Centenario: la aventura antártica

Hace un siglo, la Argentina se instalaba en las islas Orcadas del Sur, en el norte de la Antártida, e iniciaba una epopeya en la zona más austral del planeta que, de manera ininterrumpida, continúa hasta hoy
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22 de febrero de 2004  

Hoy se cumplen 100 años de la ocupación ininterrumpida, por parte de la República Argentina, de las instalaciones erigidas en la Isla Laurie del Grupo de las Orcadas del Sur, que en un principio constituyeron el Observatorio Meteorológico y Magnético argentino. Dichas islas fueron descubiertas por el lobero inglés George Powell, quien a bordo de su barco "Dove", buscando loberías más al Este de las conocidas, llegó el 6 de diciembre de 1821 a sus playas. El grupo está formado por un conjunto de islas montañosas y escarpadas, entre los paralelos 60° y 61° de latitud Sur y entre los meridianos 44° y 47° de longitud Oeste, de las cuales las dos más grandes se llaman Laurie, la oriental, y Coronación, la occidental. Las dos más pequeñas son llamadas Powell, como su descubridor y Signy, completando el grupo numerosas islas menores, islotes y arrecifes.

Por su posición geográfica, cercana al mar de Weddell, su clima, que recibe la influencia de esa gran masa de agua muy fría, hiela en invierno el mar que rodea sus costas, cubriendo además de nieve y hielo las laderas de sus montañas que en general descienden al mar en forma abrupta.

Con motivo de las recomendaciones del VII Congreso Internacional de Geografía de Berlín de 1899, que instaba a las naciones a incrementar el conocimiento de aquellos parajes del mundo que permanecían inexplorados, la Real Sociedad de Geografía de Escocia organizó una expedición a aguas antárticas. En noviembre de 1902 puso proa a la Antártida el bergantín "Scotia", en una expedición al mando de William Bruce, con el objeto de adentrarse en el mar de Weddel, cosa que hizo al llegar en enero del año siguiente, explorando hasta los 65° de latitud Sur y 17° de longitud Oeste, donde lo detuvo el pack formado por el agua helada. Decidió entonces dirigirse a las Orcadas, islas que ya conocía de un viaje anterior, y penetró en una bahía situada en la costa sur de la isla Laurie.

Como esto ocurrió a fines del mes de marzo, el mar de la bahía se congeló y atrapó en el hielo al "Scotia" (esa bahía hoy lleva su nombre). A raíz de ese hecho, Bruce y sus compañeros de aventura decidieron quedarse a invernar en tierra, para lo cual construyeron una precaria casilla de madera, forrada con lona y protegida por fuera con piedras, a la que llamaron Omond House, en honor de uno de los patrocinadores de la expedición. A ella agregaron otra pequeña casilla para la instalación del instrumental meteorológico y de medición del magnetismo terrestre.

La comisión que se destacó para vivir en tierra estaba compuesta por seis científicos, encabezados por el meteorólogo Robert Mossman, y comprendía a geólogos, naturalistas y biólogos. Producido el deshielo, Bruce decidió en noviembre dirigirse a Buenos Aires, ya que su barco necesitaba reparaciones, y dejó a la comisión científica en tierra.

Al llegar a la capital, el expedicionario se encontró con una gran urbe, con sus edificios y palacios que comenzaban, en ese principio de siglo, a surgir en la parte norte de la ciudad. También se encontró con una población ya acostumbrada a recibir pioneros de las expediciones al sexto continente y entusiasmada por el reciente regreso triunfal de la Corbeta "Uruguay" del rescate de la expedición del doctor Nordensjöld. También se contactó con algunos científicos argentinos y consideró la posibilidad de que, una vez retirados Mossman y sus colaboradores, otra comisión continuara efectuando los estudios y observaciones iniciadas, para lo cual ofreció al Gobierno argentino la venta de las instalaciones. El perito Francisco P. Moreno y Walter Davis, director de la Oficina Meteorológica Argentina, visitaron a Carlos Ibarguren, subsecretario del Ministerio de Agricultura, que inmediatamente comprendió la importancia que tendría para el país --no sólo por el interés científico, sino también por el político y el práctico, ya que con la compra de las instalaciones en la isla Laurie se tomaría posesión del territorio-- e interesó al Presidente de la Nación, Julio A. Roca, quien el 2 de enero de 1904 firmó el decreto aceptando la transferencia. La transacción se hizo en la suma de 5000 pesos pero, por especial pedido de Bruce, la suma no apareció en el decreto, ya que deseaba que la transacción se tomara como una operación privada y no como una transferencia oficial entre gobiernos. La operación trajo largos años de protestas diplomáticas del Reino Unido, que reclamaba la soberanía de las islas, pero sin fundamento, ya que la operación había sido privada, sin intervención de la legación inglesa.

