Brasil

Hugo Caligaris
Hugo Caligaris LA NACION
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26 de marzo de 2000  

"En la Argentina, la mano de obra es mejor, el costo del capital es menor y la energía, los impuestos y las cargas sociales son más baratos."

(De Horacio Freire, presidente de la Cámara Argentino-Brasileña de Comercio.) "No es fácil venir al Brasil."

(De Santiago Crespo, director de Roggio do Brasil.)

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Tanto escándalo, y todo para confirmar al final que Brasil es una utopía argentina. Los argentinos crecemos soñando con Brasil, tierra de fertilidad exuberante que posee: a) el mejor café, b) la música popular más alegre, en contraste con nuestros tangos tristones; c) playas de ensueño, d) las garotas más bellas, y e) once magos de camiseta amarilla. Ahora hay que dudar de todo lo aprendido, y es razonable que dudemos: estando Brasil tan cerca nuestro y si lo precedente fuera cierto, ¿cómo se explica que no nos hayamos ido todos definitivamente para allá, a disfrutar de semejante paraíso?

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Raro: nos fascina Brasil, no nos causa envidia. Por eso, cuando leímos una y mil veces en los últimos tiempos la noticia de que nuestras empresas se mudaban en patota, nos pareció hasta de mal gusto reclamar una confirmación. Parecía tan lógico, una consecuencia tan natural de la historia, que no hizo ni siquiera falta preguntar cuáles eran las empresas que se habían ido. Estaba bien: nuestra inferioridad ontológica recibía por fin su merecido.

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Por eso la contranoticia ("Aquí no ha pasado nada"), aunque objetivamente reconfortante, nos decepcionó un poquito, al quitarnos a un tiempo las ilusiones acerca de Brasil y el tema de lamento. Ahora parece que Brasil se parece más a ese Brazil con zeta, aquel país de infierno cinematográfico imaginado por Terry Gillian. ¿Cómo que allá es todo más caro, todo peor, todo más difícil y opresivo? Entonces, ¿de qué nos quejábamos? Nos pasa lo más grave que puede sucederle a la raza de espectadores críticos que somos: que nos tapen la boca diciéndonos que, en realidad, estábamos viendo otra película.

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