Ciencia y educación, al frente

Guillermo Jaim Etcheverry Para LA NACION
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17 de noviembre de 2007  

A nadie sorprende escuchar a los políticos referirse a la importancia del conocimiento en la sociedad actual. Lo inusual es que esas palabras se correspondan con hechos. Es evidente que, a pesar del difícil contexto del país, durante los últimos años se han adoptado una serie de medidas que apuntan a que la sociedad argentina preste mayor atención a la formación de sus nuevas generaciones. Sobre todo, se ha percibido una clara jerarquización de la actividad científica, lo que ilusiona acerca de la posibilidad de que la Argentina llegue a ser una sociedad que considere la innovación y la ciencia que la sustenta como actividades estratégicas y no sólo como un valor cultural, por importante que este sea. Como suele señalar Marcelino Cereijido, la Argentina debe pasar de apoyar la ciencia a apoyarse en la ciencia.

Es importante destacar la trascendencia que adquiere el hecho de que el único nuevo ministerio de la próxima gestión sea el de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, en un momento en el que se dan las condiciones para que podamos sentar bases sólidas para construir nuestro desarrollo. Anhelo de todos quienes sostienen la importancia de priorizar la actividad científica y favorecer su vinculación con la producción, esa decisión es un verdadero símbolo del rumbo que debería tomar la Argentina. Además, debe ser motivo de satisfacción para quienes así piensan el hecho de que se haya elegido para conducirlo al Dr. Lino Barañao, quien, además de su reconocida labor como investigador, posee una clara visión de lo que la ciencia puede hacer de la Argentina y ha acumulado una valiosa experiencia en su desempeño en actividades de promoción científica.

El compromiso de los académicos e intelectuales con la tarea cotidiana de construir el país cuenta entre nosotros con honrosos antecedentes. Nuestro aparato científico se debe a la labor de un grupo de investigadores que contaron con apoyo político para llevarla a cabo. Por eso, en el mismo sentido, resulta auspicioso que Juan Carlos Tedesco –un pensador de la educación cuya actividad posee un vuelo intelectual que le hace trascender el calificativo de “experto”– haya sido convocado para intentar la epopeya de encaminar la educación. Esto permite abrigar esperanzas de que se continuará recorriendo el buen camino iniciado en estos años.

Tanto reclamamos políticas de Estado que, cuando como en este caso estamos frente a un ejemplo de lo que decimos anhelar, deberíamos tener la grandeza de no dejarlo pasar inadvertido.

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