Contradicciones al volante

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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31 de julio de 2019  

Agradezco verme en la obligación de hacerle a mi auto la verificación técnica vehicular, mejor conocida como VTV. Lo digo de verdad. A pesar de que dependo mucho de mis cuatro ruedas, tiendo a tratar la mecánica de una forma bastante impiadosa. Una de mis muchas contradicciones.

En la última VTV, hace unos días, salí con un aplazo. El parabrisas estaba quebrado; me lo había roto la barrera de un peaje, que se partió al levantarse y el fragmento que se desprendió rompió el cristal. No parecía nada importante, pero me lo señalaron como algo por corregir. Ya tengo parabrisas nuevo, pero encontraron otros problemas.

El más serio era el estado de mis neumáticos. Era consciente de esto, porque hace unos catorce años pasé por una situación que solo la experiencia -manejo desde muy chico- y un 99% de suerte evitaron que derivara en tragedia.

Viajábamos rumbo al Palmar y, muy cerca de llegar a Colón, me dispuse a sobrepasar un camión con doble acoplado. El gigante marchaba a unos 80 kilómetros por hora, así que aceleré hasta 110 o 120. Había hecho tal maniobra cientos de veces antes, pero en esta ocasión, cuando estaba por dejar atrás el primer acoplado, el volante se volvió loco y todo el auto empezó a vibrar como si fuera a desarmarse. Estaba seguro de que iba a perder una rueda en cualquier momento.

Instintivamente, solté el acelerador, evité los frenos, corregí suavemente la tendencia del coche a irse hacia el acoplado, fuimos perdiendo velocidad y cuando quedamos detrás del camión salí despacio a la banquina. Me bajé a ver qué había pasado. A uno de los neumáticos traseros le faltaba parte de la banda de rodamiento. Mi negligencia podría habernos costado la vida. Ahora, y gracias a esta VTV rechazada, ya tengo neumáticos nuevos. Sí, otra vez venía postergándolo.

Mi abuelo Torres solía decirme: "Arielito, un auto no anda con nafta. Anda con agua y aceite." Hace muchos años descubrí cuánta razón tenía don Manuel, una mañana en que empezó a salir del capó un humo blanco de lo más cinematográfico. Me había quedado sin agua. Inexcusable, ya sé.

He contado en otro lado ( https://www.lanacion.com.ar/2161175) de qué forma ridícula casi tengo un accidente fatal en la Panamericana, hace algo más de un año. El origen último de ese incidente demuestra también cuán frágiles son los vehículos actuales.

No así los de otras épocas. El 5 de octubre de 1995, al volver del diario, saliendo de Puerto Madero, me detuvo un semáforo. Cuando se puso verde, arranqué y lo siguiente que recuerdo es un relámpago amarillo y una sacudida devastadora. Luego -presumo- perdí el conocimiento durante unos segundos y recobré la conciencia en el asiento del acompañante. El impacto de un colectivo que se había pasado en rojo me arrojó hasta allí e hizo girar el auto noventa grados. El veterano Dodge 1500 siguió marchando despacio y se detuvo sobre la vereda.

Los pasajeros concluyeron que yo estaba, como mínimo, malherido, y los vi imprecar contra el chofer. Todo se estaba poniendo bastante violento, cuando me vieron salir por mis propios medios del auto. Solo me había golpeado un poco un hombro.

Cuando pasan estas cosas solo querés volver a tu casa. De modo que tomé los datos del colectivo como en un trance y me subí de nuevo a mi auto. El motor seguía andando (en serio) y circulé con lentitud hasta mi casa en Barracas. Recuerdo que una solícita pareja me acompañó con su coche durante todo el trayecto.

Llegué, les agradecí el gesto a aquellas personas, abrí el garaje, entré el auto y, cuando apagué el motor, oí un estruendo metálico. Algo grande se había soltado del chasis, y el coche ya no volvió a arrancar. Me hizo pensar en un caballo herido, y solo entonces me di cuenta de lo que cerca que había estado del desastre. Le di una triste palmada a la carrocería azul y dije: "Pero me trajiste a casa".

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