Capitanich, manos de tijeras

Pablo Sirvén
Pablo Sirvén LA NACION
(0)
8 de febrero de 2015  

Ya había suficiente material como para armar un rico y desopilante anecdotario sobre las inefables "conferencias de prensa" diarias de Jorge Capitanich . Pero deseoso de dejar una huella aún más indeleble de su particular impronta, en estos días el jefe de Gabinete se superó a sí mismo y alumbró la que tal vez sea la obra cumbre de toda su gestión: como un niño caprichoso en medio de una pataleta rompió la parte del diario Clarín donde se contaba que el fiscal Alberto Nisman había pensado en pedir la captura de la Presidenta por encubrir a Irán en el atentado contra la AMIA , algo que luego desestimó. Pero Capitanich se apuró y descalificó esa versión como una mentira y una basura. Por más falsa que hubiese sido, el acto de romper el diario tiene una peligrosa connotación metafórica indigna de tan alto funcionario estatal y del todo inconveniente en el contexto de desasosiego que se instaló tras la muerte dudosa de Nisman. Pero, peor aún, rápidamente salieron a la luz los documentos que acreditaban la veracidad de lo que se había contado. Ni así el aspirante a intendente de Resistencia tuvo la hidalguía de ensayar algún tipo de disculpas públicas como las que, al menos con sus idas y venidas, procuró dar la fiscal Viviana Fein, que tiene en sus manos la investigación por el enigmático fin de Nisman.

Cuando Capitanich, a partir del 21 de noviembre de 2013, arrancó con su sufrida faena matutina de fijar agenda oficial, la novedad se vivió en un principio como un bienvenido alivio comunicacional que traía, en parte, una solución a un gobierno endogámico y mudo -la mayoría de sus funcionarios no tienen autonomía para hablar públicamente-, en contraste con una presidenta extremadamente locuaz. Al irrumpir el ex gobernador chaqueño en el escenario nacional, Cristina Kirchner todavía se mantenía alejada de las cámaras y los micrófonos por su larga convalecencia tras ser operada, lo que acentuaba más todavía la orfandad silenciosa de su administración.

Capitanich arrancó con pie firme y hasta con modestos modales de primer ministro que desplegaba intensa actividad, no sólo en sus primeras kilométricas conferencias de prensa, luego acotadas a tres preguntas rotativas, sino que también se prodigaba en reuniones y entrevistas con distintos sectores. No pocos ya lo veían como el potente presidenciable que Cristina Kirchner finalmente podría oponerle al malquerido Scioli.

Hasta envalentonó a los iluminados de la comunicación oficial. Eduardo Aliverti, por ejemplo, llegó a afirmar con la sonoridad característica de su voz que "Capitanich da la cara todos los días cuando los guapos ya no están". Chicaneaba así a los periodistas críticos que entonces venían imponiendo en cuanto lugar podían la consigna "Queremos preguntar" como denuncia del empecinado mutismo gubernamental.

Pero la buena estrella del vocero duró muy poco: el infernal fin de año de 2013, con sus protestas policiales encadenadas, saqueos con muertos y heridos, cortes de luz y temperaturas altísimas desflecaron rápidamente su pretendido perfil de símil estadista. Y al arrancar 2014 se hundió más cuando lo hicieron dar marcha atrás con su idea de poner a Marcelo Tinelli a emprolijar Fútbol para Todos. De buenas a primeras, se convirtió en "Coqui", a secas, un personaje que las redes sociales comenzaron a tomar de punto cuando empezó a acumular históricos bloopers uno tras otro.

Criticaba a los que no liquidaban la soja y resultó que sus hermanos tampoco lo hacían; tiró que podría haber cortes rotativos de luz y De Vido casi se lo come crudo; Hugo Moyano lo comparó con Fidel Pintos cuando dijo que la Plaza de Mayo no era un lugar para protestar; sólo a él se le pudo ocurrir que Washington DC tiene una tasa de mortalidad infantil superior que la Argentina o que la tragedia de Nisman vino a interceptar la "agenda positiva" veraniega. Hasta cuestionó que los fiscales hagan una marcha por su colega muerto.

Capitanich vació de sentido su conferencia de prensa diaria y en el Congreso los legisladores de la oposición experimentaron con impotencia no poderle arrancar nunca una respuesta concreta sobre ningún tema.

Con la verba mecánica y repetitiva del vendedor de baratijas en subtes y colectivos, a la hora de sus avisos parroquiales matinales y de atacar a los "poderes concentrados" engola la voz, enumera todo con sus dedos, complejiza su lenguaje de manera desopilante y el resultado final suele ser la nada misma si no lo asiste ningún disparate.

Como ya a estas alturas Capitanich ha demostrado ser únicamente eficiente en la imposición de la agenda sólo por el lado de hacer el ridículo -algo que cada vez le sale más fácil-, el regreso de Aníbal Fernández a las proximidades de Cristina Kirchner habilitó al secretario general de la Presidencia para hacer las veces de Carlos Corach en tiempos del menemismo: se adelanta cada mañana a las insípidas monsergas de Capitanich y, rodeado de micrófonos, realiza la misma tarea pero con mayor habilidad, picardía y lucimiento arrabalero para gambetear el lodazal del papelón donde Capitanich casi siempre suele terminar enchastrado.

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.