Catalina Botero. "Hay riesgo de que se detengan los avances en la libertad de expresión"

Tras seis años al frente de la Relatoría de la Libertad de Expresión de la OEA, la abogada colombiana asegura que la sociedad aún no asumió la plena defensa de un derecho amenazado por intereses de grupo, censura indirecta y modos sutiles de persecución
Silvia Pisani
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27 de julio de 2014  

Washington. "La polarización extrema a la que se llegó en la Argentina no beneficia a ningún interés razonable", dice Catalina Botero. La colombiana que tiene a su cargo velar por la libertad de expresión en el continente es categórica en su denuncia a los gobiernos autoritarios que, en la región, se muestran intolerantes a la crítica y hacen del periodismo independiente su blanco enemigo.

"La tensión entre gobierno y periodismo crítico es natural. Pero cuando llega a niveles de intolerancia se vuelve insoportable y atenta contra el derecho básico de la democracia, que es el de expresarse y ser respetado por lo que se piensa", dice.

Reconocida por haber hecho de la Relatoría de la Libertad de Expresión (RELE) un órgano respetado y escuchado, incluso consultado por muchos gobiernos, se prepara para dejar el puesto en octubre próximo tras seis años de gestión (uno inicial y otro, por reelección) en los que puso el pecho a las presiones de gobiernos como los de Ecuador y Venezuela, que, incansablemente, la hicieron blanco de sus críticas y de sus embates para erosionar a ese organismo.

"No lo han conseguido y eso es todo un mensaje", asegura, satisfecha, aunque advierte para el futuro sobre la necesidad de "no perder la batalla cultural" por la libertad de expresión. Porque, en definitiva, son las sociedades las que tienen que entender su papel.

El diálogo con La Nación, una suerte de balance de su gestión en clave regional, transcurrió con la elección de su sucesor en el horizonte. Esta semana se supo que el elegido fue el uruguayo Edison Lanza, un periodista y abogado de perfil moderado.

La noticia significó un revés para la pretensión del gobierno argentino de impulsar allí al abogado y docente universitario Damián Loreti, uno de los autores de la controvertida ley de medios. Un desenlace que muchos entendieron como un revés para la aspiración de lograr avales con los que enfrentar los llamados de atención que se le vienen haciendo al país en materia de libertad de expresión.

Sin entrar para nada en esa cuestión, Botero está segura de que cede a su sucesor una Relatoría "mucho más fuerte y respetada". Una verdadera arma contra los posibles avances del autoritarismo, asegura. Lo que sigue son algunos tramos de su conversación con la nacion en esta ciudad, de la que se despedirá en octubre.

-Para empezar, una pregunta que parece obvia. ¿Qué pasa que, de pronto, la libertad de expresión está en la picota?

-Porque hay riesgo de perder la batalla cultural. Porque el discurso de los países del ALBA es que la libertad de expresión es la libertad de expresión de los ricos. O de los favorecidos. Y no de todos. Porque si eso avanza, se pierde la batalla cultural.

-¿Tan así?

-Yo creo que sí.

-¿En qué lo nota?

-En los impulsos por procesos de reforma que no tienen en cuenta los beneficios de la libertad de expresión, sino los intereses de un grupo. Cualquiera que sea. Y puede que sean intereses legítimos y muy legítimos. Pero que parten de un diagnóstico equivocado y cargan contra la libertad de expresión.

-¿Un ejemplo?

-Por ejemplo -y es sólo un ejemplo-, en algunos grupos del colectivo de transexuales y homosexuales. Vienen a la oficina a pedirme que hablemos de la libertad de expresión, pero, sobre todo, que hablemos de los límites a la libertad de expresión y, particularmente, de cómo podemos meter en la cárcel a la gente que discrimina.

-¿No está bien castigar a quien discrimina?

-El error es pedir que se aplique al otro la misma cláusula de silencio que te aplican a ti. Ése es el error.

-¿Y qué les dice, cuando se presentan estos casos?

-Yo lo que les digo es que lo único que tienen seguro, hoy, es la libertad de expresión. Claro, pueden decir que no tienen acceso a los medios en condiciones de igualdad, hay un tema de acceso complicado. Pero, en esencia, lo único que tienen es que les vamos a defender el derecho a salir a la calle a decir lo que quieran. Es un ejemplo para entender la esencia de la libertad de expresión. Es que si tú no tienes derecho de salir a la calle? no tienes nada. Te aplastan.

-¿ Qué decir de lo que ocurre en este terreno en la política?

-Hay un movimiento muy fuerte, muy poderoso, que con un discurso que puede tener algún grado de razonabilidad en algún punto, aunque yo no lo comparta y que, en todo caso, propone soluciones equivocadas, ataca a la libertad de expresión y temo que en la sociedad no hay comprensión de lo que eso significa.

