Censura en Internet

Por Federico Pinedo Para LA NACION
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8 de diciembre de 2001  

El juez federal Jeremy Fogel ha de haber logrado que los franceses retomaran el ritual de odio y acidez estomacal al que sin esfuerzo los incitan los norteamericanos. En el llamado "caso Yahoo", acaba de decidir que en los Estados Unidos (a diferencia de lo que a su criterio sucedería en Francia) rige la libertad de expresión. En consecuencia con tan augusto principio, sostiene el modesto juez de primera instancia, ni aun el más alto tribunal galo puede pretender controlar los contenidos que "ponen" en Internet las empresas que operan en su territorio.

De esta manera, la decisión de las cortes francesas que obligaba a Yahoo a poner en sus páginas filtros aún ineficaces para cumplir su cometido censor, se derrumbaba como un castillo de naipes soplado por los pulmones de quien puede ser calificado como un mero libertario o un feroz imperialista.

Mientras esto sucede, y genera rabietas y carcajadas en los diversos pueblos, aquí, en nuestra querida Buenos Aires, un fiscal y un juez de la primera horneada producida por la ciudad autónoma han intentado hacerse famosos. Para eso, estos funcionarios destinados a reprimir a los travestis de Palermo o a los contraventores del famoso Código de Convivencia Urbana generado por el progresismo local, han decidido agarrárselas con alguien que represente los oscuros intereses de la globalización. La elegida fue la presidenta del portal Terra, y el motivo, que su casa matriz en España había hecho un contrato con una compañía de otro país y que ésta tenía en su sitio unos jueguitos inofensivos, destinados a que los transeúntes del ciberespacio se quedaran perdiendo tiempo allí, en lugar de dedicar sus ocios a menesteres más fecundos. Se habría producido así, en opinión del juez porteño, una incitación a la "ludopatía" (algo así como la obsesión por jugar) que, en sus palabras, ponía en riesgo la convivencia.

Monopolio del vicio

Si de juegos se trata, mucho más divertido es leer sentencias o, para otros (otras), ponerse coloretes y rellenos en pos de automovilistas, aun a riesgo de enganchar los finos tacos en antiguos empedrados. Pero el juez consideró que más peligroso que esas aficiones es pretender competir con el Estado, que ostenta con convicción el derecho al monopolio del vicio. Lo cierto es que por este camino los funcionarios locales han avanzado hacia la trinchera de la que acaban de ser desalojados sus más encumbrados colegas franceses, que perdieron la toga y la peluca empolvada en el contraataque norteamericano.

Si los custodios del Código de Convivencia insistieran en esa tesitura, lo que se estaría penalizando sería, ni más ni menos, el hecho -en palabras de Su Señoría- de dar acceso a Internet (dentro de la que hay cosas espeluznantes), pues se considera que quien da acceso y muestra, está "promocionando" todos los productos que gente mentalmente enferma decida poner allí. Como puede verse, en la Argentina no nos hemos andado con chiquitas ni medias tintas: acceso y promoción han sido declarados las dos caras de la misma moneda y fuentes de pecado. La recatada y pequeña presidenta de Terra será puesta en la picota, para solaz del comerciante de su propio cuerpo, que seguirá correteando, no en el mundo virtual sino en el real, sin multa alguna.

Aquí no se ha parado mientes ni siquiera en el hecho evidente de que el caso bajo análisis corresponde a la jurisdicción de los jueces federales argentinos, a menos que se sostenga que la red mundial sobre la que descansa la odiada globalización (detestable como las inundaciones o las plagas) puede considerarse un fenómeno local, sin impacto en las demás provincias de nuestra patria. De ese modo, la regulación de Internet (que es algo así como la regulación del cerebro de cada internauta) pasaría a ser no materia disponible para cientos de países, sino de miles o millones de regiones o municipios.

Para desgracia de los funcionarios que protegen nuestra integridad personal y nuestra convivencia, la Red nació y se desarrolló sin regulaciones y, para colmo de males, es interactiva, esto es, cualquiera puede meter allí lo que se le ocurra. ¿Entonces? ¿Qué haremos? El juez de Francia había obligado a instalar un muro alrededor de su patria, pero se le cayó, como el Muro de Berlín, y tal vez, si uno se pone a pensar, por las mismas causas. Quizá tenga razón nuestro juez criollo. El tema se arregla cortando por lo sano, multando a los ejecutivos de Internet y, si resisten, castigándolos con prisión o pena de galeras.

Estimado lector: por favor no se le ocurra reírse de mis reflexiones, que esto no es cosa de risa. Además, si se ríe una cantidad considerable de gente, será clara mi incitación a la ludopatía e iré a dar con mis huesos a la celda de al lado de la del presidente de cualquier multinacional.

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