Choque de intereses y principios

Por Amitav Acharya International Herald Tribune
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29 de enero de 2002  

SINGAPUR.- El rápido colapso del régimen talibán en Afganistán, aplastado por el poderío militar norteamericano, marca la derrota de una de las ideas más prominentes que surgieron de entre las cenizas de la Guerra Fría: la teoría de Samuel Huntington sobre un "choque de civilizaciones". Los ataques del 11 de septiembre contra Estados Unidos fueron su primera puesta a prueba efectiva. Muchos vieron su vindicación, en medio de las primeras ondas de choque.

Tal visión cobró fuerza cuando George W. Bush habló de una "cruzada", con las connotaciones de guerra santa cristiana contra los musulmanes que esa palabra entraña. A su vez, los que perpetraron los ataques los presentaron como una guerra santa islámica contra cristianos y judíos. No obstante, la reacción de los gobiernos y pueblos del mundo ha demostrado que eso no fue, en absoluto, un choque de civilizaciones. En cambio, emergió una vieja lucha por los intereses y principios que han regido tradicionalmente las relaciones internacionales. Las afinidades religiosas y socioculturales desempeñaron tan sólo un papel secundario.

Las naciones islámicas condenaron los ataques terroristas. Muchas reconocieron el derecho de Estados Unidos de tomar represalias contra los talibanes por acoger a Al-Qaeda. Algunas ofrecieron ayuda material y logística. Desde Arabia Saudita hasta Paquistán, desde Irán hasta Indonesia, los países islámicos denunciaron a Osama ben Laden.

El presidente paquistaní, Pervez Musharraf, y sus colegas acusaron a los terroristas de infamar al islam. Paquistán se atrevió a enfrentar la ira de los extremistas islámicos internos y, abandonando su largo patrocinio de los talibanes, ofreció un apoyo logístico vital a las fuerzas norteamericanas. Irán, que por décadas había liderado la campaña de los revolucionarios islámicos contra Estados Unidos, tampoco ocultó su desdén por las credenciales islámicas de los talibanes. Además, vio la oportunidad de quitarse de encima un régimen hostil, instalado en un país contiguo.

Cada uno de estos países antepuso el interés nacional y los principios modernos de comportamiento internacional a los sentimientos primordiales y a la identidad transnacional, ya fuese religiosa o cultural. Por ejemplo, Paquistán obtuvo la ayuda norteamericana que tanto necesitaba y el reconocimiento, de hecho, de su régimen militar. Indonesia, cuyo apoyo era decisivo para legitimar la campaña antiterrorista liderada por Estados Unidos, por ser la nación islámica más populosa del mundo, recibió el respaldo económico y político de Washington a su democracia incipiente. La guerra contra el terrorismo ofreció a los gobiernos de Indonesia y Malasia una oportunidad de refrenar a los extremistas islámicos internos, que desafiaban su autoridad y alteraban el orden público.

Derecho a la defensa

La mayoría de los países del mundo aceptaron el contraataque norteamericano: una nación, Estados Unidos, ejercía su derecho a defenderse. Ninguno acordó igual derecho a los talibanes. Cuando les pidieron que optaran entre Estados Unidos y los terroristas, cerraron filas como nunca contra estos últimos. Lo hicieron pese a sus reservas en cuanto a la política norteamericana en Medio Oriente, a su inquietud por las bajas civiles en la guerra de Afganistán y a sus recelos acerca del dominio militar y económico de Estados Unidos sobre el resto del mundo.

En las sociedades islámicas, la teoría del "choque de civilizaciones" ha salido tan malparada como en el escenario internacional. Horrorizados por los métodos terroristas y la pérdida de tantas vidas inocentes, la mayoría de sus líderes religiosos condenaron los ataques como contrarios al islam. Se formularon predicciones sombrías, en el sentido de que los países que aceptaran o respaldaran las represalias norteamericanas se desgarrarían en luchas étnicas y religiosas, pero tales vaticinios no se cumplieron. En Paquistán, donde era mayor el riesgo, el general Musharraf pudo tomar medidas cada vez más audaces contra los extremistas, al ir diluyéndose las protestas islámicas. En Indonesia, los islámicos "duros" fracasaron en su intento de convocar un amplio apoyo popular contra la campaña norteamericana en Afganistán. En Malasia, el primer ministro Mahathir ben Mohamad dejó a un lado su retórica contra la hegemonía yanqui y dificultó la partida de voluntarios locales a Afganistán, para librar la jihad junto a los talibanes.

La respuesta internacional a los ataques del 11 de septiembre nos demuestra que la religión y la civilización no reemplazan al pragmatismo, el interés y los principios como motivaciones rectoras de las relaciones internacionales. Al rechazar el llamamiento a la jihad lanzado por Osama ben Laden, los talibanes y sus partidarios, algunas naciones islámicas actuaron movidas por el interés, otras por una cuestión de principios y la mayoría por ambos.

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

Amitav Acharya es subdirector del Instituto de Estudios de Defensa y Estrategia, de Singapur.

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