Colectoras, una artimaña riesgosa

Beatriz Sarlo
Beatriz Sarlo PARA LA NACION
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16 de febrero de 2011  

Eduardo Duhalde puso a Daniel Scioli en la fórmula presidencial que Kirchner encabezaba en 2003. Kirchner necesitaba de Duhalde y lo aceptó. Luego, muy rápidamente, lo hizo pasar por algunas humillaciones cuando Scioli empezó a mostrar una independencia de criterio que juzgó excesiva. En 2005, Cristina Kirchner, entonces senadora, habló durante 40 minutos para acusar a Scioli de "operaciones de prensa" realizadas en su contra desde la presidencia del Senado. Scioli, impertérrito, como es usual, escuchó el reto de la senadora. Dos años después, los Kirchner, que debían ganar la provincia de Buenos Aires, llevaron de candidato a Scioli, que en las elecciones de 2007 sacó más votos que Cristina Kirchner en la provincia. Los Kirchner debieron tragar ese sapo. En esas elecciones, Cristina Kirchner compartió la fórmula presidencial con Julio Cobos, que justificó así su decisión: "Ha llegado el momento de construir una bisagra, de crear un liderazgo políticamente distinto, de pensar en un país en serio que se proyecte a largo plazo".

En 2009, Kirchner obligó a Scioli, gobernador de la provincia, a presentar su "candidatura testimonial" a diputado para arrastrar votos. El invento de las testimoniales expresó el desprecio que Kirchner sentía por los medios que usaba. Scioli, aleccionado e incólume, obedeció. No alcanzó para la victoria que buscaba el ex presidente, pero fue un refuerzo. Después Kirchner le tiró la presidencia del PJ por la cabeza y las primeras declaraciones de Scioli fueron un pedido a los gobernadores: "Primero la patria, después el partido y después los hombres. Hoy tenemos que ser profundamente oficialistas y poner el hombro". La patria no estaba en juego y el partido crujía por todas partes.

Ahora, los estrategos del Gobierno le han armado a Scioli una lista colectora, llamada decorosamente "alianza", encabezada por Martín Sabbatella, ex intendente de Morón, representante de la "nueva política" hasta su ingreso en el dispositivo del Gobierno. No hay que darle lecciones a Sabbatella, que es tan vivo como ambicioso, pero la historia de Scioli está allí por si quiere repasarla. El kirchnerismo no paga bien excepto a los del mismo palo, con certificado. Todo puede sucederle, incluso que se decida que la "alianza" no le conviene al Gobierno. Página 12, que algo sabe de esta movida, informa que la "alianza" debe ser aprobada por el PJ. Si no se la aprueba, Sabbatella quedaría como un triste solicitante descolocado.

Todos estos movimientos fueron realizados en nombre de ideas y, como ahora se dice, del "proyecto". Cuando Kirchner eligió a Cobos lo hizo en nombre de la "concertación plural", que consistía en romper estructuras partidarias, como lo hizo con el socialismo de la provincia de Buenos Aires, o atraer hombres que creían que su partido quedaría para siempre fuera de las ligas mayores de la política argentina, como fue el caso de Cobos. Por eso, el kirchnerismo sabe que recibe traidores y no sólo gente de principios. Es decir que, al conocer perfectamente a quienes recluta, teme, con toda razón, que vuelvan a ser tan desleales a sus nuevos jefes como lo fueron a sus partidos o a su pasado. Pero, como son enconados, no lo evitan con buenas maneras, sino ejerciendo una mezcla de maltrato y recordatorio de quien manda. Lo ejercen también desde el manejo del presupuesto, esa jaula dentro de la que está encerrado Scioli, el que hasta ahora fue más leal. Si deja de sonreír y de ser amable, le cortan los recursos, o le desestabilizan la provincia.

