China va por el oro

El gigante amarillo cambiará más de lo que cambiarían otros países en 10 años
(0)
23 de diciembre de 2001  

PEKIN

China va a cambiar en 2002 más de lo que cambiará la mayor parte de los países en una década. Como no hay revolución, muy pocos entre los 1300 millones de habitantes habrán de sustraerse a sus resultados. Un nuevo líder tomará el timón del gobernante Partido Comunista en octubre. De todos los desafíos a que deberá hacer frente Hu Jintao, ninguno ha de ser tan espinoso como el de desenvolverse con la incorporación de su país a la Organización Mundial del Comercio (OMC). Las barreras tarifarias a los artículos extranjeros comenzarán a bajar, con la consiguiente desocupación. Los bancos de China contraerán mayores deudas y se reducirán las rentas del sector agrícola.

Semejante cuadro de los desafíos pendientes bastaría para arredrar al más pintado. Pero, por razones de orgullo nacional, China ha decidido agregar a su ambiciosa agenda otro ítem: el año 2008. El mundo acudirá entonces a ver cómo llega a Pekín la antorcha olímpica. A tal fin, un gigantesco programa de construcciones y embellecimiento por valor de 22.000 millones de dólares se inaugura el año próximo.

Pero el verdadero desafío para Hu y sus colegas nada tiene que ver con rascacielos o cables de fibra óptica; será cuestión de saber si son capaces de crear un país que para 2008 esté a la altura de esas instalaciones de clase internacional. La respuesta es: casi. Las cosas que no cambiarán en 2002 -los hábitos autoritarios y la persistencia de balances deficitarios en las empresas del Estado- serán las cosas que desilusionen.

El éxito de la opción para los Juegos Olímpicos 2008 fue visto por muchos chinos no sólo como una señal de aquiescencia por parte de la comunidad internacional, sino también como una afirmación de que el arduo ritmo de la transformación económica de China durante los últimos 22 años bien valió la pena. Pero ahora el brillo del triunfo habrá de opacarse. Los dirigentes de China, sus corporaciones y asesores de política serán puestos a prueba.

China está en vías de incorporarse oficialmente a la OMC en la primera mitad del año. Su entrada marcará la primera vez en miles de años del Estado chino que el Middle Kingdom accede voluntariamente a realizar reformas económicas de largo alcance de conformidad con los requerimientos de una autoridad del otro lado de las fronteras. Significará que casi todos los sectores de la economía estarán eventualmente abiertos a la competencia internacional. Para los hombres de negocios extranjeros que operan en China, representará un nivel de comodidad y una forma de reparación legal dentro del sistema de arbitraje de disputas de la OMC, que hasta ahora brillaba por su ausencia.

Aunque los verdaderos alcances de la apertura de mercado no se conocerán hasta cinco años después del ingreso, las eventuales alteraciones -y aun las convulsiones- serán perceptibles en 2002. Si las ondas de choque del ataque terrorista en Nueva York y Washington empujan al mundo a una recesión, el incremento de la inversión directa de capitales extranjeros que esperaba Pekín podría quedar sin efecto. El intercambio, entretanto, no parece el más propicio. Las exportaciones dieron señales de retroceso este año y se anticipa una considerable reducción del superávit de la balanza comercial para el próximo, actualizando el enojoso debate -oído ya en 1999- en torno de la devaluación de la moneda.

Esas dificultades se combinarán para formar una mezcla volátil. El intercambio comercial y las inversiones extranjeras han configurado un componente cada vez más importante del PBI en los últimos años, de donde se infiere que una recesión global habría de repercutir muy sensiblemente. Empero, con la incorporación en la OMC, China se compromete a una completa perestroika de sus industrias financieras, manufactureras y agrícolas. Por primera vez, alrededor de cinco millones de personas quedarán sin trabajo en 2002. Este fantasma no inquieta solamente a los obreros chinos; petrifica también a la dirigencia política.

El primer ministro, Zhu Rongji, que continuará a cargo de la política económica al menos por otro año, es consciente de que, si quiere desalentar una rebelión social tendrá que mantener la tasa de crecimiento por encima del 6 por ciento anual. Enormes gastos gubernamentales serán usados una vez más en 2002 con ese propósito. Cerca de 150.000 millones de yuan ($ 18.000 millones) del tesoro público se gastarán en proyectos de infraestructura concebidos primordialmente para crear empleos y estimular el gasto de los consumidores. Los economistas creen, sin embargo, que serán necesarios hasta 150.000 millones de yuan. Cuanto más se gaste, más abultada es la deuda pública. Es probable que el gobierno de China esté ya más endeudado que el de Japón: un dolor de cabeza que se agudizará el año próximo.