En febrero de 1904 regresó el "Scotia" a la isla Laurie transportando a la comisión que quedaría a cargo del observatorio, y el 22 se realizó el traspaso, arriando el pabellón escocés rojo con un león dorado e izando el blanco y celeste que, a partir de ese día, continuó ondeando sin interrupción. Así se constituyó el primer asentamiento humano permanente, compuesto por Mossman y el cocinero William Smith, que permanecieron otro año más, los argentinos Luciano H. Valette (naturalista) y Hugo Acuña (funcionario del Ministerio de Agricultura) y el alemán Edgar Szmula (meteorólogo).

La vida de esa primera comisión en las precarias instalaciones fue muy difícil, y se conocen sus peripecias a través del relato efectuado en 1906 por Valette quien, luego de describir el paisaje bastante hostil, contaba cómo era la casa, dónde convivían todos en una sola habitación --que además de dormitorio era comedor, laboratorio, etcétera--, bastante "ventilada" por los fuertes vientos helados de 100 km/hora que hacían imposible mantener una temperatura adecuada para el cuerpo humano.

Así fueron los primeros aventurados pasos de los hombres a quienes debemos la ocupación argentina en la Antártida, hombres que fueron forjando ese historial de heroicidad que hoy leemos con respeto y admiración.

Finalmente, el último día del año arribó nuevamente la corbeta "Uruguay" con los integrantes de la nueva dotación que invernaría durante 1905, formada exclusivamente por extranjeros.

No debe extrañar, en aquellos primeros años de la ocupación de Orcadas, la ausencia de argentinos, que en general eran descendientes de latinos, ya que nuestra población no estaba habituada a vivir en regiones polares, al contrario de los anglosajones del norte de Europa.

Esa comisión construyó una nueva casa, compuesta ya por paredes dobles de madera con aserrín en el medio y recubiertas con un material asfáltico llamado ruberoid, que la aislaba del frío. La construcción, que aún existe, fue bautizada años más tarde como Casa Moneta, en honor de un argentino que invernó durante 4 años alternados en el Observatorio, autor del libro titulado Cuatro años en las Orcadas del Sur. Todos los veranos a partir de ése, en los primeros años, continuaron los relevos de las dotaciones y el transporte de carbón, víveres y otros materiales por intermedio de la corbeta "Uruguay" de la Armada, y ésas fueron las primeras operaciones de apoyo logístico en la Antártida. En 1922, la vieja "Uruguay", hoy amarrada en el puerto capitalino, realizó su último viaje a las Orcadas.

A partir de la década del 30, los integrantes argentinos de las dotaciones fueron aumentando en número hasta que, desde 1938, todos fueron argentinos nativos. También las instalaciones se fueron completando con otras construcciones, necesarias para su eficiente funcionamiento.

Ya en los años 40, la Armada comenzó a ampliar sus expediciones visitando las Orcadas con diversos buques de guerra y, en 1951, se hizo cargo de las instalaciones, que pasaron a llamarse Destacamento Naval Orcadas. Las dotaciones de la Armada compuestas por entre 10 y 12 hombres continuaron realizando observaciones meteorológicas, glaciológicas, de flora y fauna, y mediciones de la declinación magnética utilizadas diariamente por el Servicio Meteorológico Nacional y por el Instituto Antártico Argentino.

Cuando se analizan los informes anuales de los sucesivos jefes del destacamento, se comprende la férrea voluntad que debían prestar esos pocos hombres para cumplir con las tareas diarias, sobre todo considerando que sólo una vez al año recibían el reabastecimiento del buque de la Armada, que en ocasiones debía realizar penosas navegaciones en el hielo y difíciles penetraciones a algunas de las dos bahías.

