Clásica y Moderna

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27 de febrero de 2019  

El local de Callao 892, donde Clásica y Moderna ha funcionado desde 1938, está cerrado. La Justicia dispuso su clausura como derivación de un juicio por alquileres adeudados entre los propietarios del inmueble y el titular del fondo de comercio.

No es un hecho insensible para la ciudad la suerte de este bien que la Legislatura local declaró hace años de interés cultural. Por el contrario. Clásica y Moderna tiene una tradición que se ha proyectado al exterior, particularmente a Madrid. Esa idea de Natu y Paco Poblet, hijos del fundador, Francisco Poblet, de aunar en 1988 a la antigua librería espectáculos y muestras artísticas, confirió a los porteños la oportunidad de disfrutar de un nuevo modelo en el campo de la creatividad cultural de Buenos Aires. Los descendientes de don Francisco dotaron así a la ciudad, como pioneros, de un tipo de espacio que estaba presente entonces en París y en unas pocas ciudades más de Europa.

El ministro de Cultura de Buenos Aires, Enrique Avogadro, ha dicho bien que la situación de Clásica y Moderna no es producto de una supuesta crisis del libro, sino de la crisis patrimonial y financiera de una familia. A la muerte de Natu, que estuvo precedida bastante antes por la de Paco, Clásica y Moderna ya estaba en situación delicada, hasta el punto de haberse enajenado la propiedad del local. Su heredero, Alejandro Monod, filósofo, nunca ocultó que estaba lejos de ser la persona indicada para la compleja administración donde a la sabiduría del librero eficiente y conocedor de las obras que tiene entre manos, se suma, por un lado, el dominio de la gastronomía y del personal que la hace posible, y por el otro, la no menos ardua cuestión de la contratación de artistas.

¿Volverá Clásica y Moderna a acoger a los porteños, a gente del interior y a turistas extranjeros que acudían a ella atraídos por su leyenda y la mención de las figuras notables de las letras, y otras no tanto, que frecuentaron sus tertulias o que bastó que se asomaran fugazmente al célebre lugar para que en algún imaginario periodístico quedaran registradas como parte sustancial del inventario?

No lo sabemos, pero lo deseamos. No solo por la melancolía de que la ciudad pierda un ámbito de vasto renombre en su cultura y de una mística que raramente se forja sin tantos años como los transcurridos. También, porque su caso nos pone a todos a prueba, sobre nuestras habilidades para preservar los bienes culturales de Buenos Aires en consonancia con fórmulas que respeten el sentido común, estimulando la participación privada en emprendimientos de tal naturaleza, o considerando incluso el esfuerzo personal de los mismos porteños en el rescate, sin que medie la política ni que el Estado deba hacerse cargo de problemas de privados.

En 2008, cuando "Clásica" cumplió 70 años, hubo una celebración con notable participación de artistas que movilizó el entonces ministro de Cultura, Hernán Lombardi. Se publicó, incluso, un libro conmemorativo. La parte menos conocida de lo que es, en el fondo, una riquísima historia de familia, es que el primero de los Poblet, don Emilio, de origen catalán, había fundado en 1916 la Librería Académica. Lo acompañaron en esa empresa, situada en un lugar más próximo al Congreso, sus hijos.

Los últimos descendientes siempre honraron la memoria de los mayores, a pesar de las diferencias objetivas que en asuntos públicos los separaban: los viejos Poblet habían estado consustanciados, como pocas otras familias españolas radicadas en Buenos Aires, con el franquismo. Acaso en esa alegoría última de comunión entre ascendientes y descendientes anide una razón más para desear una resolución inteligente al caso suscitado por "Clásica": en un país en el que la política lo ha degradado todo, hasta relaciones de familia.

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