Cavallo y la crisis de la economía

Joaquín Morales Solá
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29 de octubre de 2000  

Los mercados de capitales dieron, el miércoles último, lo que técnicamente podría llamarse un intento de golpe. Sin que mediaran mayores argumentos se desplomaron la Bolsa argentina y los bonos nacionales que se cotizan en las principales capitales del mundo; el riesgo país subió hasta hacer imposible el acceso nacional al crédito.

Esos indicadores mejoraron notablemente durante el jueves y el viernes, pero el ministro José Luis Machinea (la principal víctima de la conspiración presunta) regresó al país dispuesto a librar ese combate a todo o nada.

Su equipo -y él mismo- venía conjeturando la inminencia de días muy difíciles y peligrosos en los mercados de capitales. Machinea sabe que lo aguardarán la renuncia y el adiós si emergiera derrotado de esa refriega, quizás inminente.

En una senda paralela, el gobierno español (que representa al principal país inversor en la Argentina) hizo marcados gestos de aprobación y de respaldo a la administración de Fernando de la Rúa. El siempre distante rey Juan Carlos abandonó su clásica compostura para echar palabras de consuelo sobre las tristezas argentinas.

¿Acaso es posible que unos inversores confíen y otros no? En primer lugar debe hacerse necesaria distinción entre unos y otros inversores. Los capitales españoles representan por definición a las inversiones de riesgo (telefonía, petróleo, bancos, salud y electricidad, entre otros). Las inversiones que se sulfuraron contra la Argentina son, en cambio, pasajeras y especulativas, ceñidas al mercado de títulos, bonos y acciones.

Pero la Argentina necesita de estas últimas tanto como de las primeras. Su abultada deuda externa (que constituye el 50 por ciento de su producto bruto interno anual) confluye de pésima manera con una endiablada concentración de pagos en el año próximo, que la obligará a reclamar fondos en el mercado de capitales por unos 20 mil millones de dólares.

Esa vulnerabilidad del país sucede en un mundo financiero que está, por el momento, cerrando sus puertas a los mercados emergentes; lo empuja una crisis internacional (la vacilación de la paz en Medio Oriente, la suba del petróleo y la caída del euro) en la que la Argentina no tiene arte ni parte. Lejos de la culpa, estuvo cerca del error: la pescaron, en medio de la caída general, pidiéndoles a los bancos unos mil millones de dólares para afrontar obligaciones de su deuda externa.

Por eso el riesgo argentino no es la devaluación (lo que hicieron México y Brasil en 1994 y 1998); aquí, la propia sociedad podría dolarizar la economía antes de que el gobierno se diera cuenta. Sin embargo, los analistas financieros internacionales entrevén el peligro de un default argentino; es decir, de la cesación de pagos.

El lunes último, Domingo Cavallo volvió de sus habituales giras por el exterior preocupado por aquella extraña conjunción de tribulación internacional y de fragilidad interna, en la que influyen también la vasta crisis política vernácula y los sucesivos errores de sus principales protagonistas.

De la Rúa y Cavallo tienen mañas de viejos jugadores de truco: es suficiente que uno de ellos haga una seña, un gesto microscópico, para que el otro perciba la necesidad y la estrategia. Se conocen desde hace, por lo menos, veinte años.

Cavallo ya habló con Fernando de Santibañes, con Enrique Nosiglia, con Chrystian Colombo y con Cecilia Felgueras. Esos cuatro son operadores de De la Rúa.

A su vez, los mercados de capitales comenzaron a clamar por Cavallo. Santibañes suele decir que tales mercados se reducen a veces a la acción de quince o veinte operadores muy jóvenes en los centros financieros de Nueva York, Francfort, Tokio y Los Angeles.

El trazo grueso predomina en la opinión de esos brokers, demasiado distante de los países y de sus fiebres internas. Tienen sólo vagas referencias de nombres y prestigios: Cavallo, en este caso.

La sofisticación de algunos sistemas políticos en América latina (las coaliciones gobernantes en la Argentina y en Chile, y la novedad política de Vicente Fox, en México, por ejemplo) está obligando a un esfuerzo de comprensión para hacer compatible la globalización con las democracias de la región.

En Buenos Aires, un alto exponente del Ministerio de Economía recibió el jueves a representantes de un fondo de inversión que maneja bonos argentinos por más de mil millones de dólares.

Estos financistas deslizaron, sin caridad ni misericordia, que el gobierno argentino debía dar por superada la experiencia de Machinea y no recalar ni siquiera en Rodríguez Giavarini ni en López Murphy. Nadie hará mejores cosas que las que ya hizo Machinea, pero sólo Cavallo tiene la credibilidad de los mercados, aporrearon.

El funcionario argentino se sobresaltó y repreguntó: ¿Por qué la suerte de un país debe depender de un hombre? ¿Y si éste se enferma? , urgió. Después de una corta cavilación, uno de los brokers extranjeros le replicó, huraño: Bueno, pero ahora no está enfermo. Cavallo urdió su defensa y su armadura. En pocos días cauterizó las posibles sangrías: se reunió con Machinea (y ellos han intercambiado en sus vidas más favores de los que cualquier mortal puede imaginar) y Raúl Alfonsín le respondió en el acto a un pedido de entrevista; el ex presidente encontró, suelto y veloz, la oportunidad de recomponerse después de sus últimas irrupciones económicas.

Sucedió algo muy extraño: Cavallo calló sus agravios ¿Significa todo eso que él está próximo a ingresar en el gobierno? La incorporación del ex ministro a la administración delarruista será siempre una operación de muy intrincada ingeniería política, imposible de culminar en circunstancias que, como las actuales, son normales pero sensibles.

Puede asegurarse que la coalición terminaría hecha añicos si no se interpusiera un argumento demoledor para su regreso al poder.

Cavallo ha dicho que pondría como condición, para ingresar en el Gobierno, que el ex vicepresidente Carlos Alvarez fuera nombrado jefe del gabinete. La condición es inaceptable para De la Rúa (quien no podría tolerar que le impongan hasta su colaborador más cercano) y para el propio Alvarez (a quien le resultaría muy difícil explicar entonces por qué se fue de la vicepresidencia).

Jamás aceptaría ese ofrecimiento, aseguró Alvarez, que se apresta a reunirse con Cavallo en las próximas horas; el propio ex vicepresidente garantizó que no se irá de la Alianza ni abandonará su compromiso con el gobierno de la coalición.

No logró, con todo, despejar el interrogante que, después del anuncio de la creación de un movimiento social propio, tomó por asalto a la nación política: ¿Qué está haciendo Chacho? Alvarez ha sido demasiado cauto y evasivo en sus respuestas; parece deslizarse entre alternativas más que caminar sobre una certeza.

Sea como fuere, lo cierto es que todos esos protagonistas de la actual crisis tendrían un espectáculo ideal y terminado si Cavallo se convirtiera en un aliado sustancial del gobierno, pero sin ingresar en el gobierno.

El mismo Cavallo podría cosechar sus beneficios políticos de una gestión, aquí y en el extranjero, de respaldo a la administración delarruista. Es mejor el heroico estadista actual que el candidato al que abatieron la derrota y el exabrupto tras las elecciones de la Capital.

En cambio, el desembarco masivo del ex ministro en el poder será una posibilidad real sólo si De la Rúa debe optar, en algún momento, entre la resistencia o la ruina.

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