Buenos Aires, tierra de nadie

Por Abel Posse Para LA NACION
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30 de septiembre de 2005  

El regreso a la Argentina es un ejercicio que evidencia los matices de nuestra enfermedad. El avión llega de España casi al amanecer y a media mañana voy a la Plaza de Mayo para un trámite en el Banco de la Nación. Es el último día del campamento piquetero en la plaza histórica. Media docena de turistas se fotografiaban con el fondo de la toldería instalada en la plaza. Una mitad del espacio estaba vallada como para defender la dignidad presidencial. Más allá, bajando hacia Alem, ondeaba el espléndido pabellón nacional más bien como recordándonos una obligación de grandeza.

Desde la vereda de enfrente, se percibía un mefítico olor excrementicio. Junto a una palmera, algunos habían excavado un foso para proveerse de un cómodo respaldo mientras jugaban a la barajas y se pasaban la tibieza del mate. En el centro de la excavación había un calentador con la pava. En el interior del campamento, algunas mujeres se atareaban con sus niños o preparaban comidas entre las consignas de los cartelones.

Era difícil situar el sentido de la toldería. Por una parte, esa gente, aunque a veces dirigida por prolijos ideólogos de intención insurreccional, representaba en realidad a esa mitad de la población argentina caída en indigencia o pobreza. En otro sentido, aquella gente, con sus garrotes y capuchas al alcance de mano, dejaban una impresión contradictoria: la actitud bronca e intimidatoria no se conjugaba bien con el tono mendicante, más bien indigno.

Es como si la Argentina expusiese con ellos un paleolítico social surgido del fracaso de los sueños primermundistas. Indignación, indignidad, degradación. Con dos días de acampada, había en la plaza un tedio como de una multitud de extras en larga espera para filmar alguna evocación desganada del 17 de octubre. (El director no apareció.)

Entro bajo la cúpula imponente del Banco Nación. Es una descomunal semiesfera que se continúa bajo tierra como dos hemisferios de una grandiosa unidad. Esa cúpula era el canto de fe argentina. Tan importante como para poder albergar la Palas Atenea criselefantina de la Acrópolis. La cúpula se mantenía orgullosa en su imponencia, pero en absoluta discordia con el pueblo triste de empleados que ocupaban el enorme perímetro circular de secciones y divisiones unificadas, sin mamparas.

Recorrí el círculo hasta dar con la sección correspondiente para mi trámite. Escarmentado de burocracia, busqué para dirigirme al rostro que me pareció más hospitalario: un señor de edad, de pelo muy blanco, sin sombra aparente de resentimientos. Educado, sosegado, marcado seguramente por injustas postergaciones politiqueras. Desata paquetes de fichas y expedientes. Consulta clasificadores destartalados. Es sabido que se intentó informatizar nuestro banco mayor, pero una estafa de centenares de millones nos devolvió a esos paquetes de legajos polvorientos. El empleado me informa que mi expediente, por el cual ya había adelantado mi viaje desde Europa, “desgraciadamente todavía no llegó”. Me mira comprendiendo mi frustración y vuelve a su escritorio quemado con colillas. Los bolígrafos, en varias mesas, están atados con piolines de grosor desproporcionado. Después de atenderme, el viejo funcionario pone sus pies en cómodas pantuflas y acomoda prolijamente los zapatos bajo el escritorio como para una ya imposible noche de Reyes. Observo que de varios sillones surge una especie de espuma algodonosa a veces contenida sin mucho éxito con cinta scotch. ¿La cuerina ha sido tajeada o fueron arranques de desesperación? ¿Hubo alguna feroz batalla sindical?

Al salir, miro otra vez la cúpula. Mármol, bronce, maderas nobles. Ahora, tanta magnificencia parece la de un absurdo templo dedicado a la nada, al vacío, al bostezo.

Cruzo otra vez la plaza. Ahora, la toldería está encendida en un ulular de protestas. Agitan los cartelones; suena incesante el tambor, el instrumento más idiota de la sinfónica. Las cifras que de Presidente enumera con entusiasmo y que son seguramente reales, no se hacen realidad social después de más de dos años de gobierno. El superávit no va hacia la miseria. Se va cristalizando el agujero de subdesarrollo y exclusión que nos hemos causado, sin guerras ni otras catástrofes que la de ser como somos. ¡Ese mismo día el primer mandatario informó, exultante, que el país tenía 25 mil millones de superávit!

El aire del río alivia el hedor y, como los piqueteros anunciaron el levantamiento de la acampada, ya los resignados empleados del municipio baldean el peristilo de la Catedral, que los protestantes consideraron casi un mingitorio natural.

