Calgary le dice "no" a ser sede de los Juegos Olímpicos de Invierno en 2026

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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29 de noviembre de 2018  • 01:35

Con alguna frecuencia, los ciudadanos de Buenos Aires nos sentimos incómodos porque la realización de grandes eventos culturales o deportivos de pronto molesta fuertemente nuestra vida y rutinas diarias. E interfiere con cortes de calles y otras dificultades. No obstante, pareciera que respecto de esos eventos, quienes viven en la ciudad en la que se los realiza no tienen -casi nunca- demasiada opinión. Si en definitiva, en función de ellos, se llenan de mal humor e incomodidades, el castigo político que de pronto quieran intentar debe esperar al tiempo de votar, en las próximas elecciones. Es como si no tuvieran otro remedio que aguantar lo que otros, en cambio, decidan por ellos. Por sus propios motivos u ambiciones políticas, ignorando los costos de los respectivos eventos.

Pero las cosas no deben siempre ser, necesariamente, así. En las naciones más avanzadas, la opinión de los residentes se tiene en cuenta. Salvo en aquellos casos en que la pertenencia a un organismo suponga que, por rotación, en algún momento cada uno de sus miembros deberá ser sede de sus reuniones. Y, aun así, lo cierto es que las reuniones no necesitan ser realizadas en ninguna ciudad en particular. Generalmente hay opciones dentro de un mismo país.

¿Cómo se recaba la opinión de los residentes de una ciudad? Muy simple. Se les pregunta, a través de un referendo especial, si están o no de acuerdo con la realización específica de algún evento masivo en la ciudad en la que viven. Este es quizás el camino más democrático y transparente, así como la forma de minimizar la acción de los "intereses creados".

Ello es precisamente lo que acaba de ocurrir en la ciudad canadiense de Calgary, cuyas autoridades pretendían que fuera la sede de los Juegos Olímpicos de Invierno en 2026.

Ellas convocaron entonces a un referendo, en el que unas 767.000 personas pudieron expresar su opinión. Algo menos de la mitad de ellos concurrió a votar en las urnas. En rigor, sólo unas 304.774 personas. Un 56,4% de los votantes efectivos se pronunciaron en contra del proyecto y votaron por ello de modo negativo. El 43,6% restante votó -en cambio- a favor. En función de ese resultado, Calgary dejará de lado la pretensión de ser la sede de los juegos de invierno mencionados.

Calgary respetó a sus residentes y a su voluntad. La mayoría prefirió y eligió vivir sin quedar presa -en su propia ciudad- de eventos deportivos que, además, le resultaban caros ante la posibilidad de que dineros generados por sus impuestos pudieran ser gastados en el evento, postergando otras prioridades, como son la salud y la educación.

Lo que hizo el gobierno local de Calgary fue no sólo considerar a sus ciudadanos, sino identificar cuáles eran las prioridades que efectivamente conforman su "interés general", lo que es muy distinto que imponerles la realización de eventos que benefician generalmente a unos pocos y que, muchas veces, terminan costando bastante más a los residentes que lo previsto originalmente.

En este caso particular, los propios habitantes de Calgary iban a tener eventualmente que costear el saldo de la enorme factura generada por el evento, de un orden de los 400 millones de dólares. Pero no lo harán.

Ante la negativa expresa de los residentes de Calgary, los Juegos Olímpicos de Invierno de 2026 tendrán presumiblemente lugar en Estocolmo y en sus alrededores. Toda una lección de gobernabilidad y -más aún- de un considerado andar democrático. ¿La imitaremos alguna vez?

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