Caras que se reconocen

Por Antonio M. Battro
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30 de junio de 2002  

El ser humano tiene una capacidad extraordinaria para reconocer objetos de su entorno. Ya en sus primeras semanas de vida el lactante identifica la cara de su madre y la diferencia de otras caras. Se ha comprobado que este fenómeno tan inmediato y automático es, en realidad, un proceso muy complejo que pasa por diferentes etapas y lugares en el cerebro.

El reconocimiento específico de una cara forma parte un proceso más general que conduce al reconocimiento de objetos. Existe un camino dentro del cerebro que identifica cada objeto dentro de una categoría, que se ocupa de "lo que es". Ese camino pasa por la base del cerebro. Hay otro trayecto que atiende a la posición del objeto en el espacio, que se ocupa de "dónde está" y se extiende por la superficie lateral del cerebro.

Las caras humanas se identifican en la base del cerebro y más en el hemisferio derecho que en el izquierdo. Si se estimula directamente esa región con electrodos antes de una cirugía cerebral, por ejemplo, la persona pierde transitoriamente la capacidad de nombrar esa cara.

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Las áreas cerebrales que se activan cuando es necesario prestar atención a una cara o guardar esa imagen en la memoria como una cara femenina o una masculina no son idénticas.

Se ha descubierto también que una zona llamada amígdala cerebral procesa las expresiones de miedo y de terror de la cara. Gran parte de esas emociones se transmiten por el movimiento de los ojos y de la boca, pero estas modificaciones no se detectan en la amígdala sino en la región temporal superior y posterior de la corteza cerebral.

Así, el mero reconocimiento de una cara exige un recorrido complejo dentro del cerebro, proceso que alcanza en algunos casos gran perfección. Pensemos en los artistas, pintores, escultores, actores que han logrado plasmar con maestría las más diversas expresiones faciales. Las fachadas de los edificios son como las caras humanas, revelan infinidad de sentimientos y emociones y los grandes arquitectos dejan allí su impronta. También el cerebro procesa las fachadas con extremada precisión y delicadeza.

Estudios recientes de M. L. Gorno-Tempini y C. J. Price muestran que la identificación de edificios no se hace en la zona cerebral que identifica a las caras sino en una región llamada parahipocampo.

Pero cuando tanto las caras como los edificios son reconocidos "por su fama", el rostro de Einstein o la foto de la torre de Pisa, por ejemplo, entonces ambos se procesan en la misma región temporal anterior izquierda. La fama, pues, hace converger las caras con las fachadas, en la corteza cerebral.

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