-O sea, el diagnóstico vale como para justificar cualquier fórmula, bajo la pretensión de hacer justicia?

-Exacto. Y la fórmula suele ser, o bien el castigo a lo que me molesta, como en el caso anterior, o bien -o sumado- una asunción por el gobierno de la facultad de decir lo que está bien y lo que está mal. Una especie de "que sea el gobierno, el que fue elegido por nosotros y por nuestro bien, el que tenga la facultad de decirnos lo que está pasando". Ésa es la confusión tremenda.

-¿Cómo se explica que haya ocurrido ese proceso?

-Creo que es que a partir de los 90, con toda la transición hacia la democracia, el derecho reconoció todo lo que los gobiernos autoritarios habían negado. A la cabeza de eso estaba el derecho a la libertad de expresión, que es lo primero que violan. Es decir: nadie desaparece ni es torturado por el color de su piel. A la gente la desaparecen, la torturan o la matan por lo que piensa y por lo que dice. O sea, por la libertad de expresión.

-Pero hay niveles de autoritarismo. No todo es lo mismo.

-Claro. Sin embargo, la raíz es la misma. Una cosa es la desaparición forzada de personas. Otra, que vemos hoy, es "los meto a la cárcel porque me ofendieron" o "usted es un periodista de investigación y no puedo tolerar lo que investiga", por ejemplo. Por supuesto que hubo un avance enorme y las Constituciones lo reconocen. Lo que ha pasado es que en algunos Estados, con determinados gobiernos, ese derecho se ha debilitado y en otros, se detuvieron los avances que se vieron al comienzo de los 90.

-¿Podría decirse que parecen determinadas formas sutiles de persecución?

-Exacto. Se las llama "censura indirecta". Los gobiernos saben que existe y lo manejan en su beneficio. Lo que no me queda tan claro es que las sociedades sean tan conscientes de que eso está sucediendo. Que hay formas no tan obvias, sino mucho más sinuosas, para limitar el derecho de la expresión. Y eso va de la violencia contra periodistas, a no reconocer el derecho a preservar su fuente, o a distribuir la publicidad oficial con un criterio de premio al que es simpático al gobierno. También sucede cuando no hay acceso de sectores marginados al proceso comunicativo.

-¿Una deuda de la política pública?

-Es el caso claro de países que tienen población mayoritariamente indígena y que no tienen un solo medio de comunicación para expresarse en su propia lengua. Son sectores que tradicionalmente han sido marginados y que lo siguen estando.

-De allí a ver al periodismo independiente como enemigo hay sólo un paso.

-Ya se sabe que la naturaleza del periodismo es tener una relación tensa con los gobiernos. Eso es lo que ocurre al buen periodismo, que investiga y controla, sobre todo, a quienes ejecutan funciones públicas. El problema es la intolerancia de los gobiernos. Su incapacidad para asumir cualquier crítica o control, que vuelve esa tensión intolerable. Eso es algo que demuestran los gobiernos autoritarios con una serie de conductas típicas: tratan de captar la publicidad, intentan que no haya independencia de poderes, estigmatizan a quienes los critican y usan todo su poder mediático para excluir a las voces que no los aplauden. Son modelos que no están fundados en la deliberación democrática, sino en una suerte de visión única del líder. Algo que, desde su perspectiva, supone diluir los controles típicos del Estado de Derecho, y uno de esos controles es la libertad de expresión.

-¿Por eso dejaron inconclusa la reforma que supone el retorno a la democracia?

-Sí. Dejaron de avanzar en una larga lista de cosas. En dar mayor protección al periodismo de investigación, en el combate a las formas menos evidentes de censura. Se dejó de avanzar en el pluralismo y la diversidad. En el mejor acceso a la diversidad de voces.

-¿Cuál es su diagnóstico para la Argentina y cuál el desafío futuro?

-Prefiero que de los países se hable en los informes. En los que hemos producido este año hemos señalado, por un lado, la enorme polarización que existe en el país y que afecta al proceso comunicacional, una tarea en la que el Gobierno tiene enorme responsabilidad. Por el otro, la violencia contra periodistas. La estigmatización de los periodistas independientes. En medio, está pendiente que se cumpla la resolución de la Corte Suprema sobre transparencia en la distribución de la pauta oficial.

-¿Entonces, a quién podría decirse que beneficia la polarización en la Argentina?

