Coronavirus: conductas inducidas por la peste

Eric Calcagno
Eric Calcagno PARA LA NACION
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30 de abril de 2020  

El planeta parece dividido entre las naciones que declararon la cuarentena estricta y las que no. Vemos lo que ha pasado en Italia, donde parece que hubieran perdurado los capítulos que escribió Manzoni en Los novios sobre la peste en Milán en 1622. Es que el Covid-19 no es una enfermedad baladí, que afecta a un individuo, enluta una familia, entristece amigos. Se presenta como una pandemia: un peligro que amenaza a todo el pueblo, a cualquiera, en cualquier momento.

De allí que, como afirma la latinista Florence Dupont, si el ser humano no inventó el vibrión del cólera, ni la Yersinia pestis de la Muerte Negra, ni el flavivirus de la fiebre amarilla, al no ser una enfermedad individual sino colectiva, la peste deviene un hecho social. Recordemos la definición que Emile Durkheim escribió en 1894. Para Durkheim, un hecho social es exterior al individuo y lo obliga; tanto que modifica o impone maneras de actuar, de pensar y de sentir exteriores al individuo, y que tienen un poder de coacción en virtud del cual se imponen a él. La peste impone ciertas maneras de sentir, pensar, actuar. ¿Desde siempre?

En Atenas, Tucídides nos habla de una muerte en nueve días, 430 años antes de Cristo. A su vez, la primera peste bubónica dejó exangüe al Imperio Bizantino en 536 y abrió una recesión económica mundial que duró un siglo. La segunda, desde 1347 hasta 1352, se cobró entre un tercio y la mitad de la población europea: Boccaccio nos dice en el Decamerón que muchos jóvenes almorzaban con sus parientes y cenaban con sus ancestros. La tercera fue apenas hace más de un siglo. ¿Y qué decir de la viruela, aliada insospechada y eficaz de los conquistadores?

Desde la literatura, Defoe nos lleva al infierno de Londres en 1655, nuestro Hudson nos libra en su Ralph Herne la fiebre amarilla en Buenos Aires en 1871. Mardoqueo Navarro, testigo ocular, nos cuenta en su diario el día a día de esa peste. Y podemos seguir en tiempos y lugares: cólera, Ébola, tifus, dengue, malaria. Estas cosas llamadas pestes, ya sean producidas por bacterias o por virus, son un hecho social total, que modifica el modo de existir –y de morir– de comunidades, naciones e incluso continentes.

Además, las conductas inducidas por la peste esbozan un patrón común de comportamiento social, tanto desde las primeras pestes de la antigüedad como cuando nos enfrentamos a siglas como SARS, MERS o Covid-19. Algunas de esas conductas son: ignorar la peste, caer en pánico, invocar dioses, desenfreno, buscar culpables (quema de brujas, culpa de inmigrantes, pogromos a judíos), huida al campo para los pudientes, busca de presagios y creencia en charlatanes, robo y saqueos en las ciudades cerradas. Huérfanos sin fin como consecuencia.

Al mismo tiempo, la peste es fundadora de la salud pública. Frente a una amenaza a la sociedad civil, debe responder la sociedad política, donde todas las miradas se dirigen, y siempre exigen. También hay consecuencias económicas graves de la peste, de las que las otras enfermedades carecen (veamos las bolsas del mundo o la caída del turismo). Hay resultados hasta geopolíticos de estas pestes. La pandemia es un fenómeno biológico, la peste es una representación social que se inscribe en el "tiempo largo" de Braudel y pertenece a la memoria de la civilización. Es notable que, con la experiencia acumulada de miles de años, las reacciones, los comportamientos y prejuicios sean similares. "No todos morían", escribió La Fontaine en el siglo XVII, "pero todos quedaban golpeados".

Senador (MC)

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