En 1954, al incorporarse a la Armada el rompehielos ARA "San Martín", el problema de las penetraciones fue solucionado, no así el de los témpanos. Pese a los inconvenientes, en cada verano fueron llegando materiales que permitieron seguir ampliando las instalaciones con la construcción de galpones, usinas y frigoríficos. En 1969 se construyó una nueva casa, que fue arrasada totalmente por un incendio en 1975. En 1979, ante la necesidad de modernizar la vivienda de acuerdo con las tendencias que iban apareciendo en el mundo, comenzó la construcción de una casa con paredes y techo de paneles plásticos, montada sobre cabriadas metálicas, que fue finalizada en 1982. También se fueron incorporando modernos equipos de comunicaciones y computación y últimamente se instaló una antena satelital, que no sólo permite efectuar las conexiones radiales con todo el mundo sino que posibilita al personal destinado recibir señales televisivas. ¡Qué diferencia con la vida de aquellos primeros habitantes!

Finalmente, en 1982, junto con el resto de las instalaciones antárticas argentinas, el Destacamento Naval pasó a denominarse Base Orcadas por la Disposición N° 18 del Director Nacional del Antártico.

La ocupación en 1904 de las Islas Orcadas, por parte de Argentina, permite afirmar que ningún otro país del mundo puede ostentar una ocupación efectiva más intensa y continuada en el continente antártico. Esa ocupación brindó incalculables beneficios a la ciencia y a la navegación internacionales durante casi todo el siglo XX que acabamos de transitar.

La visión de los gobernantes de aquel momento, en especial la de Carlos Ibarguren --con quien los argentinos tenemos una deuda de gratitud--, dotado de una estupenda intuición, gestó esta ocupación permanente, pensada a partir de la idea, que él mismo manifestó, de "que era un primer paso tornando así efectiva la posesión de lo que era y es parte integrante de nuestro país".

Crónica de una hazaña polar

Recuerdos del jefe de la última expedición terrestre al Polo Sur

En la larga e intrépida marcha hacia la conquista del punto más lejano de nuestro territorio, llegar hasta el límite austral, el Polo Sur, resultó para los pioneros antárticos argentinos (desde el legendario general de división Hernán Pujato hasta el general de división Jorge E. Leal, quien lo logró por primera vez) una riesgosa empresa desde mediados del siglo pasado.

En el año 2000, al mando del teniente coronel Víctor Figueroa, se realizó la última expedición terrestre del Ejército, que partió de la Base General Belgrano en noviembre de 1999, llegó hasta el Polo Sur Geográfico en enero del año siguiente, regresó por la misma ruta y arribó casi dos meses después a la base. Fueron más de 54 días.

Figueroa es un hombre de mediana estatura, compacto. Comenta que "a diferencia del resto de las expediciones, la nuestra llegó al Polo Sur y volvió al punto de partida en snowmobile (motos con orugas para la nieve). También la diferenció el no haber contado con apoyo aéreo para la instalación de los depósitos de combustible ni para los reconocimientos de ruta, siendo la primera expedición en el mundo totalmente autónoma."

Los expedicionarios llevaban colocados en la cabeza pasamontañas, anteojos, un casco con abrigo y una visera con protección para los rayos ultravioleta, además del abrigo. Cuando tenían que marchar con blizzard (tipo de viento que arrastra nieve a pocos centímetros de la superficie), se colocaban una campera de goretex.

"En varias oportunidades sentimos frío a punto de congelarnos los dedos --recuerda Figueroa--, generalmente por la inmovilidad a la que estábamos expuestos arriba de las motos a pesar de que todas contaban en ambos manubrios con una resistencia que nos proporcionaba más calor."

