Brasil y la Argentina

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24 de marzo de 2000  

La reunión que sostendrán en Buenos Aires a fines de abril los presidentes del Brasil y de la Argentina, Fernando Henrique Cardoso yFernando de la Rúa, debe ser vista como la gran oportunidad para que la relación entre ambos países se sitúe en la elevada perspectiva histórica que por momentos amenaza con diluirse o desdibujarse.

Nunca como en este momento a brasileños y argentinos les es aplicable el principio según el cual la proximidad de los árboles impide ver el bosque. Los árboles serían, en este caso, los intrincados conflictos sectoriales que están enturbiando la relación comercial bilateral, condicionada por asimetrías y desacuerdos que recorren un amplio espectro de la realidad socioeconómica. El bosque que no se alcanza a ver con la claridad deseada es la extraordinaria trama de riquezas y posibilidades con que la historia suele recompensar a los pueblos que saben elevar sus miras por encima de las dificultades coyunturales y suman sus fuerzas para potenciar lo que los une: en el caso del Brasil y la Argentina, el espíritu de pertenencia a un destino histórico compartido y la certeza de que la integración regional no es un acto de opción voluntaria sino una imposición inapelable de los tiempos.

No se trata de minimizar los problemas que se han generado en los últimos tiempos por las tendencias poco auspiciosas que un creciente número de argentinos cree entrever respecto de la evolución de nuestras exportaciones al país vecino y, sobre todo, por el temor a que una nueva devaluación de la moneda brasileña pueda llegar a acentuar el giro desfavorable de nuestro flujo comercial. Tampoco se trata de ocultar la inquietud que esas tendencias provocan en sectores empresariales y hasta en determinados niveles políticos, como lo prueba el hecho de que se haya llegado a insinuar, desde algún lugar de la estructura gubernamental, la posibilidad de que la Argentina solicitase al gobierno de Cardoso la creación de un mecanismo de compensación por los peligros que pudiere traer aparejados una eventual nueva devaluación del real. La categórica desmentida que produjo la Cancillería respecto de la supuesta intención de formular a las autoridades de Brasilia una solicitud de ese tipo ha restablecido, felizmente, la necesaria cuota de serenidad y equilibrio que el tema requería.

Por el otro lado, la comprobación de que no se ha producido un éxodo de empresas argentinas al Brasil y que cuanto se dijo sobre ese punto fue el resultado de una información errónea o sobredimensionada, de previsible repercusión emocional en la población, ha venido a demostrar hasta qué punto imperan la confusión y la imprecisión en el análisis del estado actual de la relación bilateral. Hay que lamentar que a las dificultades reales existentes en el comercio con el país vecino se sumen señales que incitan al error, reveladoras de ligereza o falta de rigor en el manejo de datos o informaciones de visible interés público.

Pero lo que realmente debe entenderse hoy es la imperiosa necesidad de que la relación entre los dos pueblos sea pensada en términos de trascendencia histórica, no con arreglo al examen o la discusión de la letra chica de los procesos binacionales. Misión de estadistas es proyectar los actos de gobierno hacia el futuro, tomando en cuenta los grandes lineamientos de la historia y profundizando, con generosidad y grandeza, las coincidencias que acercan a las naciones hermanas y abren nuevos surcos hacia el entendimiento y la cooperación.

A lo largo de la historia, la relación entre el Brasil y la Argentina atravesó diferentes etapas. Aliados en circunstancias decisivas para la suerte del ideario de la libertad en esta porción del continente, como fueron las que prevalecieron en la segunda mitad del siglo XIX,los dos países mantuvieron entre sí, posteriormente, litigios fronterizos que fueron dirimidos pacíficamente. Algunas veces, más cercanamente en el tiempo, surgieron nubes en el horizonte de la relación bilateral por erróneas concepciones políticas y estratégicas de uno y otro lado.

En el curso de las dos últimas décadas, coincidentemente con el afianzamiento de la democracia en el continente, y al abrigo de las nuevas tendencias hacia la conformación de bloques regionales, el Mercosur fue el marco en el que germinaron entre brasileños y argentinos nuevos ideales de amistad e integración. Las estructuras creadas para formalizar la alianza regional sufrieron últimamente los embates de la desarmonía económica y de la falta de equilibrio en algunos segmentos de la vinculación comercial.

Pero esos tropiezos no pueden -no deben- constituir un obstáculo para que los dos pueblos retomen el rumbo de sus mejores tradiciones de intercambio y acercamiento. A un siglo de distancia de los encuentros de los presidentes Roca yCampos Salles, que se visitaron recíprocamente en Río de Janeiro yBuenos Aires, los hombres que hoy conducen los destinos del Brasil y la Argentina tienen el deber de encontrar los mecanismos que permitan dejar atrás resquemores y animosidades que a nadie benefician y recrear el espíritu que presidió aquellos memorables encuentros presidenciales, y otros posteriores no menos recordables, con la certeza de que en el futuro brasileños y argentinos deberán caminar hacia metas comunes de crecimiento y bienestar, en el contexto de una integración regional cada vez más profunda y libre de controversias.

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