Aguando la fiesta del Frente de Todos

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2 de noviembre de 2019  

Desde el domingo a la noche, cuando supimos que Alberto iba a ser nuestro presidente, vivo pendiente de él. Lo sigo, como dice la liturgia, "desde que sale el sol hasta el ocaso". Estoy atento a todo lo que dice y hace, a sus viajes, reuniones y gestos. Quiero conocerlo más y, sobre todo, averiguar qué corno piensa hacer con el país. Si algo ha guardado bajo siete llaves desde que fue ungido por Cristina son sus planes. Creo que le puso un cepo : "Si contás algo, fuiste". No me agrada que hayamos elegido a alguien que no nos dijo una sola palabra de su programa, pero prefiero eso a pensar que en realidad no tenía programa. Además, el peronismo siempre llega y da vuelta todo. Ese es el problema, Houston.

Mirándolo a él voy intuyendo de qué va la cosa. Repasemos, por ejemplo, el festejo del domingo en el búnker de Chacarita. ¿Se acuerdan del anterior, tras las PASO? Tomó el micrófono y lo primero que dijo fue: "Aquí están los gobernadores. Con ellos voy a gobernar". Inolvidable oda al federalismo. Lástima que esta vez Cristina no dejó que los gobernadores subieran al escenario. Para peor, el telonero Kicillof se robó el primer plano, Massa estaba más durito que la Momia, Máximo hacía guardia como un mastín desde la segunda fila y el presidente electo trataba de asimilar que la provincia de Buenos Aires -reino del cristinismo- le estaba pasando factura por haberle dado la cabeza de playa del triunfo. De ese triunfo que, después de la formidable remontada del Gobierno, tuvo gusto a poco. Me voy a poner poéticamente cursi: Alberto supo ahí que no hay rosas sin espinas. Ahora me pongo vulgar: tremenda piedra en el zapato.

Miremos sus viajes de esta semana. El primero fue a Tucumán, los pagos de Manzur, rodeado de dirigentes que tienen más expedientes que libros. Estrenarte con Manzur y con los invitados de Manzur no tiene nada de glamoroso. Entiendo que está tratando de constituir una base que lo sostenga, pero no tuvo suerte. Le podría haber tocado una provincia más amigable con la transparencia, donde el gobernador no esté vinculado con asuntos de los que no conviene hablar a la hora del desayuno. Estoy pensando en la Formosa de Gildo Insfrán. O en Santa Cruz. En su discurso, Alberto llamó a terminar con el hambre. Bien. Lo estaban escuchando los gobernadores kirchneristas de Chaco y Santiago del Estero, dos de los distritos con mayores índices de desnutrición.

El segundo viaje es a México. Tampoco ahí la fortuna está de su lado: el presidente López Obrador es, junto con Cuba, el gran defensor regional de Maduro, y fue uno de los pocos que felicitaron a Evo Morales por el ingenioso mecanismo de fraude con el que consiguió retener el poder. Además, López Obrador acaba de rendirse ante una extorsión del cartel de Sinaloa al liberar, horas después de su captura, al hijo del Chapo Guzmán. Alberto quizá vuelva con la idea de poner la lucha contra el narcotráfico en manos de un duro. La Morsa.

Por supuesto, no me olvido de que el lunes se produjo el gran encuentro entre el ingeniero y el profesor. Como debe ser, como mandan las mejores costumbres de la convivencia democrática. No trascendió casi nada de ese diálogo, aunque es posible inferir que Alberto le preguntó por Juliana, y Macri, por Cristina. De paso, esta semana hubo otros dos encuentros rutilantes. Kicillof visitó a María Eugenia. En una extraña concesión al populismo, le pidió que anulara los aumentos de luz anunciados el miércoles. Mariú le explicó que esa suba se dispuso según los acuerdos firmados con las empresas prestadoras durante el gobierno de Scioli. Kichi respondió: "Sí, ya lo sabía, pero estoy buscando un título en los diarios". La otra reunión fue entre Cristina y Massa. Tampoco de este diálogo se supo mucho. Sí, que Massita le transmitió su disgusto por la forma en que está siendo ninguneado por ella y su gente. La señora apartó la vista de su celular y le dijo: "Me recordás tu nombre de pila, please".

Entregado como estoy a la lectura de notas sobre nuestro próximo presidente, me encontré con una de agosto pasado de Santiago O’Donnell, gran periodista, editor de Página 12. No la escribió para ese diario, sino para el sitio medioextremo.com, del que es director. Titulada "Alberto Fernández y la mafia del Inder", hace una cosa muy cochina: le empaña el momento a Alberto al recordar que fue acusado penalmente de ser responsable del saqueo que las aseguradoras hicieron de las arcas del Estado, durante la década menemista, con la complicidad del Instituto del Reaseguro (Inder). Ese organismo dependía del superintendente de Seguros; sí, de Alberto, después reemplazado por su amigo Claudio Moroni, el próximo ministro de Trabajo. Durante la gestión de ambos se produjo lo que fue calificado como uno de los mayores desfalcos de la historia argentina. La nota dice que Alberto es un hombre con suerte: sus dos denunciantes han muerto. Más suerte todavía: la causa cayó en manos del juez Urso, que solía calmar a los expedientes más comprometidos cantándoles el arrorró.

Nada es fácil en esta vida. El coordinador de los equipos técnicos de Alberto, Nicolás Trotta, ya abrió el paraguas. Declaró que "no hay una solución que resuelva los problemas estructurales de los argentinos". Lo mismo que O’Donnell. Un aguafiestas.

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