Coloquial, simple y directo

Sobre Pétronille, de Amélie Nothomb
Débora Vázquez
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3 de abril de 2016  

Amélie Nothomb (Kobe, Japón, 1967) no tiene amigas escritoras. Sus libros son casi todos best sellers y eso, según ella, genera envidia entre sus pares y vuelve las relaciones poco transparentes. La novelista Stéphanie Hochet es una excepción a la regla y la protagonista homónima de Pétronille, novela número veintitrés de Nothomb, que trata sobre la amistad femenina y sobre la embriaguez que provoca el champagne.

Pese a que el final vire a un surrealismo teñido de film noir y que Stéphanie Hochet y sus libros hayan sido rebautizados, Pétronille sigue estando más cerca de la autobiografía que de la ficción. La razón es simple: además de coprotagonista, con todas sus mañas, rituales y anacrónicos atuendos, Nothomb es la narradora en primera persona de este relato.

La dupla que conforman estas dos escritoras invita a la risa. Se trata de esas parejas desparejas al estilo de Sancho Panza y el Quijote (dos de los personajes favoritos de Nothomb), aunque el libro se esfuerce por convencernos de que el vínculo entre ambas se asemeja más al que tenían Marlowe y Shakespeare, reservándole a Pétronille el papel del primero: "Su aspecto de chico malo de ojos chispeantes, su cuerpecito nervioso y musculoso de prisionera evadida, y esa curiosa dulzura del rostro que la hacía parecerse a Christopher Marlowe". Esto resulta simpático, teniendo en cuenta que Pétronille es una estudiante de letras especialista en literatura isabelina, y al mismo tiempo le infunde a la relación un aspecto más oscuro, traicionero y hasta competitivo, el que tiene que ver con la vieja sospecha de que ciertas obras de Shakespeare podrían haber sido escritas por Marlowe.

Hija de un diplomático, la apátrida supuestamente nacida en Japón que se dice belga y la francesa de orígenes andorranos nacida en los suburbios y de padres comunistas representan un choque de culturas. Para potenciar las diferencias, basta con remitirse al encuentro de Amélie con los padres de Pétronille y viceversa. Las formas de vestir también dejan en claro sus diferencias de clase. Las une en cambio la literatura, y sobre todo, el champagne. Cada encuentro entre ambas es una buena excusa para terminar empuñando una copa, ya sea en una pista de esquí, en una cata en el Ritz o después de firmar libros en una librería parisina.

El efecto que provoca la embriaguez, así como el modo en que ésta debe ser alcanzada, está detallado en las primeras páginas: "La embriaguez no se improvisa. Es competencia del arte, que exige dar y cuidar". Este aspecto serio del alcohol es dejado rápidamente a un lado para pasar a beberlo sin demasiada metafísica y con el tic frívolo de no omitir nunca la marca de la botella.

No es la primera vez que después de un libro de Nothomb uno queda con la sensación de haber presenciado un show de stand up. Hay algo coloquial, simple, directo en el estilo de la autora de Estupor y temblores, más próximo a la comedia televisiva que a la literatura. Y una gran capacidad para reírse de sí misma, desde la cara de tonta que pone en un pub al sorber por primera vez la espuma de una cerveza Guinness, hasta su outfit de "templario de fin de siglo" por el que la felicitan, a pesar de que no se tratara de un disfraz, en el carnaval de Venecia. La moda no le es indiferente. Tal es así que acepta entrevistar a la inglesa Vivienne Westwood, un episodio del que no sale indemne y que la lleva a desquitarse con Londres en clave humorística.

El sombrero, no obstante, es sin duda el punctum de su extravagancia, un sombrero que por un lado hace pensar en una adaptación sui generis de la sombrilla que las orientales usan para cubrirse del sol –y acaso una secuela de su infancia nipona–, y por otro invita a tejer especulaciones inverosímiles, como sospechar, por ejemplo, que debajo de él habita una Nothomb en miniatura, la verdadera autora de todas sus pequeñas historias.

PÉTRONILLE

por Amélie Nothomb

Anagrama

Tradudcción: S. Pàmies

152 páginas

$ 160

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