Colombia, adiós a las armas

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28 de junio de 2016  

Con la presencia del secretario general de las Naciones Unidas (ONU); de los presidentes y representantes tanto de los países garantes como de los acompañantes, y de invitados nacionales e internacionales, el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, y el jefe máximo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), Rodrigo Londoño Echeverri, alias "Timochenko", firmaron, después de casi cuatro años de negociaciones, el acuerdo de cese del fuego y de hostilidades bilateral y definitivo después de dejar atrás numerosos intentos fallidos, traiciones y profundas desconfianzas, producto de una historia de confrontación.

Según lo acordado, las FARC se ubicarán en 23 zonas rurales, que tendrán facilidades de acceso por vía terrestre o fluvial. Estas zonas son temporales y en ellas los guerrilleros se prepararán para su paso a la vida civil con la supervisión de equipos locales y de la ONU. En cuanto a la entrega de armas, luego de la firma del acuerdo se iniciará el desarme progresivo de las FARC en tres fases que no excederán los 180 días. El resultado final, tras la entrega completa y su verificación por parte de la ONU, serán tres monumentos cuya materia prima será el metal fundido de las armas y que se emplazarán en la sede de la ONU; en Cuba, sede de las negociaciones, y en Colombia.

Cansado de la guerra, de los vínculos de las FARC con el narcotráfico y de los secuestros, el país quiere olvidar el conflicto, que dejó 220.000 muertos, 45.000 desaparecidos y casi siete millones de desplazados en casi setenta años de violencia. El gobierno colombiano y la guerrilla ya lograron acuerdos sobre desarrollo agrario, participación política de los guerrilleros que se desmovilicen, lucha conjunta contra el narcotráfico, atención de las víctimas del conflicto y aplicación de un sistema de justicia transicional para los miembros del grupo que se desmovilicen.

Este último aspecto es de suma importancia, ya que consiste en determinar quiénes y cómo serán escogidos como magistrados del sistema de Justicia Especial para la Paz (JEP), encargado de la importante tarea de aplicar el acuerdo sobre verdad, justicia, reparación y no repetición. Ellos decidirán qué actores del conflicto armado recibirán amnistía por no haber cometido los delitos más graves y cuáles deberán estar privados de la libertad (y por cuánto tiempo) en zonas de concentración y otros lugares, a cambio de contar la verdad sobre sus acciones y reparar a las víctimas.

La paz con las FARC no significa terminar el conflicto armado en Colombia, donde aún resta alcanzar un acuerdo con el Ejército de Liberación Nacional (ELN) segunda guerrilla activa y terminar con las bandas criminales remanentes de grupos paramilitares.

Colombia está demostrando al mundo, como lo señala el filósofo Bernardo Toro, "que la paz no es ausencia de conflictos, sino encontrar soluciones democráticas para resolverlos". El acuerdo de paz es un primer paso que ahora deberá ser validado por el pueblo colombiano en un plebiscito, que no debería plantearse como la aprobación del acuerdo perfecto, sino como la validación de una paz perfectible.

Cabe destacar que la cancillería argentina ha apoyado el proceso de paz, al igual que el Grupo Argentino de Amigos de Colombia, integrado, entre otros, por Jorge Taiana, Carlos "Chacho" Álvarez, Jorge Asís, José Octavio Bordón, Dante Caputo, José Luis Machinea, Juan Gabriel Tokatlian, Federico Pinedo y Fulvio Pompeo. A su vez, Gustavo Grobocopatel presentó al gobierno de Colombia el documento "Análisis de competitividad de las principales cadenas de cereales y oleaginosa en la altillanura colombiana", un estudio de las posibilidades de desarrollo agropecuario con inclusión social. Carlos March, director de comunicación estratégica de la Fundación Avina, desarrolló una estrategia de comunicación para el impacto en el marco del programa que impulsa el equipo colombiano de esa fundación junto a la red Prodepaz, con el objetivo de que el aporte estratégico para la paz que hace el mundo rural sea valorizado en las grandes ciudades.

Como manifestó Santos, "el punto al que hemos llegado debe ser suficiente para que la guerra nunca vuelva a ser una opción". Y para que ello suceda debe quedar claro que es la sociedad la que institucionaliza el acuerdo y define las acciones que reemplacen a la violencia que mata por la convivencia que da vida.

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