Los exploradores tuvieron que enfrentarse con el extenuante desafío de unir la distancia que separa a la base Belgrano del Polo Sur, que en línea recta es de unos 1400 km, aunque las dificultades del terreno los obligaron a realizar entre 10 y 20 km más cada 100 recorridos. En un día soleado, con una temperatura de más de diez grados bajo cero, el 28 de noviembre de 1999, partieron a la conquista del desierto blanco. Detrás del teniente coronel Víctor Figueroa, jefe de la expedición, se encolumnaron el capitán Nicolás E. Bernardi, médico a cargo de los trabajos científicos; el suboficial principal Julio César Dobarganes, técnico mecánico; el sargento ayudante Ramón Rosamel Celayes, técnico topógrafo y navegante; el sargento ayudante Luis Armando Cataldo, técnico polar y navegante; el sargento primero Juan José Brusasca, técnico mecánico de radio y camarógrafo, y el sargento primero Daniel Rafael Paz, técnico mecánico.

Para los casi dos meses que duró el trayecto contaron con siete motos de 540 cc con capacidad de arrastre de 600 kg; diez trineos de metal y once de madera, y 490 kg de racionamiento. A pesar de las muy bajas temperaturas imperantes, Figueroa intuía con qué riesgos se enfrentarían, ya que durante la etapa de entrenamiento habían padecido la presencia de grietas. "A 300 km de la base comenzaron a aparecer los primeros problemas, en la forma de un gran campo de grietas que nos impedía el paso. Entonces tratamos de rodearlas, pero fue imposible porque una serie de glaciares nos obligó a regresar y buscar un pasaje seguro. En ese intento algunos trineos quedaron atrapados. Nos llevó más de una semana sortear ese campo, realizando reconocimientos y sondeándolo. Rogaba que nadie fuera tragado por una de ellas y que la Virgen de las Nieves nos protegiera (llevábamos su imagen para dejarla allá)".

Después de salir airosos del lugar, denominado Paso Saravia, por el cual debieron pasar tres veces para trasladar combustible y víveres, la ruta fue un poco más segura. Sin embargo, se quedaron dos días en carpa a los 82º de latitud sur (en donde funcionó la base Alférez Sobral) a la espera de mejores condiciones de visibilidad. Para la instalación del campamento, Figueroa comenta que se realizaba un sondeo previo con el fin de evitar las grietas y que luego marcaban el perímetro en el que podían moverse, un paso muy tenido en cuenta después de la triste experiencia de 1993, cuando el jefe de una expedición noruega (cuyo objetivo era llegar al Polo Sur y recobrar la carpa de la expedición de Ronald Amundsen, que se encuentra bajo hielo desde 1910) se levantó una noche y desapareció en una profunda grieta a pocos metros de su carpa. "No recuerdo cuántas veces hicimos carpa, pero fueron muchas. Cuando al levantarnos nos encontrábamos con las motos tapadas por la nieve, lo tomábamos con calma y buen humor ."

A mediados de diciembre tuvieron que sortear por más de ocho horas un sector de sastrugis (terreno deformado por la erosión del viento sobre la nieve) de unos 20 kilómetros, cuyas caídas eran tan profundas que era como transitar con las motos por un campo arado con surcos de hasta un metro, por lo cual los vehículos sufrieron un desgaste extra. "Fue durísimo, los trineos se rompían o se daban vuelta continuamente. Seguir era peligroso. Nosotros sabíamos que toda cadena montañosa en la Antártida produce grandes fracturas en los glaciares y abre grietas que se extienden por cientos de kilómetros."

Con el paso de las horas, el blanqueo se convirtió en temporal de viento y nieve, por lo que resultaba peligroso para Figueroa ordenar a sus hombres salir de las carpas. "Dentro de la carpa todo se hacía muy monótono y la incertidumbre me invadía. Para entonces habían pasado tres días, lo que suele durar un temporal en esta época del año (18 de diciembre), pero no nos quedaba más que esperar". Unos días antes de Navidad continuó el mal tiempo, y recién en la mañana del 24 de diciembre el viento calmó. "A veces, sin saber la hora por la luz solar, solíamos mirar alrededor y veíamos un panorama desolador."

"Vamos que llegamos"

Como jefe de la expedición, siempre fijaba una hora de partida y a esa hora todos estaban listos. "Si teníamos que salir a las tres de la mañana, todos felices. Costaba salir del saco de dormir y un rato antes prendíamos el calentador para entibiar la carpa. El desayuno se preparaba estando adentro de la bolsa de dormir, el resto se hacía muy rápido para entrar en calor y, a la voz de "vamos que llegamos" (nuestra muletilla en la marcha), aquél que terminaba primero ayudaba a los demás para arrancar las motos, lo que a una temperatura de -40° no era tarea sencilla."