Las presiones internas muy bien podrían traducirse en menoscabo de las relaciones exteriores. El año entrante dirá cuán duradero va a ser el respaldo del gobierno a la guerra de Estados Unidos contra el terrorismo. ¿Es en realidad una cuestión de apoyo a Washington o es que China detesta el fundamentalismo islámico, particularmente en sus provincias occidentales? China desea el aplastamiento del fundamentalismo islámico en Afganistán tanto como los Estados Unidos. Pero los conflictos pueden presentarse cuando el régimen postalibán que se instaure, frágil y dividido, mire hacia el exterior en busca de aliados. China, lo mismo que Rusia y los Estados Unidos, querrá establecer su influencia. La implacable oposición de China a los planes norteamericanos de defensa nacional antimisiles es susceptible de afectar las relaciones.

Esas preocupaciones van a recaer sobre espaldas más jóvenes en 2002, al menos oficialmente. Hu ocupará el lugar de Jiang Zemin como secretario general del Partido Comunista en el XVI Congreso en otoño (septentrional). Funcionario de carrera política dentro del Partido, Hu hizo amistades cuando administró el Tibet en la década de 1980 y más recientemente en la Escuela del Partido. Ahí van los altos miembros por las dosis regulares de Mao Zedong Pensamiento y Deng Xiaoping Teoría . Nuevo en el syllabus en 2002 será Jiang Zemin Pensamiento . Jiang seguirá en la jefatura de las fuerzas armadas en el 2002 y más allá. Con el ejército a sus órdenes, espera continuar como árbitro de las decisiones.

Sin embargo, hay síntomas de que no le será permitido. Cuando anunció, a principios de 2001, que debería incentivarse a individuos de la empresa privada para que se incorporaran al Partido, muchos conspicuos correligionarios le reprocharon que no los hubiese consultado. La política siguió su curso, y será consagrada en 2002, pero la conmoción reveló los límites de la autoridad de Jiang Zemin. Hu es popular, si no carismático, y parece una opción prudente. Otros cargos van a ser discutidos con mayor vehemencia. Vean la precipitada campaña para suceder al premier Zhu en 2003. El viceprimer ministro Wen Jiabao es uno de los favoritos, pero un amigo de Jiang, Li Changchung, actualmente gobernador de la provincia de Guangdong, muy bien podría introducirse. Docenas de otros cargos principales cambiarán de mano entre este año y el próximo, estableciendo la línea de política por seguir en los años venideros.

Esta nueva generación deberá hacer frente a un cúmulo de problemas, pero ninguno tan delicado como el concerniente a la forma de continuar la reforma política. Una cuestión que urge. Los casos de corrupción en altas esferas han escandalizado a la opinión pública china. En uno de esos casos se puso al descubierto que Shenyang, la quinta ciudad de China en orden de importancia, estaba sometida a las arbitrariedades de una mafia implacable que controla la intendencia municipal, los impuestos, la Fiscalía y otras dependencias Las autoridades del partido han tratado de poner orden sin contemplaciones; ahora, altos funcionarios están siendo pasados por las armas o encarcelados. Se espera aún más de lo mismo para 2002. Pero la negativa del partido a admitir la simple verdad de que el poder total corrompe absolutamente está indicando que el éxito verdadero continuará siendo inalcanzable.

Corrupción, una deuda pública enorme y un gobierno autoritario: China tendrá todas esas cosas en 2002. Pero los cambios que se realizan, crucialmente, apuntan todos en la dirección correcta: hacer de China una nación próspera, más satisfecha de su posición en el mundo. Si Hu y compañía son capaces de administrar esta difícil transición hasta 2008, merecerán una medalla olímpica.

El autor es corresponsal del Financial Times en Pekín.

