Caos y control

Fernando Diez Para LA NACION
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29 de diciembre de 2009  

La percepción de las sociedades oscila alternativamente entre dos extremos irreductibles e igualmente insoportables. Por un lado, la noción de que todo es un caos, de que los fenómenos que nos rodean y el devenir de los acontecimientos no tienen sentido, de que son azarosos. La fortuna, que los antiguos griegos creían sometida al caprichoso y cambiante deseo de sus muchos dioses. Por el otro, la noción de que todo obedece a un orden universal, a un guión lógico establecido previamente por un dios racional, que se prolonga en la creencia de las "religiones políticas", en una lógica científica de la historia.

Y aunque estas dos versiones parecen antagónicas, son igualmente deterministas, al mismo tiempo trágicas y optimistas. Creen ciegamente en un final en que los males de la humanidad serán redimidos.

Tal vez la forma más cotidiana de esta última noción de orden es la de un control siniestro, la conspiración omnipotente donde fuerzas invisibles digitan los hechos en nuestro perjuicio. Logias secretas, los intereses de los imperios, los ciegos de Ernesto Sabato o la conspiración de los poderosos que parecen controlar todos los acontecimientos en beneficio propio y en perjuicio de una mayoría siempre manipulada por el poder.

Los hechos más diversos son, entonces, adjudicados a esa conspiración en la que caben mitos populares que van desde la ocultación de seres extraterrestres hasta la deliberada propagación de enfermedades. Si la percepción de un poder que todo lo controla es agobiante, y demasiado frecuente y dolorosamente cierta en el ejercicio de las peores dictaduras, nunca había llegado tan cerca de la sombría profecía de la novela 1984 , de George Orwell, como en la vida de la Alemania democrática de los años 80 que describe el film La vida de los otros , de Florian Henckel-Donnersmarck. El control de todos los actos de gobierno, de los ciudadanos y de sus vidas, desemboca en el intento de control de sus pensamientos. Según Guy Debord, en la Unión Soviética, el deseo de control sobre los ciudadanos había llegado al extremo de lo que llamó "la represión policíaca de la percepción".

Puede que la forma moderna de los mitos esté representada por la popularidad de las series televisivas que devienen objeto de culto. En ese caso, el sostenido éxito mundial de la sátira El superagente 86 puede deberse a la parodia de los agentes secretos de la Guerra Fría, pero también a la trama que le da fondo: un mundo en el que luchan dos organizaciones secretas, Caos y Control. Se nos presenta a la primera como malvada y a la segunda como virtuosa.

La incertidumbre del futuro

Si para el hombre primitivo el mundo era esencialmente un enigma indescifrable, cuya explicación fue construyendo en cosmovisiones que derivaron en las primeras religiones, el iluminismo nos enseñó a disecar la realidad en porciones cada vez menores, para someterlas a la razón y el experimento. En esos recortes discretos de la realidad supo encontrar un orden regular; los movimientos uniformes, las tablas periódicas y leyes de la herencia establecieron un orden posible ante el caos de la oscuridad precedente.

Sobre esa base cartesiana y fragmentaria se construyó la ciencia moderna, que fue consolidando la ilusión de que el hombre, finalmente, estaba en control de los acontecimientos. Crear nuevos elementos era un atributo reservado a los dioses que los aceleradores de partículas hicieron posible, del mismo modo que la ingeniería genética nos ha llevado a emular el misterio supremo de la creación de la vida. Pero incluso en estas hazañas, que el imaginario literario siempre había sido capaz de anticipar, la soberbia orgullosa de la técnica se quebró en 1986, año en que explotó en el aire el transbordador espacial Challenger y explotó, en la Tierra, la central nuclear de Chernobyl. La comprobación de que la estabilidad climática del planeta ha sido destruida por nuestra ceguera técnica puso de mayor relieve todavía la naturaleza caótica e imprevisible de acontecimientos que están más allá del control que habíamos creído establecer sobre el mundo natural.

La noción de que hay una regularidad en el transcurso de la historia que resulta inevitable, debido al gran intervalo de los ciclos naturales. Nuestro mundo, regido por el Sol y la Luna, el día, el año y las estaciones, parece regular, un orden perfectamente controlado. Pero la cosmología, al mirar la historia del universo en la profundidad de los radiotelescopios, ha descubierto que es apenas una regularidad pasajera en una historia en la que nada se repite, donde los átomos decaen, las estrellas se apagan y las galaxias se fugan al infinito.

