
Ciegos frente al iceberg
Si las cosas se dejaran libradas a la inercia actual, el país podría estar encaminándose hacia un iceberg, al estilo de las transiciones políticas recientes que ha vivido el país. Cualquiera puede ser víctima de un naufragio imprevisto, pero sería imperdonable ser pasajeros de uno anunciado. Esta inercia está conformada por dos aspectos que, como una tenaza, se ciernen sobre la Argentina de los próximos meses. El primero y primordial es la ceguera fatídica que ha demostrado el Gobierno desde el resultado de las elecciones, el mismo tipo de ceguera que desde los tiempos de la tragedia griega lleva, con precisión milimétrica, a la perdición o a la autoaniquilación a quienes la padecen. En este caso, inclusive, ya no puede hablarse propiamente de ceguera. Cuando simplemente no queremos ver lo que otros nos hacen ver, hay que hablar de una profunda necedad. A ello hay que sumar la patética a la vez que pueril modalidad de la pareja presidencial de procurar que no se note que han perdido poder. Lo que está claro es que lo que no hagan los Kirchner por las buenas, la realidad los forzará a hacerlo por las malas.
Como paréntesis, queda la duda, en el caso de la gripe A, de que no hayamos estado tampoco ante una ceguera, sino ante una irresponsabilidad criminal, si se conocía la gravedad de lo que estaba ocurriendo antes de las elecciones y no se tomaron las medidas a tiempo sólo por razones políticas. La renuncia de Ocaña justo al día siguiente de las elecciones alimenta esta interpretación. El segundo aspecto ya lanzado, que se acrecentará ante la falta de reacción del gobierno, es la liberación creciente de revancha contenida para con los Kirchner, que han dejado un enemigo en cada esquina. No es otra cosa que la cosecha en corto plazo de una minuciosa siembra de largo. Antes, como dijo López Murphy, estaba de moda congraciarse con Kirchner y no haber podido ver el daño que estaba ocurriendo fue el gran error. Ahora se agolparán de manera súbita todas las cuentas acumuladas de años de maltrato y ejercicio despiadado del poder. A ello hay que sumar la espontánea activación de las glándulas salivales que despiertan los líderes debilitados en nuestro país.
Nuestra historia es arrítmica: tiende a aletargarse por años, hasta que de pronto despierta y entra en una fase de aceleración, como si quisiera recuperar lo perdido. Si uno no tocara en nada las fuerzas que se han desatado, y si no se hiciera un esfuerzo para variar el rumbo, podría generarse la historia de un colapso anunciado. Pero estamos a tiempo y la principal responsabilidad en materia de viraje es del Gobierno, porque si no es una condición suficiente para que las cosas se encaminen en una dirección no peligrosa, es ciertamente una condición necesaria. A ello habría que sumar luego la capacidad de la oposición y de la población para distinguir entre una implacable firmeza, el control de la corrupción, y la exigencia de compartir el poder, con el mismo tipo de sentimientos que desperdigaron viralmente los Kirchner en estos años, y que podrían dar lugar fácilmente también a una pandemia.
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