Los dilemas de Hong Kong

Hong Kong está perdiendo su esplendor. China, no. Hong Kong es la que hace ahora las prendas de vestir, juguetes de plástico y aparatos de radio para el mundo. Desde el verano de 1997, cuando turistas y periodistas confluyeron allí para presenciar la colorida ceremonia de su transferencia a la soberanía china, el lugar ha perdido mucho de su encanto y de su bullicio económico. En 2002, incluso los visitantes procedentes de China continental -para los que cualquier otro lugar es colorido- preferirán gastar su tiempo y su dinero en tierras genuinamente extranjeras como Tailandia y la Toscana.

Para hacer a Hong Kong de nuevo interesante, el gobierno está gastando una fortuna en un Disneyland con características chinas, cerca del moderno aeropuerto internacional legado por las autoridades británicas salientes. Pero Disneylandia no se abrirá hasta 2005. Hasta entonces, la economía tendrá que mantenerse activa con inyecciones intravenosas de financiamiento deficitario, un hábito de reciente data que el gobierno promete desterrar.

Hong Kong sigue siendo deliciosamente diferente del resto de la madre patria china. Sus habitantes siguen tomándoles el pelo a los dirigentes con caricaturas llenas de intención aviesa, y les está permitido encender velas y entonar canciones democráticas en Victoria Park para conmemorar la masacre de Pekín del 4 de junio de 1989... exteriorizaciones todas estas que al otro lado de los límites de la ciudad son todavía pasibles de severo castigo. Pero en cambio comparten con el continente una veterana institución política: la manipulación de las elecciones. En 2002, el impopular director ejecutivo Tung Chee-hwa será casi seguramente "reelegido" por un comité cuyos miembros han sido seleccionados por los siete ancianos del Politburó del Partido Comunista Chino en Pekín.

Otra mala costumbre que Hong Kong está adquiriendo del continente es la publicación de números ficticios. En 2000, por ejemplo, el gobierno de Hong Kong informó incorrectamente que la economía había crecido el 10,5 por ciento. Esto no era evidencia de una economía floreciente, sino de una estadística errática que suele ocultarse en los intestinos de la burocracia: el PBI deflacionario.

Los funcionarios responsables prometieron corregir esta relación en 2002. Lo que implicará también datos económicos más opacos.

(Traducción de Jorge Ortiz Barili)

Por un islam moderno

La oligarquía regional, con los días contados

LONDRES

No. Crucemos los dedos. No estamos encaminándonos hacia el temible Choque de Civilizaciones, la Venganza de Alá, la Ultima Cruzada. A pesar de todo el horror y la histeria desde el 11 de septiembre último, tanto musulmanes como occidentales todavía pueden tener la esperanza de que un día serán buenos vecinos y, quizás, aliados que luchen hombro a hombro si, durante esta centuria, China resulta ser el auténtico problema de la época y una amenaza para ambos.

Aunque, en términos generales, hombres como Osama ben Laden pueden navegar sobre las turbulentas correntadas del resentimiento antioccidental que fluyen por todo el mundo musulmán, un creciente número de musulmanes con mayor capacidad de discernimiento comenzó a darse cuenta de que, en gran medida, esa turbulencia tiene origen en un pasado que se desvanece gradualmente; además, esos musulmanes más perspicaces también observan que aunque entre el islam y Occidente siempre habrá ciertas diferencias sustentadas en la religión, existen muchas cosas en "el estilo de vida occidental" que les gustaría compartir, para lo cual un Choque de Civilizaciones no servirá de nada. La marea, en suma, va a cambiar.

Uno de los objetivos de Osama ben Laden en septiembre último, según expresó, fue resolver el conflicto entre Palestina e Israel. Lo que quiso decir con eso fue borrar a Israel del mapa; no mató a varios miles de personas tan sólo para promover un cambio respecto de unas pocas decenas de kilómetros cuadrados en una futura frontera israelí-palestina. Sin embargo, la mayoría de los palestinos, de acuerdo con Yasser Arafat, acepta la existencia permanente de Israel, y lo propio puede decirse de la mayoría de los otros gobiernos árabes, con la excepción más notoria de Saddam Hussein, de Irak.

Osama ben Laden estuvo acompañado por semejantes en la otra parte de su explicación sobre los atentados contra los Estados Unidos. Aborreció la presencia de soldados norteamericanos en el suelo sagrado de Arabia Saudita. Pero esos soldados fueron allí a rescatar a Kuwait ya proteger a Arabia Saudita, de Saddam Hussein, y no estarían todavía allí si no fuera porque la mayoría de los sauditas aún quieren su protección. En ambos aspectos, el hipócrita Osama ben Laden y el dictador Saddam Hussein conforman una extraña pareja, y más bien aislada.