El fin de año sorprendió a Figueroa y a sus hombres a 440 km del Polo Sur, a pesar de que la idea original era festejar el nuevo milenio con la bandera enarbolada y saludando a los argentinos. El último tramo estuvo colmado de ansiedad. Los expedicionarios no veían la hora de llegar y cuanto más se acercaban a la meta más crecía la incertidumbre. Figueroa sólo rogaba que el GPS (Sistema de Posicionamiento Global) no los traicionara. "Al llegar a los 25 km del Polo Sur debíamos ver los tan esperados puntitos negros de la estación norteamericana Amundsen Scott, pero todavía no observábamos nada. Faltando 18 km aparecieron los condenados puntitos. ¡Habíamos llegado! Entonces sólo era cuestión de tiempo. El 5 de enero de 2000, a las 8, nos abrazamos, sentimos una emoción indescriptible, y aparecieron algunas lágrimas. Habíamos cumplido. Dimos gracias a Dios y a la Virgen de la Nieves, a todos los que colaboraron con nuestra marcha, y entonamos las estrofas del Himno mientras izábamos nuestra bandera celeste y blanca".

Cuando llegaron a la estación norteamericana fueron recibidos por los jefes de la dotación y del cuerpo de científicos, quienes les preguntaron de inmediato: ¿De dónde son y desde dónde vienen? ¿qué medios utilizaron? "Cuando les respondimos que éramos de la base argentina General Belgrano 2 --dice Figueroa--, no podían creerlo. Cuando les dijimos que regresaríamos por el mismo camino, la sorpresa fue aún mayor. Pensaban que volveríamos en algún vuelo Hercúles. Al saber que integrábamos una expedición oficial científica pusieron a nuestra disposición todas las instalaciones (talleres para reparar los motos y los trineos, y el edificio para las radioconversaciones) y nos hicieron sentir como en nuestra casa. En la estación más austral del Planeta estuvimos cuatro días, como invitados especiales. Claro que después de decirles que hacía 39 días que habíamos salido nos ofrecieron una buena ducha".

"Preparen el asado"

El regreso de la expedición fue por el mismo camino. A veces veían sus huellas y tenían que encontrar los depósitos de combustible que fueron dejando para poder reabastecerse, juntando todos los desechos producidos para llevarlos a la base. "Fue muy duro --rememora el militar--, ya que con el afán de llegar cuanto antes a veces marchábamos más de un día, y algunas otras nos quedábamos dormidos manejando. Los peligros fueron los mismos, pero al no llevar tanto peso pudimos sortearlos con la velocidad de las motos."

Durante toda la marcha rumbo al Polo Sur las comunicaciones fueron indispensables para saber en que día marchaban, ya que al tener 24 horas de luz perdían la noción del tiempo y el contacto con tierra firme."Como con la base tuvimos permanente contacto por radio, y siempre sabían en donde andábamos, faltando unas siete horas para llegar les dije: ?Prepararen un buen asado´".

Las siguientes horas fueron complicadas porque una inesperada tormenta de nieve dificultó la marcha de las motos, que se enterraban. "Pero ya teníamos ganas de llegar y dormir en una cama --agrega el militar--, por lo que seguimos adelante y, en inmediaciones de la base, las condiciones mejoraron. Dos integrantes de la dotación vinieron a nuestro encuentro. Cuando llegamos estaban con sus cámaras de fotos y un gran cartel: ?Bienvenidos´. Fue muy emotivo, todos festejamos, había sido un triunfo del conjunto".

Pero el viaje al Polo Sur no había sido sólo una hazaña de coraje y resistencia de hombres y equipos. Durante los meses de marcha se efectuaron observaciones científicas y técnicas de geología, gravimetría y meteorología, mediciones de la capa de ozono y relacionadas con temas neurológicos de comportamiento humano

"No tendría problemas en volver al Polo, pero creo que hay que darle paso a otros --dice hoy Figueroa--. Hay muy pocos días en la semana en que no pasen por mi mente las imágenes de la expedición. Sólo en equipo pudimos lograrlo y no quedar en el camino, como tantos otros infortunados."

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