, detenida bajo la modalidad de la prisión preventiva. Estamos efectivamente frente a un problema bien serio, del que la propia Argentina no está exenta. Pero aquellos de "mal de muchos" no transforma lo arbitrario en legal.

Lo que está en juego cuando se abusa de las prisiones preventivas es un valor que no es menor. Es nada menos que la misma "presunción de inocencia" que a todos nos corresponde, garantía que, por su importancia, está expresamente reconocida en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos.

Hay medidas alternativas, como las del arresto domiciliario o los brazaletes electrónicos que pueden evitar que los excesos de pronto frustren lo que es una oportunidad histórica para librar de una vez a Brasil del azote de la corrupción.

A lo que cabe agregar que los excesos en materia de detenciones preventivas lastiman al Estado de Derecho por transformarse, en los hechos, en una pena anticipada. Pero no sólo eso. Sucede que ellas pueden, además, generar una enfermiza propensión a dictar sentencias condenatorias para avalar, luego de producidos, los referidos excesos. Porque una absolución supondría (ante la opinión pública, al menos) una suerte de tardío reconocimiento del error cometido al tiempo de haberse dictado la prisión preventiva.

Hay medidas alternativas, como las del arresto domiciliario o los brazaletes electrónicos que pueden evitar que los excesos de pronto frustren lo que es una oportunidad histórica para librar de una vez a Brasil del azote de la corrupción.

Por esto, en estos casos tan delicados y particulares al necesario coraje en el andar demostrado por el juez Moro es necesario sumar, siempre, la máxima prudencia para no arriesgar los resultados. Pero también para no dañar a quienes tienen el derecho legítimo de contar con las condiciones necesarias para preparar adecuadamente su defensa en juicio, lo que -en principio- supone estar en libertad mientras dure el respectivo proceso penal. Salvo el caso de que, como se ha dicho, se pueda presumir con razones serias que alguien realmente procurar eludir la acción de la justicia u obstaculizar el proceso.

Brasil está, queda visto, frente a una encrucijada realmente histórica. Lo que se haga desde la Justicia en materia de corrupción debería ser absolutamente impecable para evitar que los esfuerzos en marcha de pronto se malogren.

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