Buenos Aires todavía busca su identidad como ciudad

GABRIELA CERRUTI
GABRIELA CERRUTI PARA LA NACION
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19 de julio de 2014  

Lo más importante es pensar a quién le dan, y no estar obsesionados por recibir. Si todos piensan en dar, se arma un círculo virtuoso en el que los 22 reciben.

No es humanismo o filosofía política. O sí. Es la definición que Alejandro Sabella, el técnico de la selección subcampeona de fútbol, dio en el predio de Ezeiza el día del arribo, en medio de la euforia mundialista.

Sabella estaba sintetizando allí la clave de este equipo que enamoró y emocionó a los argentinos. Pero tal vez la clave de ese amor haya estado en haber captado un nuevo clima de época que sobrevuela en el mundo, trayendo en realidad enseñanzas de viejas culturas: podemos ser mejores, podemos vivir mejor. No estamos solos, formamos parte de una comunidad y sólo en diálogo y colaboración con los otros podremos alcanzar la única meta que de verdad tenemos todos en la vida: ser felices. Esa comunidad no es sólo de otros como nosotros: es de iguales, semejantes y diferentes, pero es también de los objetos, las cosas, el medio ambiente, las calles y las plazas, los caminos, todo lo que interactúa y que nos ayuda o nos impide, que nos apoya o nos pone trabas.

Una sociedad en la que todos, ciudadanos y Estados, nos sintamos comunidad y corresponsables del buen vivir, tal como lo pensaron los humanistas, tal como lo pensaron las culturas originarias en nuestras tierras: vivir en plenitud, vivir de acuerdo con lo que cada uno espera.

En esa comunidad de deberes y derechos ensamblados, el Estado es obviamente el primero que debe cumplir con sus deberes porque es el gran organizador de la sociedad. Un Estado que impulse que cada uno persiga sus logros de acuerdo con sus capacidades, sus gustos, sus talentos, pero que garantice que todos tengan justicia e igualdad de acuerdo con sus necesidades y sus derechos.

Una ciudad injusta, como es hoy la ciudad de Buenos Aires, no es una ciudad donde podamos vivir en armonía. Por eso, aunque algunas cuestiones puedan estar hoy mejor en la ciudad que hace unos años atrás, sentimos esta insatisfacción, este desequilibrio, este malestar en la ciudad. El tránsito caótico, la falta de infraestructura en salud y educación pública, la falta de acceso a la vivienda, la persistencia entre el Sur pobre y el Norte rico son una fotografía sobre la que no se puede construir un proyecto de ciudad.

Buenos Aires está hoy en busca de un propósito, un proyecto, una identidad como ciudad. Tiene en el Sur las cicatrices de la ciudad industrial que no fue y en el Norte, las marcas de la ciudad europea que quiso ser. Ni una ni la otra constituye la verdadera e inclusiva identidad porteña, que sólo se construirá en diálogo comunitario, entre todos, en cada barrio, en cada comuna, apropiándonos de los proyectos y las decisiones, dándoles a las comunas la vida y la razón para la que fueron creadas.

Una ciudad desarrollada no es una ciudad donde los pobres tienen auto, sino donde los ricos viajan en transporte público, se ha escrito. No alcanza con las bicis y el Metrobus: hace falta más y mucho transporte público. Y también reordenar la ciudad para que podamos resolver más cosas con distancias más cortas que podamos hacer caminando. Recuperar la educación, la salud, la vida cultural, en cada barrio, para que podamos volver a disfrutar de vivir en distancias más cortas que nos devuelvan además el sentido del tiempo libre.

Hay algunas plazas y parques que están mejor, más cuidados, con alguna infraestructura. En esos parques y plazas queremos poder pasear sin miedo, ocuparlos en armonía, con actividades culturales, con intercambio, con iluminación. Necesitamos que cada manzana de la ciudad tenga su espacio verde, que se abran los jardines nuevamente a la calle, que los árboles estén cuidados. Y, sobre todo, queremos recuperar la costa del Río de la Plata, el mayor espacio verde de la ciudad, donde podemos ver salir el sol y la luna, donde todos los porteños y las porteñas podemos ejercer nuestro derecho al horizonte.

No somos más hoy que hace treinta años en la ciudad. Sin embargo, casi el 40% de los porteños no tiene vivienda propia. Un 10% vive en asentamientos, villas, casas tomadas. Un 30% alquila. Y esas estadísticas no incluyen a todos aquellos que quieren empezar una vida independiente y no pueden. La cuestión de la vivienda es sin duda la mayor crisis de la ciudad de Buenos Aires, en la que no se ha hecho nada durante el actual gobierno. Ni urbanización de villas, ni viviendas de clase media, ni crédito para acceder a la compra, ni mejora en las condiciones de alquiler. Vivimos en una ciudad donde se compra un televisor en 36 cuotas, pero las casas se compran al contado. Donde se construyen torres todos los días, pero no hay oferta para alquilar. Donde las viviendas ociosas y para especulación son un escándalo moral frente al drama de tantas familias sin hogar.

En los encuentros con vecinos en los barrios, siempre surge la nostalgia de volver a vivir como antes. La nostalgia de algo que no sabemos si existió, pero que, seguramente, tiene que ver con volver a esa época en que caminábamos por la calle sin miedo. Porque había tal vez menos iluminación pública en las calles, pero las persianas no se bajaban y volvíamos a casa adivinando en las luces de cada casa la vida que se desarrollaba allí dentro. La única seguridad es la mirada del otro: no hay policía que reemplace a las aceras ocupadas por los vecinos.

Vivir bien es una nueva forma de relacionarnos. De escucharnos. De construir una ciudad a escala humana, donde nos cuidemos entre todos, donde pensemos en una ciudad vista desde los ojos de un niño para quien un columpio es el Everest o de un viejo, para quien cruzar la calle es nadar en mar abierto. Vivir bien es ser parte de una continuidad histórica, tomar lo bueno, transformar lo malo, saber reconocer al otro como alguien que tiene algo para aportar. Saber que el camino no empieza cuando nosotros llegamos y que las cosas no son buenas o malas de acuerdo con quién las hace, sino de acuerdo con quién las necesita y las merece.

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