También existe, por cierto, esa genuina y más amplia gravitación de una airada envidia musulmana antioccidental. Hace mil años, el islam era una civilización fulgurante cercana a una cruel Europa medieval. Esos europeos crueles luego arrasaron sangrientamente sus lugares sagrados en Jerusalén, se apropiaron de la ciencia islámica, de sus matemáticos y sus artes para imponer su Renacimiento; se erigieron en dominadores de la mayor parte del resto del planeta, y posteriormente absorbieron a la mayoría de los musulmanes en sus imperios europeos. Justa causa para el resentimiento.

Pero esos imperios europeos desaparecieron hace medio siglo. Los Estados Unidos, actualmente blanco principal de la envidia musulmana, tiene un poder inmenso, pero no es un poder ejercido por regentes coloniales y con bayonetas; se trata del poder económico, basado en el funcionamiento de una economía de mercado libre en la que la gente compra y vende lo que quiere. No son los Estados Unidos los que deciden el precio del petróleo áabe; son los musulmanes los que deciden si quieren comer–o no– en su McDonald`s local. Es difícil para las personas imparciales resistirse a llegar a la conclusión de que, si los países musulmanes –en su mayoría– son todavía pobres e impotentes, eso es principalmente culpa no de los extranjeros sino de sus propios gobernantes, que utilizan el poder en beneficio propio y son corruptos o incompetentes.

El renacimiento del islam

He aquí el fondo de la cuestión. Muchos musulmanes, siguiendo esta línea de pensamiento, llegaron a la conclusión de que quieren su propio renacimiento: un resurgimiento, una resurección de los esplendores del islam. Algunas de esas personas son rústicos ideólogos al estilo taliban o violentos fanáticos como Osama ben Laden. Pero la mayoría no es así.

Los perspicaces musulmanes resurreccionistas –una palabra más apropiada que fundamentalistas– son hombres y mujeres que saben mucho más que sus padres y abuelos acerca del mundo occidental gracias a la televisión, los teléfonos, la Internet y el resto de la actual tecnología que no conoce fronteras. Deploran parte de lo que ven (tanto sexo, tanto énfasis en los lujos materiales) pero lo propio hacen muchos occidentales. Pero hay otras cosas que esos resurreccionistas francamente admiran. Les agrada la idea de que los gobiernos deben responder ante los pueblos que gobiernan. Anhelan que las economías del mundo musulmán se vuelvan más eficientes, siempre que la eficiencia sea atenuada por la compasión. Los alegra abrazar la modernidad siempre que puedan seguir siendo buenos musulmanes; quieren que las muchachas usen velo, pero las muchachas pueden, con el velo puesto, trabajar contentas frente a una computadora.

El inconveniente es que, para lograr esas cosas, una resurrección musulmana tiene que modificar las estructuras de poder que actualmente existen en el mundo occidental. La rigidez que mantiene el carácter tan antidemocrático de la política musulmana –y el carácter tan incompetente de la economía musulmana– no tiene su origen en el Corán. en el Corán, Dios alabó la idea de la responsabilidad individual ("Ningún hombre puede cargar con los pesos de otro"), y las ideas económicas de Dios fueron claramente típicas del mercado libre.

Sin embargo, durante los siglos que trasncurrieron después de que Mahoma transcribió la palabra de Dios, los musulmanes permitieron que la interpretación de su palabra cayera en manos de los ulema, los pequeños grupos de académicos musulmanes versados en teología y derecho, conformados sólo por varones que más o menos realizan un proceso de selección propio y que se arrogan el monopolio del conocimiento respecto de lo que Dios significaba, no sólo en las cuestiones espirituales sino en las terrenales. Era de prever que el despotismo teológico y la política autoritaria fuesen de la mano. Para que exista un islam moderno, el derecho –emanado de Dios– de todo musulmán a la responsabilidad individual tendrá que liberarse de esa antigua oligarquía. El islam también necesita introducir su Reforma.

Esas cosas no suceden de la noche a la mañana. Tardan incluso más tiempo en conquistarse después de una guerra iniciada por un fanático violento y sus secuaces de rústica ideología. Pero la marea está cambiando, y esos dos Pueblos del Libro, el islam y Occidente, no están condenados a ser eternos enemigos.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.