Recuerdo la frase de Malraux cuando se sorprendió con Buenos Aires en su esplendor: “¡Esta es la capital de un imperio! Pero ¿el imperio dónde está?”

Todavía tengo en la retina la expresión armoniosa y serena del pueblo español. ¿Cómo pudieron írsenos tan lejos? ¿Cómo explicar nuestra indignidad? Estamos cayendo sin el sostén del orgullo tradicional y de la voluntad. Siento que me resisto a seguir de largo y dar como normal nuestra degradación (todos lo hacemos, como un refugio que nos ayuda a soportar el cada día. Los argentinos damos como tolerables y corrientes cosas que no ocurren en el orbe mínimamente civilizado. El Gobierno, la prensa, todos nosotros, alentamos la cínica cobardía de no reaccionar de inmediato, de no urgirnos para superar el hambre de los niños, la violencia criminal a la vuelta de cada esquina, la intimidación disfrazada de protesta (o la protesta degenerada en intimidación y violencia).

Parecemos un pueblo blando, cartilaginoso, incapaz de reaccionar con la debida dramaticidad. Comentamos los horrores y desatinos cotidianos en el murmullo de los que aceptan la decadencia. Creemos que una elección más puede cambiar, por la vía política o económica, la enfermedad previa que no nos atrevemos a enfrentar.

Más tarde, respondo imaginariamente a Malraux: sí, era como un imperio que hubiese empezado por el final, por su culminación, por su deslumbrante capital. Y nosotros nunca dudamos de que el imperio sería realidad.

Fuimos arrogantes, insolentes y, más o menos, la historia de nuestro auge fue siguiendo el paso de nuestra sagrada insolencia.

Ahora, nuestro imperio ilusorio está herido por nuestra falta de fe. No sabemos convocarnos para la patriada de enfrentar solidaria y decididamente el agujero de subdesarrollo que nos hemos causado. Ni la chata política ni los dirigentes reflejan esa sensación de desilusión profunda. Es como su hubiésemos caído desde ese impulso seguro, afirmativo y creativo. Parecería que, por primera vez, dudamos de nuestra posibilidad de grandeza. Es un sentimiento muy peligroso. William Blake escribió que si el Sol dudase un segundo, se apagaría.

Caminé por la calles del imperio que no fue. Cerca de Retiro, al atardecer, me cruzo con la gente que vuelve a sus suburbios. Todos parecen ensimismados, caídos en una bruma interior. Es la gente que vive al centavo y que tal vez caminó muchas cuadras para ahorrarse un colectivo. Caras baldías, sin paisaje. Es como si estuvieran en una interminable posguerra. Somos un país triste, por eso esas expresiones neuróticas, desde la barra brava a la protesta intimidatoria. Es una masa que estalla mal, buscando siempre alguien a quien condenar o linchar. Unos chiquilines idiotizados incendian con bengalas una discoteca y acusan enfurecidos al jefe de Gobierno y al empresario como si ese día se hubiesen levantado con la intención de asesinar a doscientos jóvenes. Todo se tergiversa, se piensa mal. Nuestro desastre cultural y educativo involucra desde el tránsito caótico hasta la justicia y la canallesca complicidad demagógica de los políticos. Sentimos que no sabemos dónde buscar reparo: la democracia está secuestrada por los mediocres del puesto público y del poder sin libreto.

Ya oscurece; subo desde Callao. Aparece ese pueblo de las sombras, las familias goyescas de los cartoneros moviéndose como sonámbulos en una tarea también ya corrompida por las mafias. Hurgan en silencio, como ciegos que quisieran agudizar el tacto con que buscan en las bolsas despanzurradas. Dentro de dos días, seguramente pasaré sin verlos, como si fueran una ilusión, sombras sin rostros. En la columna de alumbrado de la 9 de Julio, mientras espero para cruzar, leo avisos de grupos de taichi y un teléfono para el curso “Heidegger y Lacan”. Entro por Arroyo, y una niña deliciosa, elegante, me ofrece una copa de champagne. Es la noche de los galeristas. Gente muy bien puesta analiza las obras de nuestros tan buenos pintores. Acepto otra copa. La chica encantadora está en la vereda con la bandeja llena. Creo adivinar una sonrisa irónica, como si yo no creyese que estoy en la ciudad aquella, la de Malraux, y que estoy despertando de una pesadilla, como quien cruzó la tierra de nadie.

Creo reconocer algunos de los turistas que habían fotografiado la toldería. Ahora, encantados, retratan a las estupendas azafatas de la noche de los galeristas.

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