Ezeiza

Carlos M. Reymundo Roberts
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14 de octubre de 2019  

El Aeropuerto de Ezeiza acaba de colapsar por culpa del temporal. No solo del temporal: es evidente que además hubo imprevisión. En cualquier caso, fueron jornadas excepcionales. Un fenómeno climático de esa magnitud no es habitual. Pero a la terminal se la puede criticar también por su cotidianeidad. Lo sabe cualquiera que aparezca por allí regularmente. Lo más notorio es el caos con los autos que ingresan para dejar o recoger pasajeros. Calles y estacionamientos saturados, desorden, personas que se desplazan hasta 300 metros con sus valijas caminando entre vehículos para escapar de esa locura. "Déjelo acá. Está prohibido, pero nadie le va a decir nada porque no hay más lugar", le dijo días atrás un policía a un conductor que buscaba dónde estacionar. Es cierto que el aeropuerto está en obras de ampliación debido a que el flujo de turistas ha venido creciendo sin parar, pero no lo es menos que no se ha encontrado la forma de organizar ese proceso. Y sobre llovido, mojado: la semana pasada, un viajero que llegaba de Madrid recibió su valija abierta, sin el candado y revuelta. Solo traía ropa sucia. Por lo que averiguó, ocurre regularmente.

Valga la obviedad: Ezeiza es, para los extranjeros, la carta de presentación del país.

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