Kirchner armaba y desarmaba hundiendo sus manos en la masa. La Presidenta siempre tuvo una relación más lejana y remilgada. Prefiere no tratar todo el tiempo con intendentes a los que antes despreciaba y se siente más en su tenor ideológico cuando está con la militancia de la izquierda kirchnerista, algunos miembros nuevos de su gabinete (que tampoco son baqueanos en el PJ) o los mosqueteros del íntimo círculo patagónico. Cristina Kirchner tiene una especie de salón donde alterna con la gente que le cae bien. Le gusta más decir discursos frente a un micrófono que realizar gestos físicos de cercanía y compañerismo. Además Kirchner, metido dentro del PJ, tenía una noción más ajustada de lo que podía lograrse y de cuánto se arriesgaba en cada movida. Dentro de un movimiento político que ha durado décadas sostenido a veces en sus banderas, pero muchas otras en los tejidos de relaciones personales y de poder, la proximidad y la ofensa deciden. Y no digo que esto suceda sólo en el peronismo.

Hace pocos días, en un acto en Casa de Gobierno que resultó la presentación en sociedad de la lista de Martín Sabbatella, la Presidenta usó palabras melifluas: "Te vi por televisión, estuviste muy bien". Son cosas que no se dicen en un acto público para que las escuchen los periodistas, salvo que se busque justamente eso. Aunque sólo fuera porque la frase es banal y no puede continuar ni tener respuesta, excepto la sonrisa satisfecha del interpelado, que ya pensaba en la televisión de la noche y los diarios del día siguiente. Otra frase sin respuesta, de signo inverso, fue aquella orden de Kirchner a Scioli: "Que diga el gobernador quién le ata las manos". Ese imperativo tampoco podía tener respuesta pública. Son los lujos del poder.

La colectora de Sabbatella, compitiendo con Scioli (si se cumple el plan), sirve para que no se escapen votos por izquierda. Los que imaginaron la maniobra piensan que están seguros los votos del sabbatelliano distrito de Morón y de todos los que tienen fe en el "proyecto", pero no lo identifican a Scioli allí; de paso, confían en sacarle votos a Proyecto Sur.

Es verdad, Scioli es un conservador de temperamento moderado. Con razón no lo imaginan marchando al lado de La Cámpora, cuyas columnas saludarán alborozadas al nuevo cumpa Sabbatella, quien está recorriendo un camino conocido en la historia política: entender al peronismo (ahora lo explica Ernesto Laclau, no John William Cooke), reconocer que únicamente por allí pasan las opciones transformadoras y disimular que han gobernado dos períodos ensombrecidos por acusaciones muy serias, graves incompetencias y una concentración del poder destructiva del federalismo. Ahora Sabbatella, si se cuelga de la boleta de Cristina Kirchner, ya no podrá reciclar esa vieja fórmula de "apoyar lo positivo y criticar lo negativo" que usaba hasta hace unos meses, aunque nunca se supo bien qué consideraba "lo negativo".

Nada está escrito. Incluso que un candidato del Frente para la Victoria gane la elección nacional, pero pierdan sus listas colectoras en provincia de Buenos Aires, donde no hay segunda vuelta, sino que se impone la primera minoría. Asombra el cortoplacismo de la estrategia, que decide arriesgar la provincia más importante del país. Quizás alguien se dé cuenta y lo corrijan.

Tampoco está escrito que Scioli acepte esta situación. No lo singulariza la audacia; es tan conservador como se lo dicta su ideología espontánea, pero quizás esté pensando algo. Un político audaz ya estaría desplegando el mapa de ruta a la candidatura presidencial y si, por hacerlo, le cortan los víveres a la provincia, podría denunciarlo porque le creerían. Pero, como su maestro Duhalde, Scioli es un tiempista. Esa cualidad, justamente, no caracteriza a Sabbatella. No se ha dado tiempo. Aunque enfría sus presentaciones para mostrarse racional y didáctico, tiene mucho de voraz.

Se repite un argumento leguleyo: la de Martín Sabbatella no es una colectora, sino la lista de un partido, Nuevo Encuentro, que, sin candidato a presidente, elige aliarse con el Gobierno y llevar a Cristina Kirchner a la cabeza de su boleta. Ha sucedido antes: basta recordar aquel partido mendocino de los radicales K, de nombre Concertación Ciudadana, que llevó la fórmula Cristina Kirchner-Julio Cobos en su boleta, compitiendo para la gobernación con el candidato del Frente para la Victoria. La ingeniería electoral debe explicarse siempre en sus términos específicos y no confundirla brumosamente con otra cosa.

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