Coronavirus: Una novela coral de final abierto

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25 de abril de 2020  

Como nunca antes, el mundo entero está viviendo un mismo argumento. Los habitantes del globo somos parte de una misma historia, que de momento ha cancelado las demás. Se trata de la novela coral más grande que jamás se haya escrito y no todos la viven de la misma forma, pero la trama no tiene digresiones: hoy un millonario de Wall Street, un agente secreto ruso, un agricultor de Puno, un buscavidas argentino y la reina de Inglaterra comparten los mismos miedos y la misma incertidumbre cuando abren los ojos al empezar el día. ¿Cuándo podremos salir de nuevo a las calles y recuperar la vida que tuvimos hasta que la pandemiacubrió el mundo?

En París, en Bogotá, en Estambul, en Buenos Aires y en todas las capitales, la gente y los gobiernos discuten una ecuación en la que se cifra nuestro destino. Es difícil de resolver, porque presenta dos términos en apariencia inconciliables. Por un lado, la necesidad de mantenernos aislados para evitar que el virus se propague a través de nuestros cuerpos, dejando en el camino un reguero de muertos. Por el otro, la urgencia de volver a poner en marcha el trabajo para sacar del coma a la economía y evitar que la carencia y el hambre causen estragos tan duros como los del virus. En principio, son extremos antitéticos. Apostar a pleno por uno supone tachar el otro. Se trata, entonces, de trazar la diagonal justa. El problema es que el virus no muestra su rostro. Ni Einstein podría resolver una ecuación que no se deja plantear en números ciertos.

El infectólogo Eduardo López, miembro del equipo de expertos que asesora al Gobierno, dijo que si se extiende la cuarentena el virus pierde transmisibilidad: con las calles vacías, no tiene a quien contagiar. Mantener a la gente en sus casas hasta el 10 de mayo correría el pico de la pandemia a junio. Sería un pico moderado, afirmó. No haría colapsar el sistema de salud y en consecuencia no habría que restringir al máximo las actividades. La paradoja es que para lograr eso hay que restringirlas ahora. El dilema es cuánto. No hay matemática que ayude a trazar el límite, porque los efectos de la propagación del virus llegan con delay. Para complicar más las cosas, están los asintomáticos. Las consecuencias de cada apertura, de cada flexibilización, se ven quince días después, señaló Pedro Cahn. "Si la cosa no funciona –dijo–, hay que volver para atrás". Con la consiguiente pérdida de terreno y de vidas.

En esta batalla, el enemigo no muestra las cartas. No lo vemos sino en aquello que hizo dos semanas atrás. Del presente solo sabemos que no descansa. Allí donde le damos la oportunidad de actuar, avanza. En suma, los gobiernos van siempre a la zaga y deben decidir en el vacío el mejor modo de resolver la ecuación imposible.

Ante un desafío semejante, que cambió el perfil del mundo, asombra que haya gobernantes que no despiertan a la nueva realidad. Alienados, son incapaces de ver más allá de sus propios caprichos o intereses. Se trata de un fenómeno político determinado por otro de orden psicológico. De derecha o de izquierda, el populismo es uno solo. Jair Bolsonaro llamando a los brasileños a salir a la calle y Cristina Kirchner aprovechando la pandemia para imponer su plan de impunidad son dos caras de la misma moneda. Ambos políticos alientan el odio, dividen, encapsulados como están en sus luchas particulares y mezquinas. Carecen de los atributos que el mundo inaugurado por el virus requiere de sus líderes: humildad, para enfrentar un mal que desnudó nuestra vulnerabilidad; y empatía, para escuchar al otro y sumar esfuerzos de forma coordinada a fin de salir adelante.

Cristina Kirchner vivió siempre en su relato. Lo construyó para acumular poder y defender sus intereses. No la va a cambiar una pandemia. Quedó claro esta semana, cuando la abogada de la vicepresidenta, además directora de Asuntos Jurídicos del Senado, apretó a la Corte Suprema para obtener un fallo que le permita a Cristina desplegar su plan ("escribir la historia", en el relato), cosa que lograrán, según advirtió, "con sangre o con razones". Mientras, dos altos funcionarios del Ministerio de Justicia se encargaban de desbaratar las causas de corrupción del kirchnerismo; uno, presionando a jueces para devolver a su casa a Jaime y a D’Elía. Otro, al asumir el control del programa de protección de testigos que declararon contra la expresidenta.

El Presidente, en medio de un gobierno "loteado", deja hacer. Acaso estime que no le queda opción. Tal vez la haya perdido cuando optó por pactar con su vieja adversaria para llegar al poder. Entonces el mundo era otro. Hoy, en medio de la pandemia, el diálogo, la transparencia institucional y la división de poderes son imprescindibles. Alberto Fernández debería tenerlo presente. Y, cada vez que se haga el distraído o lo olvide, la oposición debe recordárselo. Es mucho lo que depende de eso. La novela coral que protagonizamos tiene final abierto y la escribimos entre todos.

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