-A nadie. Ése es el error. No le sirve al Gobierno, no les sirve a los medios y tampoco a la sociedad. No ayuda a la libertad de expresión, y el Gobierno debe ayudar a calmar la situación. Falta tolerancia por parte del Gobierno y hace falta incluir a todos en el proceso comunicacional, sin estigmatizar a nadie. La escalada de polarización a la que se llegó en la Argentina no sirve a ningún interés razonable.

-Hablamos de la tarea pendiente de la Relatoría. Pero, del otro lado, ¿en qué se ha avanzado en estos seis años de gestión?

-Es difícil contestar eso porque es hablar de mí. Prefiero que la tarea se evalúe a través de los informes y de lo que hacemos aquí. Pero creo que el primer desafío fue montar la Relatoría en sí. Cuando yo llegué, en octubre de 2008, la oficina llevaba mucho tiempo sin relator. No tenía recursos, no tenía equipo, estándares ni protocolos. Entonces, montar la oficina y volverla un referente regional fue toda una tarea. Hoy la Relatoría asesora a gobiernos en la toma de decisiones.

-¿En qué tipo de cuestiones le piden ayuda?

-Hay gobiernos que preguntan, por ejemplo, sobre alguna reforma legislativa, en la perspectiva de la libertad de expresión. Llegar a esa instancia, a la de ser referente y ser escuchados y tenidos en cuenta es un progreso enorme. Creo, también, que se ha avanzado en que los Estados entiendan que nuestra función no sólo es asesorar, sino también poner de manifiesto y señalar los problemas que existen.

-Algunos gobiernos, por ejemplo, el de Ecuador, el de Venezuela, han sido muy críticos con la Relatoría en general y con usted en particular.

-Sí. Han pretendido debilitar los mecanismos con que opera la Relatoría y no lo han conseguido. El fracaso de esos gobiernos manda un mensaje. Eso significa algo.

-¿Qué?

-Que hoy la Relatoría tiene una fortaleza muy superior. Una que, seguramente, sabrá aprovechar muy bien el futuro relator.

-A la hora de pensar en los panoramas por venir, ¿cuál es el desafío para adelante?

-Justamente eso. Saber poner de manifiesto los problemas. Señalarlos. No dejar de denunciarlos. Con la diplomacia del caso, evidentemente, pero con todas las letras y toda la firmeza.

Mano a mano

Una apasionada defensora del Derecho

Habla con indisimulable acento colombiano y cuentan que, en los tramos decisivos del reciente Mundial, cuando el seleccionado de su país pudo haber tenido chances, se la vio alentando al equipo vestida con los colores nacionales. Su patria de origen le tira y se le nota. Hay orgullo cuando cita autores nacionales, tanto en literatura como en Derecho, su otra pasión. Hubo un solo momento en la conversación en que Botero guardó silencio antes de contestar. Fue cuando se le preguntó, en lo personal, qué le habían dejado estos seis años al frente de la Relatoría. Fue entonces cuando conectó su trabajo con la felicidad. Con la sensación de bienestar que da hacer algo por ayudar a que se respete el trabajo, la seguridad y los valores de otro. "Cuando un periodista de México, o las radios comunitarias de Guatemala, o los periodistas que están en libertad condicional por ejercer su trabajo, de pronto aparecen y sienten que la Relatoría tuvo algo que ver en la defensa de sus derechos? Eso da una enorme satisfacción. Indescriptible. De todos estos años, si me tuviera que llevar algo, me llevo eso", dice. Con el brillo en los ojos que delata la emoción y la camiseta de su trabajo calzada, ahora sí, en el alma.

Un futuro posible, según Botero

¿Cuáles son sus expectativas en relación con las próximas acciones de la Relatoría?

"A mí me gusta definir a la Relatoría como una pequeña barquita que navega en una tormenta enorme. Y que lo hace bien. Es un equipo pequeño: somos apenas siete personas. Trabajo con tres abogados, una periodista y dos personas con funciones administrativas. Ése es el equipo básico para atender un campo de 35 países, muy heterogéneo, y en el que se hablan, por lo menos, cuatro lenguas oficiales. Un equipo pequeño para reportar lo que ocurre en esos 35 países, asesorar donde es posible asesorar, relevar los desafíos y litigar casos en el Sistema Interamericano de Derechos Humanos. Eso, además de los informes habituales y los reportes temáticos. Cuando yo llegué, en octubre de 2008, la Relatoría tenía un presupuesto de 60.000 dólares anuales. Hoy llega al millón de dólares. La mayoría, de donaciones. Estamos alojados en la sede de la Organización de Estados Americanos (OEA), pero somos independientes de su financiamiento. Nos financiamos totalmente nosotros mismos. Nos pagamos todo: desde el teléfono al papel. Es una estructura pequeña. Pero se ha probado fuerte y eficaz. Aun, en las peores tormentas".

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