El químico y filósofo Ilya Prigogine nos ha revelado que la aparente regularidad de los fenómenos que observamos está condicionada por un tiempo que es irreversible, y que la complejidad de la vida emerge precisamente en los desequilibrios, procesos contrarios a la dominante tendencia de todo hacia la igualación y la decadencia de la entropía dominante. Su visión da un signo positivo a lo caótico, que posibilita una creciente complejidad, en contraste con el orden general de la siempre creciente simplicidad enunciada por la segunda ley de la termodinámica.

Anarquía o dictadura

En la política, el extremo del control se corresponde con la dictadura totalitaria o autocrática, y el extremo del caos, con la anarquía. Esta última puede llegar a ser todavía más insoportable debido a la completa imprevisibilidad del futuro. En la organización política de la antigua Roma, el miedo a la anarquía fue conjurado por la dictadura. Si ésta terminó en tiranía, en algunos casos fue considerado, en comparación, un mal menor. La democracia republicana es el intento de mediar entre estos dos extremos: entre la anarquía, en la que ningún poder logra hacerse hegemónico y dar una dirección al caos de las voluntades divergentes, y la dictadura, en la que el orden se consolida, pero en el autoritarismo y el capricho personal.

Las constituciones de las democracias americanas se esforzaron por dividir el poder para neutralizar su natural tendencia a la concentración. Sin embargo, en la Argentina siempre se temió más a la anarquía que a la tiranía. Con demasiada frecuencia se confió en que, concentrando el poder en manos de un caudillo, las cosas mejorarían más rápidamente. Civilización y barbarie son los extremos de dos situaciones que Sarmiento presentó como antagónicas, pero barbarie era, para él, tanto el caos de la anarquía como el orden de los caudillos, sometido siempre al capricho y la necesidad del líder carismático, cuya misma identidad depende de la conservación de un poder que, por lo tanto, termina siendo incapaz de entregar voluntariamente.

Civilización era, en contraposición, ese estado intermedio entre el caos de la anarquía y el orden de la arbitrariedad personal que permitiría el imperio de las leyes. La democracia deliberativa hubiera debido mantenernos en el desorden de la continua discusión, pero en el orden de la regularidad de los plazos constitucionales. Si el presidencialismo es el remedio a la falta de dirección, la dificultad de acuerdo y la inacción de los parlamentos, el personalismo en que siempre deriva en la Argentina es el retorno al caudillismo. La democracia argentina ha sido poco exitosa en conseguir la necesaria equidistancia entre la anarquía y la dictadura. Muchas más veces sucumbió a la tentación de las revoluciones que prometen, alternativamente, fundar un nuevo orden y restaurar un orden anterior.

Aunque ideológicamente opuestos, ambos revolucionarios comparten la ingenuidad de creer en su propia superioridad moral, en la excepcionalidad de su tiempo, que inevitablemente ven como una bisagra de la historia y, sobre todo, en la excepcionalidad de su persona, como si la sola virtud del caudillo pudiera elevarlo sobre la mecánica de los hechos y la lógica del poder.

Con idéntica ceguera, sus seguidores vuelven a creer en la ilusión del caudillo salvador, y le entregan su voluntad y raciocinio. El miedo a la anarquía mueve tanto a los gobernados como a los gobernantes, y el caudillo teme perder el control de los acontecimientos, miedo que sólo puede conjurar con más poder. A esa necesidad termina sometiendo las leyes, a veces con la anuencia de sus gobernados, que se obstinan en juzgarlo con benevolencia, mirando sus buenas intenciones, perdonando sus malas prácticas y sus flaquezas personales. La frecuencia con que se pronuncia la palabra "gobernabilidad" es la medida de esa desconfianza. Generalmente, justificando más control, más centralización del poder.

La pregunta sería, entonces, por qué los pueblos con sistemas más "desordenados", deliberativos, más atenidos a la letra de sus leyes, han resultado más exitosos que los que gozaron de la aparente ventaja de un comando unificado. Aprendamos a desconfiar un poco más del orden, y admitamos la riqueza de la complejidad que hay en lo caótico.

El mundo es menos simple de lo que parece, y es tan probable que nos equivoquemos como que estemos acertados. Esa percepción es relativamente nueva, pero es también la que da sentido al sistema deliberativo de los consensos democráticos, pues sólo se hacen posibles otorgando al otro la posibilidad de la razón y aceptando la posibilidad del error en la opinión propia. Como enseñó Karl Popper, la verdad es una ilusión que se desvanece constantemente y sólo podemos confiar en la provisionalidad de nuestras certidumbres. En la ciencia, como en la política, el mejor rumbo se consigue confiando más en la duda que en la certeza. © LA NACION

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