Carta a los patriotas en busca de la Patria

Por Orlando Barone
Por Orlando Barone
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20 de agosto de 2000  

El estadio de River se colma de gente la noche en que juega la selección nacional con la de Paraguay. También los paraguayos en el exilio argentino convierten el modesto ritual de un partido de fútbol en un sentimiento patriótico.

Ni siquiera la impiedad mercantil de los sponsors que cambian el diseño de las camisetas para poder incluir la imagen del producto o todas las letras de la marca, ni el traslado de frontera en frontera de los jugadores hasta convertirlos en emigrados riquísimos con pasaporte extranjero, lograron desmerecer esa determinación popular de resumir a la patria en once hombres que entran a una cancha con la camiseta argentina.

El fútbol parece el último y desesperado lugar donde se pueden expresar emociones que quedarían desairadas en cualquier otro de tendencia apátrida: un shopping , un aeropuerto, un sitio de Internet, un grupo inversor inidentificable, una repartición pública en la cual el contribuyente autóctono entra como a un territorio extraño dudando de si, al pasar por la mesa de entradas, el documento que lleva encima le bastará para no ser echado por intruso.

No hay nada más apátrida que un contenedor, que un negocio multinacional cuyo nombre lo indica, que una hamburguesa comida aquí o en Kazajstán, que la casilla de un peaje, que un pulso telefónico. Y hay serias dudas últimamente de que la patria esté todavía en alguna parte de nuestro registro de propiedad colectivo. No sospecho de regiones patagónicas enteras adquiridas por millonarios cuantiosos capaces de apropiarse de un lago grande como un mar, y de una puesta de sol que acaba poniéndose para él solo reclinado en la hamaca. No sospecho de nadie que compre, sino que sospecho de alguien que nos venda.

El corazón de cada uno se resiste a despatriarse; aun cuando tantas veces debería pedir perdón a la patria por desestimarla como si una tierra, un aire, plantas, fauna, mariposas, lapas, piedras inmemoriales con rastros de uñas indígenas y niños todavía inocentes estuvieran involucrados en la culpa de nuestro desencanto de adultos presuntamente racionales.

La celebración sanmartiniana, aun con los riesgos de la sanmartinmanía propios de una sociedad espasmódicamente mediática, convoca a ciudadanos desorientados y extraviados a instalarse en la aparente territorialidad global que de tan vasta no es de nadie. O al menos de ninguno que uno conozca que tenga nombre y apellido.

Los dueños de hoy son inimputables porque no existen como existe cualquier otra cosa humana. Están hechos de algo inconcebible para nuestra limitada comprensión del peligro.

Pocas veces una cordillera adquirió tanta identidad patriótica como la de los Andes; pocas veces un tipo de soldado -el granadero- se asumió como un compendio de dones morales y de carácter. Y pocas veces un héroe -San Martín-, convertido en leyenda, logró sobrevivir al abuso de su nombre y al vano mercado de influencias para tratar de apropiárselo desde un sector o desde una secta.

Un héroe, a diferencia del capital, del ingreso bruto per cápita o del poder, está distribuido democrática y equitativamente en porciones iguales en cada habitante de la patria. Su simbología es indiscriminada y les pertenece a los pobres y a los ricos, a los que empuñan armas y a los que no las empuñan, a los protagonistas y a los anónimos.

Pesa sobre el patriota -aparte del desmejorado mito hollywoodense de films fanáticos y fascistas-, el justificado prejuicio de que Hitler, Franco y Mussolini; Pinochet, los militares culpables del Proceso, Khomeini y tantos dictadores contados recordablemente por grandes escritores como Roa Bastos, Vargas Llosa y García Márquez, se autoproclamaron patriotas demasiado enfáticamente.

Patraña quiere decir embuste, engaño; ¿por qué devino después en esa palabra auténtica que es patria? Si junto con madre son las únicas que podrían competir con la palabra Dios, aun concediendo que ésta debe ganarles. Gracias a la revista La Maga leo a Julio Cortázar en su Carta abierta a la Patria , escrita en 1955: " Te quiero, país, tirado abajo del mar, pez panza arriba, pobre de sombra de país, lleno de vientos, de monumentos y esperpentos, de orgullo sin objeto..." Ahora le pidieron a Sabato que contara qué es la patria, y a los alumnos les pidieron que lo escucharan.

Les pidieron a los soldados que mostraran en la calle la Patria y a los vecinos que embanderaran los balcones y a los ciudadanos que lucieran escarapelas en sus ojales.

¿Cómo pedirles a los despatriotizados mercachifles que sólo huelen el dinero que tiene la patria, que la sientan, si su destreza amoral es justamente no sentirla para poder especular sin remordimientos?

Y mientras se esculpe a un San Martín inmodificable e improfanable -sólo Gardel, en otra categoría mitológica, adquiere esa inmutabilidad que ignora las revisiones históricas-, hay quienes no vacilan en querer profanar la moneda por el dólar. Especulan con que la estatua sea suficiente para distraer a los tontos que sospechan de que una cosa noble sirva para disimular la villanía de la otra.

En el diccionario de María Moliner, a continuación del significado de patria se enumeran estas dulces palabras: cuna, país natal, suelo patrio, terruño. Y estas otras no dulces: chovinismo, patriotería, xenofobia. En alguno de estos dos bandos está uno y debe saberlo.

Déjenme citar otra vez a Cortázar: "Pero te quiero, país de barro, y otros te quieren, y algo saldrá de este sentir". Pero aún no ha salido.

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